Cada día que pasa me siento más absurdo entrando a escribir en el blog. Me gusta leer los de los demás, pero casi nunca comento posts, creo que lo que me sale decir está de más. No sé el porqué, pero en los últimos tiempos tengo la sensación de que nada realmente bueno sale de mí.
Algunos blogs que sigo han ido creciendo, han mejorado (bajo mi humilde punto de vista) en su forma de expresarse, quien escribe evoluciona en la forma y en el fondo. A veces me quedo embelesado y no sé qué decir. Siento algo parecido a un enamoramiento, yo me enamoro de la gente que crece, que son capaces de excavarse hasta encontrar sus tesoros, sus miedos, sus pasados y sus deseos.
Algo que observo es que cuanto mejor se escribe más positivo resulta lo escrito, hay como una propensión a expulsar lo agrio que corrompe al duende que escribe. Y pienso en cuántas veces yo hago lo mismo y me pregunto si esa fealdad no será, en realidad, lo que transmito de mi.
Supongo que me he hecho mayor.
Ayer lo pensaba. Estoy cansado. Voy cansado a todas partes. Antes creía que podía recuperar tiempo perdido, pero ahora sé que no. Quizá esto sea eso que llaman la crisis de los cuarenta.
Tú eras Crepe Suzette y yo Collin que te buscaba por las calles. Igual de rubia y puede incluso que más caprichosa que Patsy Kensit. Teníamos, visto lo visto, mucho tiempo por delante; demasiado dijiste. O demasiado poco, no lo recuerdo.
No lo sabes, puede que porque nunca te lo haya llegado a decir, pero a veces, cuando pienso en ti, sigue sonando en mi cabeza esta canción.
Sé que debería alejarme, que los hombres como yo no están hechos para una vida sin sobresaltos, sin una cara sobre la que cobrarme, a puñetazos, lo que la vida me ha ido quitando. Es lo que tiene el bicho: un día se despierta y ya da igual todo lo que ocurra en adelante, porque ya no tiene que ver contigo. Estás muerto y harás cualquier cosa para sentir que has dejado de estarlo durante esos segundos de adrenalina a los que te vuelves adicto.
Porque la rabia no es un sentimiento, es una droga que te hace sentir vivo, es la guerra y el seguir un día más en pie, pensar que puede ser el último de esos días, que no hay un infierno en el que quemarse eternamente peor al que que te espera cuando el destino se cruce contigo y no te mate del todo.
Si sobrevives a una guerra en la que has tomado parte nunca vuelves a ser el mismo, no por los putos traumas, sino porque tu cuerpo ha probado el límite y lo añorará ya el resto de tu vida.
Lo necesitará.
Supongo que es por eso que debería alejarme, pero no lo hago porque en el fondo soy un cobarde. En el fondo y en la superficie. Todos los hombres somos unos cobardes, unos lo muestran de una forma y otros de otra. Detrás de la rabia sólo está el miedo, un miedo que te dice que has o no de hacer para no perder la poca dignidad a la que tienes derecho. Y tener miedo te convierte en ese cobarde, por mucho que los libros de autoayuda te intenten convencer de que eres una especie de superhéroe sólo por hacer algo a pesar de que estás entrando en pánico.
El bicho sabe que eres soy un cobarde más, lo sabe y se ríe. Se ríe y me encabrona. Y entonces soy capaz de cualquier cosa, soy su puta marioneta y soy capaz de hacer cualquier cosa, soy capaz de hacer daño a todo el que se me ponga por delante y que no me importe casi nada.
Y digo "casi" porque en el fondo todavía hay algo dentro de mí que es humano, que observa y es capaz de arrepentirse y pensar que no lo hará nunca más. Pero es un ser humano débil, alguien encerrado en un lugar oscuro. Alguien que tiene miedo.
Y si hay algo que nos da asco es ver el miedo en los demás.
Si hay algo que no podemos soportar es reconocer en otro eso que nos convierte en una rata asustada.
Supongo que las cosas son como son y que eso es suficiente mientras no tenga dudas. Pero a veces me quedo sin respuestas en cuanto surgen las preguntas, no porque no tenga claro quién soy y hacia dónde voy, sino porque sé de sobras que no soy quien digo ser ni voy hacia donde realmente quiero ir.
Quizá en el proceso de mentir a los demás, en la coartada que construí para justificar la huida hacia adelante en la que he convertido mi vida, acabé por mentirme demasiado bien a mí mismo.
Y cuando más se miente uno, más difícil es volver atrás.
Tal vez la edad tenga que ver con todo esto: con plantearme si quiero seguir convertido en este personaje y empezar a desenredarlo todo, reunir a quienes mantengo en esta fantasía que he creado, y tratar de hacer el menor daño posible. Creo que va a ser difícil.
