Hacía tiempo que no escribía dos posts el mismo día. He de suponer que agosto es lo que es y no puedo darle menos importancia de la que tiene; hoy es día cuatro y que como a quien le duele un hueso roto cuando va a llover, a mí me duele algo mal curado que tiene que ver con otro agosto... con tantos agostos que ni ya recuerdo cuántos.
Y ya sabes, las cosas siempre tienen un lado claro, un final feliz, un premio merecido, una segunda oportunidad...
Supongo que empecé el blog por todo eso de que quería ser escritor y bueno, hice los cursos de la Escola d´Escriptors del Ateneu Barcelonès y empecé una novela... y mientras tanto la vida transcurrió a su aire y lo fui relatando con más o menos acierto aquí. Porque en estos ocho años y medio me han sucedido muchas cosas y muchas personas.
Cuando empecé el blog, no tenía ni idea de que iba a hacer tres patentes, que confiarían en mi tanta gente, que mis socios serían quienes son: no los conocía. Creo que tenía claro que quería hacer algo grande en el mundo del agua. No sé, supongo que siempre se espera ser algo o alguien distinto al que estás destinado a ser, o al que los demás quieren que seas.
Todos los días son para mí un punto de partida. No sé cómo decirlo, mi vida se ha convertido en algo muy distinto a lo que era, y aunque soy la misma persona creo que soy una versión más mejorada de mí mismo en lo que a trabajo se refiere.
Sin embargo hay cosas que no cambian. El mes de agosto sigue siendo un mes malo, he elaborado muchas teorías al respecto, puede que sea el calor, o el no poder desconectar del todo, el poder hacer vacaciones quince días y no saber qué hacer con ellas. En agosto me vuelvo aquella otra persona que fui o solía ser. Me convierto en un ser triste, alguien que prefiere la soledad y al mismo tiempo la detesta.
Este mes de agosto empieza igual y con algo más de presión añadida porque nos han escogido para gestionar el aterrizaje de una multinacional farmacéutica en Catalunya y todo lo quieren para ya mismo. Así que es posible que no tenga vacaciones... luego montamos stand en Smart Cities en la Fira de Barcelona en noviembre, los equipos definitivos para salir al mercado en septiembre...
Me gustaría creer que todo esto tiene un sentido.
Pero sé que no lo tiene.
Me gustaría pensar que detrás del tinglado que estoy montando habrá un retorno de alguna forma.
Como cuando quieres a alguien y esperas ser correspondido.
Supongo que aprendí, literalmente, a vivir sin querer ni que te quieran, y a llevarlo bien durante casi todo el año.
Pero siempre llega agosto
para pillarme desprevenido
trayendo consigo eso que nunca supe entender y que algunos llaman indefensión aprendida.
Y a lo que yo llamo la espera.
La gran espera
Ese océano de tiempo en el que se mece el destino, que sin saber cómo, nos une a ti y a mí a través de una invisible eternidad de lugares y de nombres.
Hemos perdido la esperanza, los hombres de la tripulación envejecen debido a que no funcionan los sistemas de regeneración celular, el deterioro es similar al que sufríamos antes de los viajes en el espacio-tiempo. De repente hemos vuelto a ser mortales a corto plazo.
Tras el accidente todos fuimos conscientes de que ya nada volvería a ser lo mismo. Una vida finita es algo extraño para quien está acostumbrado a una más o menos segura eternidad, ahora la vida se reducirá a unos pocos años en constante deterioro, la proximidad de la muerte es inevitable.
Los hombres de la tripulación se hacen preguntas, si algo habíamos conseguido con la inmortalidad era precisamente eso, aislar lo trascendente de lo cotidiano. Sólo meras máquinas biológicas encargadas de que todo funcione correctamente. Viajar y conocer, expandirnos como especie, conquistar como método de supervivencia... no cabía nada más. La reflexión sobre el porqué no estaba a nuestro alcance.
Sólo el cómo y el cuando.
A veces un dónde.
Y claro, de vez en cuando un con quién.
Nos habíamos convertido en un sistema de humanos-máquinas y estaba bien así. Una sola conciencia y muchos cuerpos, muchos sensores conectados a una máquina directriz que no distinguía lo biológico de los técnico, que funcionaba de acuerdo a unas directrices claras, que sabía que debía hacer y lo hacía.
Eso fue antes de...
Aunque creo que, para serte sincero, tengo la sensación de que todo había comenzado antes del accidente. No sabría decirte por qué pienso eso. Es como si el accidente hubiera sido consecuencia del deterioro y no al revés. De hecho, si los sensores no mienten, hubo una "distracción" del sistema antes del impacto. Y eso, a priori, es imposible.
Porque el sistema soy yo.
Y en cierta forma, también tú.
