lunes, 17 de junio de 2013

Una librería en el casco antiguo


El sábado recibí una llamada de muy lejos, tan lejos que el tiempo y la distancia se juntaron en una línea; como el cielo y el mar lo hacen en el horizonte. Creo que si fuera hacia ese lugar no llegaría nunca y, a pesar de haber vivido meses intensos a la luz y el calor de su fuego, empiezo a pensar que el recuerdo sólo es un viaje hacia ese punto sobre el horizonte; y que lo único que hago es admirar una y otra vez, puesta de sol tras puesta de sol, lo que pudo haber sido a través de los rastros de lo que sí fue.

No voy a reproducir la llamada ni la melancolía que me caló hasta los huesos. El sábado hacía calor y me apetecía comerme una gran porción de primavera por lo decidí que no iba a afectarme más que lo estrictamente necesario, pensé que mi vida era ésta y era la que había querido que fuera, que era fruto de todas las decisiones que había tomado, de todos los proyectos que tenía entre manos y que, si bien la vida está determinada por las decisiones propias, también están las de los demás, y ahí tenemos poco qué decir. Que me llamara, ya fue en sí mismo, una sorpresa, fue como cuando la conocí: encontrar un santuario secreto de mariposas azules en un frondoso y silencioso rincón del bosque. Quizá me sentí bien y mal al mismo tiempo, como cuando una parte de tu cuerpo está expuesto a calor y otra a un frío intenso. Me pregunto si de haber reconocido el número desde el que llamaba hubiera descolgado el teléfono. Pero lo hice y quise quedarme tranquilo, en paz. Como si eso se pudiera forzar...

El subconsciente no entiende de órdenes. Así que durante dos noches he tenido sueños en los que aparecía ella. Y eso es muy extraño por dos motivos: Uno, no suelo recordar mis sueños; y dos, en todos estos años no había soñado con ella ni una sola vez. Puede que los sueños no tengan un significado concreto y que ella no sea, en realidad, ella; sino que uno de los personajes hubiera adoptado su forma aprovechando su llamada del sábado. No sabría qué pensar respecto a eso. Sólo decir que en el sueño ambos habíamos encontrado una paz por separado, ninguno de los dos llevábamos la vida de entonces, ni la ciudad era la misma, ni tan siquiera ninguno de los dos era el mismo. Es extraño lo vívido de algunos sueños, las texturas, los olores, los sonidos... parecen tan reales...

El domingo por la mañana Avellaneda me había enviado un vídeo al correo. Me emocionó hasta que se me saltaron las lágrimas. No sólo por el homenaje a Montserrat Figueras sino por el sincero afecto de los que la conocieron y por el profundo amor que se le notaba a Jordi Savall cuando hablaba de ella. Me pregunté hasta qué punto es consciente una persona de lo mucho que es querida por alguien y qué clase de contradicciones se desatan dentro del que sospecha que es amado con esa constante y pacífica pasión. No sabría decir el porqué, pero esa pregunta me creó cierto desasosiego, me trasladó a un lugar del que había huido hacía mucho tiempo y estuve toda la tarde del domingo pensativo, ordenando cosas por la casa, pero sintiendo un entumecimiento interno, como si para poder conocer la respuesta, debiera convertirme en algo así como de cartón piedra.

Pero ahora ha llegado otro tiempo, una oportunidad que se cierra es, en realidad, una oportunidad que se abre frente a nosotros. Sé que el tiempo no sólo acaba curando las heridas que uno no quiso nunca hacerse a sí mismo. Sé que Avellaneda nunca sabrá cuánto ni cómo llegué a quererla ni qué dolorosa fue su marcha a pesar de que haya escrito anteriormente que me había sido soportable, tampoco sabrá que, en realidad, conocerla supuso un antes y un después en cómo quería que fuera mi futuro.

Sé que el tiempo juega en mi contra, pero no puedo dejar de pensar en que en algún lugar encontraré la paz a la que sentí haber llegado en mi sueño.