No sé si al final, ese yo que quiere desmantelarlo todo, no es, en realidad, otro personaje que quiere usurpar el lugar del que empieza a ser viejo y a estar cansado; si en realidad, no soy más que una sucesión de personajes que van naciendo dentro de mí a la espera de su oportunidad, de que un día reflexione acerca de quién soy en realidad y qué hago aquí, para aprovechar ese momento de debilidad y destronar al que creí ser, el que quería ser.
En cualquier caso, esos personajes, todos los que he sido o he creído ser, conservan cierta melancolía por no haber sabido mantenerte a mi lado. Y aunque en lo más profundo de mí sé que hubiéramos sido dos animales salvajes compitiendo por un mismo territorio, sigo teniendo la esperanza de que al menos uno de esos que he sido, soy o seré, hubiese tenido la cualidad de encontrar un punto intermedio, un equilibrio, en el que pudiéramos convivir.
Supongo que eso ya no tiene su espacio, que esta sucesión de versiones de mí mismo es como si estuviera mejorando una y otra vez el programa de un ordenador obsoleto, que en el fondo, la oportunidad pasó y lo hizo para siempre.
Me gustaría creer que un día seré alguien que ya no quiera ser otro alguien, o que por lo menos, no lo desee para retroceder en el tiempo y cambiar aquellos cinco minutos que bastaron para desterrar de mí a aquél a quien querías.
Pero he de ser realista, después de todos estos años, sigo escribiendo todos los días el mismo post en el mismo blog.
Como una profecía autocumplida, otro (que también soy yo) reemplazará a otro yo que pierde poco a poco la esperanza.
Porque este blog va de eso, aunque no lo parezca.
De esperanza.
Como el campesino que espera la lluvia tras meses de sequía.
Sé que resulta difícil de creer, incluso puede que sólo sea un farol de esos que uno se pega para poder seguir mirando hacia adelante con algo que se parezca, ni que sea de lejos, a la esperanza, pero sé que un día (no sé cuándo) tú y yo vamos a estar tan cerca que vamos a poder palparnos el aura con el aura del otro, vamos a reconocer en el fondo de la retina al animal salvaje que nos habita como si esto que somos (cuerpo y magia) sólo fuera una cueva donde hiberna hasta que llegue uno de los dos a la entrada de ésta.
Sé que resulta difícil de creer, yo sólo puedo creerlo en sueños, pero un día vamos a dejarnos llevar hasta el punto de no retorno de nuestros destinos.
Creo que se acerca el día.
Lo vengo presintiendo en el frío por el que atraviesan mis huesos cuando escribo que vamos a encontrarnos.
Es difícil de entender. Lo sé.
Ni yo mismo soy capaz de releer esto y no creer que por fin me he vuelto loco.
Podría decir que quería ser cómo él. Y creo que mentiría sólo a medias. Un escritor de éxito, de novela negra, una de esas que empecé a escribir justo antes de que la novela negra se pusiera de moda. Sé que no voy a volver atrás para acabar algo que no tiene demasiado sentido porque no creo que sea el mismo de antes, ni las calles son las mismas, porque las calles son distintas en función de la gente que pasa por ellas, y algunos no volverán a pasar nunca y otros nuevos se han añadido a la lista de viandantes frecuentes. Hay nuevos vecinos que cocinan con distintas especies, salen de casa con ropas más a la moda... a veces el ayuntamiento también pone de su parte, pocas, para ahorrar dicen, gastan ahora para ahorrar más adelante. Me pregunto cuántas cosas se cambian sin que se hayan amortizado antes. Supongo que depende de quien se beneficie.
Por eso no escribiré lo mismo, porque la historia pertenece a otro que no soy yo. Ya no. Ahora soy otro, quizá con más miedo a hacerme viejo y que la vida haya pasado sin darme cuenta, sin tanto fondo físico, con más fastidio ante unas escaleras, con más cuidado con ciertas especies y algunas comidas, con la piel menos tensa, con el sentido del olfato más acostumbrado a todo, sin esa capacidad de sorpresa y con la sensación de que nada de eso pasó, porque uno nunca es consciente de lo que incorpora ni de lo que se va. No al menos de los pequeños cambios. Uno se va poco a poco y lo sustituye otro.
Tan lentamente que no se le puede llamar cambio y por falta de pruebas lo acabamos llamando evolución. Algo que no plantea discusión y que además es positivo porque al mismo tiempo que perdemos, vamos ganando una conciencia más reflexiva, y ese otro nuevo también es más listo respecto a algunas cosas. No sé si muchas, pero sí las suficientes para autoconvencerse de que el cambio (evolución) es para bien.
Todas las historias terminan igual. Siempre parecen diferentes, pero en realidad, están cortadas por el mismo patrón. Todo acaba en una rendición. Alguien se rinde tarde o temprano, alguien deja de creer, y cuando alguien deja de creer, deja de tener sentido sea lo que sea que hubiera.