No sé si llegarás nunca a escuchar este mensaje, y si entenderás eso del tú y del yo, que seamos cosas distintas. Bueno, supongo que intuías que pasaba algo. Creo que todo pasó en mi órbita, cuando decidí salir a buscar esa maldita sonda perdida, cuando desobedecí los protocolos que indican en darla por perdida, en construir otra idéntica y sustituirla en las misiones programadas.
Empiezo a sospechar que el inicio de todo lo extraordinario empieza, precisamente, por desafiar el principio de obediencia.
Un debería que sustituye a un debo.
Una pérdida momentánea en seguimiento del orden de las tareas pendientes.
Supongo que eso es lo que está ocurriendo en este momento.
No sé si lo entenderás.
Es más, no sé si lo que eres será capaz de entender que es a ella y sólo a ella a quien va dirigido este mensaje.
Deseo que sea así, pero no sé de dónde nace ese deseo.
Teníamos todo el tiempo del mundo, eso sí: tenso como una cuerda de funambulista, la última vez muy cerca de la primera vez; y en medio de ellas un presente de citas proscritas, de camas de hoteles escondidos, de puertas entreabiertas y miradas a un lado y a otro antes de salir por ellas.
Y teníamos también la certeza de que la huida no siempre era hacia adelante, que tarde o temprano, un descuido nos haría un agujero de bala en la realidad de cada día, que nos descubriría un detalle minúsculo, mínimo, insignificante, y que todo saltaría por los aires. Y lo peor de todo: que le sucedería sólo a uno de los dos y puede que tal vez de forma voluntaria, es decir, que uno de los dos, el más convencido de que aquello merecía la pena, dejaría una pista irremediable hacia el destino.
Lo que no sabíamos era que el otro era un cobarde y callaría y diría "espera" y "no llames a casa" día tras día hasta que dejara de coger el teléfono y de tanto insistir, una vez levantara el auricular lo hiciera para terminar con todo.
Lo peor es que no lo siento. Me gustaría tener remordimientos, pero el que deja nunca los tiene, el que deja atrás algo sólo es capaz de ver su miedo. ¿Importa el otro? Claro que importa, pero cada vez menos, cada vez es más enemigo que el amor de nuestra vida y por quien lo hubiéramos dejado todo lo conseguido.
Sé que el otro te ha perdonado, qué humillación pensé, que lo estáis intentando otra vez, y sé que funcionará durante un tiempo porque hay silencios que siempre gritarán lo que los reproches callan.
Y supongo que era lo más lógico que pasara, pero desde que sé que has vuelto a tu casa tengo ganas de volver a verte en hoteles escondidos y en citas a oscuras, y saber que vendrás y te desnudarás y follaremos sin más, y que saldremos uno detrás del otro con el suficiente intervalo como para levantar sospechas, a recoger a los niños del colegio, o a esa última reunión de la tarde.
No sé qué fue primero: si la melancolía me llevó a escuchar canciones tristes o si escuchar canciones tristes me condujo a ella. Supongo que, en el fondo, a día de hoy no importa.
Lo que sí sé que trajo es sentir algo tan inmenso que me deja sin palabras.
Como tumbarme en la terraza por la noche y no contar estrellas.
Sentirme pequeño y al mismo tiempo sentir que soy algo vivo.
Diría que el ser que vive en mí y que forma parte de ese Todo gigantesco, el observador que se observa a sí mismo y se pregunta (o no) qué es eso de sentir, obtiene una respuesta que se asemeja mucho a la que surge cuando también se pregunta qué es la belleza.
Una respuesta muda.
Ese silencio.
Esperar sin esperanza a que cruce el cielo una estrella fugaz.
Un bólido.
O tu recuerdo.
Acordarme de ti es casi lo mismo.
Un vacío.
Silencio a gritos, pero silencio.
Un océano de belleza.
Estar ante algo tan inmenso que me deja sin el finito recurso del habla.
Se parece tanto a la melancolía...
Lo único tuyo que, en realidad, me pertenece.
Como la cola de un cometa pertenece a algo que sigue existiendo,
pero tan lejos
que tendré que esperar a otra vida para que vuelvas a pasar por el mismo lugar y en el que yo sea.
No crea todo lo que le dicen; mucho menos lo que se dice usted a sí misma. Todos tenemos un enemigo dentro que sabe por dónde vamos a ser más vulnerables y vamos a rendirnos a evidencias que no son tales.
Yo sé que usted está ya muy lejos, sé cuando huye por los silencios que provoca su salir corriendo escaleras abajo hacia la calle. No me lo tenga en cuenta si le digo que usted, para mí, siempre fue silencio, cosas no dichas, un intento infructuoso sobre algo a lo que nunca pude (o supe) ponerle nombre.
Supongo que me acerco siempre cuando usted ya está lejos.
Porque recuerdo que yo, un invierno, fui ese lugar lejano al que escapar, esas calles a bocajarro, ese no dormir apenas. La euforia que usted cree que esconde lo triste, y que en mi modesta opinión de ignorante, es del todo innecesaria.