Sólo eso. Paz. Ahora ya sé que existe y puedo sentirla, porque la he mirado a los ojos en un sueño y la he escuchado en la voz dulce de Montse Figueras y en el lamento de la viola de Jordi Savall

sábado, 15 de junio de 2013

Devolver la tregua a la estantería


No le guardo rencor, Avellaneda. Tampoco estoy tan triste como se supone que debería estar después de su marcha. No hay nudo en la garganta ni silencios incómodos dentro del silencio casi sólido con el que se enfrentan las cuatro paredes de mi casa. Quizá lo que más me apena es esa ausencia de tristeza, el no sentir mucho más su marcha. A mí me gustaría sentir algo tan intenso en el desencuentro que me recordara al deseo que me invadía de leerla con las yemas de los dedos, oír su voz dentro de mí como si yo fuera una cueva vacía y usted el eco de una voz llamándome.

No voy a guardarle rencor porque yo me rindo antes de tiempo, no porque sea todo esto nuestro una guerra perdida, sino porque quizá ninguno quiera ganarla. Además, a mí, siempre me horrorizaron las guerras, siempre me gustó estar en paz, quizá sea verdad lo que escribió en el título su autor y no fuéramos más que una tregua el uno para el otro: una tregua en esta lucha contra la soledad que detestamos cuando llevamos demasiado tiempo solos y amamos cuando desaparece porque hay otro que la conjura con sus presencia. Quizá sea eso, Avellaneda, una forma más de la contradicción de nuestras vidas.

Yo sé que la voy a querer siempre, supongo que es mejor dejar estas cosas cuando no amargan, que es mejor alejarse antes de que la vida se convierta en un excusa continua, y un continuo decidir si uno accede a ver al otro y arrepentirse luego, o lo que es peor: no arrepentirse.

Yo la voy a querer siempre, porque la leí hasta el final y tuve ganas de seguir leyendo. Espero que con el tiempo a usted no le sobrevenga nostalgia cuando yo no esté.

Ya lo sé. Soy yo el que abandona.

A veces pienso que era lo que usted quería y lo que no quería al mismo tiempo.

jueves, 13 de junio de 2013

Prioridades

A veces uno pierde de vista las prioridades.


Imagino que lo sabréis. Hace cosa de un año inventé y patenté un sistema de potabilización de aguas mediante energía solar. Con un equipo de 20 kg. cargados a la espalda como una mochila, uno es capaz de potabilizar hasta 4.000 litros de agua al día y generar suficiente desinfectante como para potabilizar otros 50.000.

El proyecto no avanza. No he acertado con los socios hasta ahora. Y es así porque hay algo que he puesto por encima de todo: Este equipo no debe caer en malas manos, en manos de la casta avariciosa. Así que, en cuento he visto o he escuchado cosas que no me han gustado, me he vuelto poco colaborativo y he paralizado el proyecto para "sacar" fuera a esas personas. No he sabido elegir, o he elegido por motivos de necesidad. Si has seguido el blog sabrás que mi situación económica es difícil, no me he rendido nunca y sigo pensando que soy un privilegiado por haber tenido la posibilidad de mantener lo poco que tengo y de tener salud para tirar tantas cosas al mismo tiempo hacia adelante.

Esta mañana me he dado cuenta de una cosa: Hace un año que el prototipo está hecho y la patente presentada... y esta máquina aún no ha salvado ninguna vida.


Cada día mueren seis mil personas por beber agua en mal estado, el ochenta por ciento son niños menores de cinco años. Si se potabilizara el agua, esta mortalidad se reduciría en más de un 90%. La ONU tiene como objetivo del milenio llevar agua potable a menos a 500 metros de cualquier hogar antes de 2015 y está haciendo esfuerzos para construir pozos, canalizaciones, presas, etc. Yo he inventado el complemento perfecto: que ese agua sea segura en todo momento y en cualquier lugar.

He ido a infinidad de concursos de empresarios, a comidas con políticos, he estado en reuniones de Fundaciones del agua en edificios suntuosos en las zonas más caras, he visitado centros tecnológicos y me he reunido con técnicos que están trabajando en otros procesos de depuración del agua.