Todas las historias terminan porque no hay nadie que las quiera seguir escribiendo, ni leyendo, ni habitando.
Aunque nadie las haya empezado, aunque sólo hayan sucedido como sucede la lluvia: por que debe llover de vez en cuando, porque el mundo está programado para que el cielo moje el suelo.
Hace días que le doy vueltas a lo de escribir la novela. Lo que no sé es a qué obedece ese deseo repentino. A veces pienso que este tiempo de resituarme, en realidad, ha sido como una burbuja de tiempo en la que no he vivido del todo. De hecho, a veces pienso que no vivo al cien por cien, sino un cómodo setenta por ciento...
... como si fuera a vivir eternamente.
Dicen que la crisis de los cuarenta llega el día en el que te das cuenta que eres mortal, que el fin se acerca poco a poco, de forma inexorable.
Supongo que escribir esa novela es mi crisis de la mitad de la vida.
Hace tiempo que busco la forma de escribir algo con sentido, pero no me sale. Llevo días con esa sensación de que el otoño ha traído algo así como una espuma que lo envuelve todo, que lo hace menos palpable, menos audíble. No puedo decir más. También las palabras están metidas entre todo eso.
Me gustaría creer que es algo pasajero.
Estos días duermo poco, y pienso. Creo que debería pensar en dejar de pensar.
Porque siempre que le doy rienda suelta a ese que me habita y habla para sí vuelvo al mismo lugar y al mismo día.
A la misma hora.
Y mientras tanto, vi esta película acabándose una noche. Sólo ví la escena del café y la última... no voy a desvelar el final.
En español, el título es "La vida de Adele".
Creo que hace años que me siento como Adele en las últimas escenas de la película.
Me siento fuera de lugar, tratando de fingir que no pasa nada.
Tratando de olvidar cuando me voy a dormir lo que inmediatamente recordaré en cuanto despierte.
Me gustaría haber apostado por ser escritor y no lo que he acabado siendo.
No me creo mi propio papel.
Pero ¿qué importa? No tengo motivos para quejarme.
América era una locura, un dulce olor a azaleas, un océano de edificios, una carretera infinita bordeando salvajemente la costa, una road movie de moteles baratos y redwoods intentando alcanzar el cielo, Los Ángeles, Carmel, San José, San Francisco...
Y Bandini en Bunker Hill saliendo por la ventana del sexto piso a la calle, Y Grand Street. Y Olive Street. Y Camila López despreciando a Bandini en la terraza del Figueroa Hotel, tan años treinta, tan fuera de lugar y tan susurrándole al polvo. Cumplí mi sueño. Podría cerrar este blog y si mi alma fuese de esas que se mueven en círculos se habría cerrado uno de esos que duran diez años.
Y la biblioteca pública de Los Ángeles
Y San Simeón y Carmel entre copas.
Y Clint Eastwood.
Y Silicon Valley y el Biocube.
Y el Golden Gate. Y el Fisherman´s wharf. Y las cuestas de diez metros rompiendo como olas surfeadas por tranvías contra casas de ensueño. Llovía. Alcatraz entre la bruma, me reconocieron por los zapatos, sabían que venía de la vieja Europa.
Sé que volveré a San Francisco.
México era un batallón irlandés que se pasó del bando equivocado al de los que saben que la muerte es sólo un trámite hacia la leyenda, que sin ser ni irlandés ni mexicano, ya es casi mía. Porque uno siempre se hace del bando de los que odian el destino al que están destinados.
Y conocí a la sirena con reflejos de luna en escamas de voz. Era como la había imaginado, y lo supe: que en otra vida fuimos contadores de historias, que fuimos el sur de un norte, peregrinos, buscadores, que fuimos lo que no nos atrevemos a ser porque nos pesan, dulces, los afectos.
Y los danzantes y almas viejas y katrinas y Sant Jordi.
Y el metzcal con limón y sal roja como chile.
Y el gran hombre y la gran dama y el palacio de las formas donde me sentí tan a gusto que un ángel se me posó en las rodillas mientras comía.
Y el síndrome de Stendahl en el Museo Nacional de Antropología, donde me quedé sin habla, abrumado por tanto.
Y la despedida sin destino.
Porque hay lugares de los que uno parte sin que su cuerpo quiera irse.
Y un concierto de gaitas irlandesas el día de los muertos. Héroes del cuarenta y siete.
Y pirámides enterradas en el cielo.
Me faltaron palabras, me despidieron las luces de Distrito Federal, ese océano de luciérnagas donde se me quedó algo que aún no tiene nombre y que acabará por brotarme, lleno de vida, en alguna página perdida entre las muchas que me habitarán para siempre.
No sé si uno se puede enamorar de unas coordenadas en un mapa, pero fue lo más parecido a soñar que se sigue soñando.