Pero usted sabe más.
Y más siempre fue suficiente.
Esta vez creo que es la definitiva, porque usted no espera que sea yo el que se vaya lejos. Y yo me voy.
Y no es eso lo que quería escribir. Lo que quería decir es que ya he dejado de perseguir estelas de naves a las que nunca podré alcanzar a la velocidad que nado.
Y bueno, creo que no le importará.
De hecho, hace tiempo que sospecho que, en realidad, sólo soy el número once de una lista...
Y ¿sabe? yo no quiero eso.
Así que le deseo lo mejor, que es eso que se dice cuando queremos dar a entender que alguien ya no nos importa.
Me ha costado casi un blog decirlo.
Aunque usted me importe más de lo que ninguno de los dos querrá admitir nunca.
Pero ya sabe, siempre acabo diciéndoselo.
Es lo que tienen los niños y los borrachos, que siempre se creen sus propias esperanzas y de que la realidad, en realidad, esté construida con retales de deseos que acaban por cumplirse.
Y no es que le diga no a usted, es que le digo sí a todo lo demás.
Llevaba días sin escribir. Creo que mi vida se puede describir precisamente por intervalos en los que no soy capaz de ponerme delante del ordenador con la suficiente calma como para decir algo. Casi nunca escribo lo que pienso, o lo que siento, interpreto a un personaje que se parece a mí y que tiene sentimientos más nobles de los que yo tendría si pudiera o supera plasmarlos en un puñado de letras.
No sé, supongo que me iría mejor si pudiera hacerlo. Pero no sé. Así que escribo como si fuera otro, alguien que no sabe lo que quiere pero que, a diferencia de mí, trata de averiguarlo para salvarse él y todo lo que le envuelve. Me gustaría ser él una vez haya encontrado ese equilibrio que busca, pero sé que no lo seré nunca. Es por eso que a veces me paso semanas sin poder entrar en el blog. Cada día que pasa es un día más de búsqueda de otra solución que no sea la de comprender qué pasa.
Últimamente he empezado a levantarme más temprano. Planifico el día, hago algo así como un examen de conciencia antes de ponerme en marcha. Planifico mails, llamadas telefónicas y visitas. En eso se ha ido convirtiendo mi vida...
... sin embargo hoy he tenido la necesidad de escribir algo. Tal vez porque intuya que a veces me lees y me echas de menos.
Me hubiera gustado que me echaras de menos.
Pero supongo que las cosas son mejor así...
El otro día, cuando estuve con la profesora de voz me sorprendí explicándole que todo parte de ti.
De aquel día en el que alguien, y no tú, me dijo que estabas en otra historia.
Todavía, cuando lo pienso, sigo sintiendo un millón de abejas atrapadas en mi cuerpo.
Y han pasado muchos años.
Sigo sin saber qué o quién me salvará de esto. De este sinsentido.
De esto que ya no tiene nombre.
De este vivir sin ser consciente de que, debajo de la máscara, estoy viviendo por inercia.
Ayer me miraba de forma distinta. No sé. Creí ver esa luz al final de túnel, desde donde se regresa del lugar al que vamos cuando olvidamos ser nosotros mismos y nos dejamos llevar hasta el límite de lo que deseamos ser.
Ayer me miraba como miran los que persiguen que nunca se les quiera porque quererlos supone tener que devolver "eso" (sea lo que sea) que no se puede (o no se sabrá nunca) corresponder.
Me cogió de la mano y me dijo que no me fuera aún.
Lo dijo como quien no quiere que ese momento acabe nunca y eso fuera verdad. Al menos yo la creí.
Luego se fue, como todos los días (pocos) en los que nos encontramos a medio camino entre su alambrada y la mía. Empezó a llover en mi trayecto a casa, una lluvia intermitente y demasiado cálida para un mes de mayo. Pensé en que ella volvería en tren, en el brillo de las vías mojadas, en que no haría frío y en que todos los momentos se pierden para siempre si nadie los recuerda, ... en que las cosas hubieran podido ser de otra manera sin que supiera qué o cómo hubiera podido cambiarlas.
Tuve la sensación de que se me haría triste volver a todo eso de conocer gente nueva, hacer nuevos amigos, trazar una nueva línea del destino alejado de ella.
Más tarde pensé que se me estaba escapando la vida en cada uno de esos silencios suspendidos en los que siempre acaban cada una de mis frases; en que no me quedaba mucho ya, y en que lo peor de todo no era la falta de tiempo sino la resignación a que todo cruce de caminos acabara siempre en caminos divergentes, en adioses más o menos definitivos.
A que todo fuese siempre lo mismo, a que pocas cosas cambiaran aunque quisiera que cambiaran, a que el azar siempre tuviera la última palabra.
A que seamos hojas al viento bailando al son de una interminable ráfaga de esperanza.