... pero casi nadie me ha hecho caso porque el problema no es el agua, como tampoco son los alimentos. El problema es que todo eso no va con ellos, no es su problema. Y me he dado cuenta de que estoy actuando como si tampoco fuera el mío. Supongo que uno se mueve por prioridades y mi prioridad es la mía, es el proyecto y no el agua, es hacer viable todo esto y no llevar una máquina a tal o cuál lugar y empezar a salvar vidas. No sabría cómo explicar cómo me siento. Lo cierto es que siempre he pensado que debía dar una estructura sólida al proyecto para poder así llegar de forma rápida y con más equipos. Y quizá eso no llegue en el tiempo esperado. También es cierto que los equipos no son baratos precisamente y que yo, en mi situación no puedo costear la fabricación de cuatro o cinco equipos, ni los desplazamientos ni las pruebas...

Pero el tiempo pasa y puede que siga pasando el tiempo mientras no llega el agua a donde tiene que llegar. Ayer un amigo me preguntaba "¿si vas con tu mochila a algún sitio, quién se quedará aquí fabricando más mochilas?" Supongo que eso es lo que me está frenando... no deja de ser un freno. Pero no sé si eso basta.

Prioridades. Hay que salvar a los niños. Los niños no puede decidir por sí solos. Se encuentran en medio, nacemos sin elegir dónde, nosotros tenemos suerte, pero otros no. No podemos olvidarlos, no debemos eludir nuestra responsabilidad con ellos. Y me he dado cuenta de que esa es la prioridad, no sé hasta qué punto podré hacerlo, no sé de qué forma.

Hace días que llevo dando vueltas a una idea. Las ONG´s no tienen dinero para casi nada, ni menos para mi equipo, y he pensado en contactar con una red de Crowdfunding y colgar proyectos concretos de agua en los que incluir mi mochila para potabilizarla. ¿Alguien conoce una ONG o fundación que tenga paralizado un proyecto de ayuda en el que intervenga el agua? Voy a proponerlo a varias plataformas de crowdfunding...

Yo sé que si sigues este blog te has dado cuenta de que soy un hombre con muchas pasiones: la literatura, el agua... Avellaneda... a los grandes hombres se dice de ellos que son poliédricos, emprendedores, etc. a los que estamos en construcción nos suelen llamar veletas, el único parámetro que nos diferencia es el dinero. Y el dinero no es la medida de todas las cosas. Yo creo que todo en la vida está plagadas de procesos en los que estás estancado durante mucho tiempo y de repente das un salto cualitativo y hacia adelante. Hay que tener ideas y luchar por ellas, aun sabiendo que puede que no las veas cumplidas. Quizá nunca llegue a ser millonario, y puede que toda mi vida acabe siendo un correr detrás de proyectos que no terminan de cuajar pero ahora ya sé cuáles son mis prioridades.

Pero intuyo que no va a ser así del todo. Siempre he tenido la intuición de que las cosas por las que se luchan acaban por llegar.

Sé cuál es mi lucha, lo mismo que me llena de energía me la gasta.

Hay que salvar a los niños.

miércoles, 12 de junio de 2013

Usted pone la felicidad y yo el vino



A mí me gustaría que se viera como yo la veo. Le puedo asegurar que no la veo a través de los ojos de un enamorado; a mí el amor siempre me sentó mal en los huesos, pero supongo que ya estoy vacunado, al menos me pincharon unas cuantas agujas. Alguna gripe agarro de vez en cuando, no se lo voy a negar y desde esa realidad le puedo asegurar que yo la veo desde mi rincón con la febril delicadeza de un tallador de diamantes. 

Siempre he pensado que el diamante perfecto no existe y que los que los trabajan, a fuerza de no ver jamás ni uno solo puro del todo, deben adquirir algo así como un sentido estético de las imperfecciones, geométricas o no, presos de una particular obsesión por lo único. ¿Sabía usted que en Japón la belleza está en la casi perfección? ¿En los detalles que se escapan? ¿En lo viejo y en lo manchado? Ellos lo llaman  Wabi-sabi y los objetos que lo son, tienden a la asimetría, a la aspereza, a la sencillez o ingenuidad, a la modestia e intimidad, les recuerda, además, un proceso natural, rústico.


Usted es wabi-sabi porque yo soy el observador y usted la observada. Al revés, no sé qué seré yo para usted, supongo que no me mirará desde el mismo criterio. Yo soy más canalla, menos austero, yo soy más de esos brutotes que se quedan con la boca abierta ante algo delicado y no se atreven a tocarlo por si lo rompen, pensando que no nacieron para el cristal de Bohemia o las porcelanas de la Isla de la Cartuja. Usted es una bailarina y yo un motorizado ángel del infierno.

Usted es wabi-sabi porque me provoca la necesidad de intimar con su cuerpo y beber vino con su alma y viceversa.

A mí me gustaría que se viera como yo la veo, aunque usted crea que soy el zafio patán que probablemente soy, pero ya le dije que no quiero que se vaya, aunque lo diga con flores y primaveras, con canciones que saben a humo, con palabras deshilachadas porque mis gatos las arañaron. Usted dice que yo escribo ya por costumbre y que lo mismo le escribo a usted, a cualquier otra que pasara le escribiría lo mismo. 

Pero yo sé que no es así, no puedo transmitírselo pero tenga por seguro que no le miento.

Me pregunto si sabrá que estas palabras son enteramente suyas. Enteramente tuyas.

Eternamente tuyas.


Usted es este texto y yo soy esta canción.

jueves, 6 de junio de 2013

El centro de gravedad se está agravando por momentos


Yo sé que usted no entiende que yo no entienda, o no comprende que yo no comprenda, como a mí también me deja perplejo que no se dé cuenta de que si usted se aleja yo no soy el que se va, que la distancia no es otra cosa que hacer crecer una burbuja de aire entre nosotros, llenar de aire el aire, no me pregunte el porqué pero ese hueco se me va convirtiendo en herida, no porque yo la necesite, sino porque sin necesitarla la echo de menos, echo de menos mi mano sobre su hombro, echo de menos que usted me llame por mi nombre y llenarme con el diminutivo del suyo el filo de mi boca, usted no entiende que a veces siento que las palabras me faltan justo cuanto creo que más las necesito, que usted se aleja porque yo no soy capaz de hilvanar diez o más frases que le hagan pensar que a mí, lo único que me conmueve, es usted.

Usted ya sabe que un hombre lleva impreso en el reverso de la piel una decálogo en el que bajo ningún concepto ha de mostrar cosas básicas, uno no ha de mostrarse niño, ni llorar jamás, ni jugar con las mascotas, ni dejar ver que ama por encima de todo, un decálogo que dice que que va a ser fuerte cuando todo flaquee, que va a empezar una y otra vez de nuevo cuando todo se derrumbe, que un hombre es una roca, que un hombre puede con todo. Hace tiempo que mi vida se convirtió en otra cosa, que cambié las certezas por la incertidumbre del agua, que la perseverancia la malvendí para llegar a cuantos más mejor, cuanto más pobres mejor, y que sigo en ello, porque uno, para amar, ha de ser solidario; no compasivo sino solidario, porque el verbo amar se conjuga en los tiempos oscuros, recuerde: la solidaridad sólo es amor cuando más difícil es construirla.

Pero claro, a veces se me olvida que su voluntad está hecha a prueba de palabras, que es como un chaleco anti-sílabas a las que yo me tengo que enfrentar un día tras otro, acercarme sigilosamente hasta quedar a un palmo de usted sin que me vea, y entonces decirle por sorpresa y a quemarropa que la quiero, porque todo lo que he escrito, todas las palabras que he construido, todas, siento que sólo fueron un pretexto, una forma de entrenarme, para que cuando me encontrara con usted, yo supiera convertir su miedo en esperanza, y su llanto en risa, y su apatía en juego, y su corazón en una razón más para seguir latiendo.

Yo sé que usted no entiende, Avellaneda, que su proximidad me aproxima, y su lejanía me aleja, pero usted sabe que me gusta la compañía de su cuerpo, que soy adicto a cómo se estremece, que mis manos buscan en braille mensajes ocultos y mapas del tesoro en los relieves de su piel. Y a mí me gustaría saber expresar todo eso de una forma hermosa, pero entonces recuerdo que siempre fui un torpe. Y que usted se va.

Y a mí me gustaría gritarle palabras frescas y olorosas como flores para que no se fuera.

Y a veces tengo la impresión de que, en realidad (por la forma de mirarme) usted no quiere irse.

lunes, 3 de junio de 2013

La luna debajo del brazo


Duele más el silencio que la herida. 

Y a mí se me quedó un silencio muy grande sangrando estrellas en la noche. Ha vuelto el insomnio, y con él toda eternidad comprimida en unas pocas horas. 

También llegó el calor. 

Y la distancia.


sábado, 1 de junio de 2013

José Mujica - Cuando más lo necesito me llega esta entrevista y quizá todo cobre sentido.



Ayer me fui a dormir a las seis de la mañana. Me sentía terriblemente confuso, cansado, triste. Es imposible no sentirse solo en medio de la madrugada, no porque uno esté solo de verdad sino porque el silencio sirve como aislante. Aislarse requiere llevarse bien con uno mismo. Yo me llevo bien conmigo mismo cuando escribo para mí y anoche necesitaba estar bien. Quería escribir, pero sobre todo quería ser. Ser, sólo ser yo, sin nada ni nadie que me condicionara. Ser sin tener. Y aunque parezca algo sencillo, no lo es en absoluto. Siento que debo mucho. No se puede vivir debiendo, porque lo que debemos es tiempo. Y el tiempo es vida. Y la vida, tiempo.


Esta mañana amanecí sin la sensación de que hubiera arreglado algo, luego escuché esta entrevista y me di cuenta de todo el tiempo que desperdicio, de toda la vida que no vivo y entonces caí en algo en lo que, de vez en cuando, me doy cuenta. Y es el nombre del blog. Hay un deseo oculto en ese título, algo que no está escrito dentro de lo que sí está escrito.

El título original del cómic de Frank Miller es  "una dama por la cual matar" (más o menos) "A dame to kill for". Sin embargo, en castellano se tradujo por Moriría por ella "una dama por la cual morir". 

Supongo que en esos lapsus hay mucha carga de profundidad que se hunde en nuestro yo que sólo está esperando la ocasión para estallar a la presión programada. 

No creo que sea el primer día del resto de mi vida, pero escuchar a José Mujica, ese hombre sabio, me hizo de nuevo creer en el ser humano como sociedad.

El martes me reúno con los nuevos inversores, sólo accederé a vender participaciones si veo que son honestos, que su organización está basada en valores (y no me refiero a una frase escrita en un papel sino en lo que perciba en ellos, en los hechos de los que estén orgullosos.

Casualmente, me han entrado varios proyectos grandes, no los esperaba, quizá en un par de meses no necesite inversores porque estos proyectos puedan financiarme sin tener que buscar fuera. Pero esa es otra historia. 

Ahora entiendo lo que significa "venderse", y creo que es lo que he estado haciendo hasta ahora. 

Un lugar en el mundo (o en las estrellas)



Supongo que son muchas cosas unas detrás de otras, y que uno es tan fuerte como puede y no más, que a veces se tiene la convicción pero falla el resto, que la gente no está ahí cuando se la necesita, que por encima de todo, uno se da cuenta de que está solo. El caso es que tengo la sensación de que me he roto y eso tiene mal pronóstico. Aunque también creo que es bueno decir basta y pararse a pensar unos días qué se va a hacer y qué riesgos va a asumir y cuáles no.

No es que me sienta cansado, es que estoy cansado de sentirme cansado de hacer el esfuerzo en creer. Quizá no debería escribir esto, ya casi nadie me lee (y lo entiendo). Quizá haya llegado el momento en el que no deba importarme lo que debería o no debería hacer.

Le he puesto muchas ganas a muchas cosas en los últimos años. Muchas. He empezado muchos proyectos solo y he tenido que confiar en otras personas para tirarlos hacia adelante. Y no sé muy bien el porqué pero siempre he ido a dar con gente tan egoísta que me da hasta rubor pensarlo. Quizá el sector industrial no es el mejor para alguien como yo. Quizá no exista un mundo en el que quepa alguien como yo. Supongo que no he querido tirar la toalla más por necesidad que por convicción.

Pero nada tiene sentido.

He salido a la terraza, hace frío, el cielo está nublado, Ulises y Penélope merodean sin ningún objetivo, como yo. Diría que si pudiera permanecer con los ojos abiertos vería desplazarse a las estrellas por encima de mi cabeza. Me pregunto qué sentido tiene esta inercia y no encuentro una respuesta.

Y después de cinco años escribiendo este blog tratando de hacer un mapa de lo que sé y de hasta dónde soy capaz de llegar con él, debo admitir que he fracasado en el intento. Creo que resulta obligado meditar durante los próximos días qué voy a hacer. No sé si va a salir algo bueno de todo esto.

Yo le quito la voz y pongo Trouble de Colplay. Recomiendo verlo a pantalla completa y con las luces apagadas
The Mountain from TSO Photography on Vimeo.

jueves, 30 de mayo de 2013

Percepciones, lugares, caras... todo eso que por separado no significa casi nada y que en conjunto dibuja un mapa


Llevo unos días extraños, no sabría muy bien cómo definirlos. Si pudiera decirlo con una frase diría que es como si yo no fuera yo, es decir. No me reconozco, hablo y no sé muy bien lo que digo, como si las palabras que salen de mi boca estuvieran dichas por un actor que interpreta una versión suya y personal de quién soy.

Pero no a mí.

Entiendo que todos pasamos por etapas así, que el roce con la realidad nos hace actuar, a veces, como se supone que deberíamos hacerlo y no como nos gustaría. Quizá sea que estoy de viaje, me reúno con personas a quienes deseo convencer y explicarles mi invento y sin embargo noto como que no soy capaz de transmitirles nada. No sé si no soy capaz o que es demasiado complejo. En cualquier caso, noto esa fractura entre los demás y yo, y creo que intento cosas que nunca acaban por funcionar y he de confesar que eso me inquieta, que por primera vez en mucho tiempo, tengo la sensación de que esto va a ser irreparable, que el hueso no va a soldar su fractura y que, de aquí en adelante, todo va a ser así. Y mientras escribo esto siento un escalofrío.

Tengo la sensación de que he perdido la capacidad de entenderme con otro ser humano, que ya no siento nada hacia otra persona y que, en el fondo, esa no es más que la caída definitiva, el primer paso hacia el lado oscuro, aunque también creo que, escribir este post, el darme cuenta de esta nueva situación, me concede una posibilidad de cambiar las cosas, de no acabar convirtiéndome en ese personaje resignado y violento de Moriría por ella. 



Estoy sentado en un bar de sandwitches en calle O´Donell, frente a la maternidad de un hospital. No hacen que entrar embarazadas que deben venir a sus revisiones. No veo ningún ápice de felicidad en las caras que veo, en nadie. Si pudiera generar una teoría sobre la sociedad que me rodea diría que sonreír está mal visto y que lo correcto es tener cara de mala leche, que lo normal es mostrar al otro una imagen de serio y formal, responsable, correcto, de fiar. A mí, cuánto más me quieren que crea en algo, más convencido estoy de que quieren ocultar todo lo contrario. Aquello de "dime de qué presumes y te diré de qué careces" siempre me ha anunciado catástrofes y a los embaucadores que las provocan. Luego obedezco a mi pertinaz optimismo, la cago y acabo diciendo "pero si ya lo veía venir..."

Y aunque no es esa la situación, no puedo hacer otra cosa que tomar conciencia de que uno no es sólo uno, sino también las circunstancias que le rodean. Y quizá ahora lo que me toca vivir es precisamente todo esto, la fría realidad es simplemente eso: fría, quizá llegue el día en el que entre, con su caluroso devenir, esta indecisa primavera que no acaba de explotar del todo y que tanta falta me está haciendo.

domingo, 26 de mayo de 2013

"Herois de tempesta, amics del bon temps"



Esta mañana el cielo se despertó cubierto de nubes grises, no entiendo muy bien por qué se les suele llamar gris a ese tono azul frío y apagado, pero a mí nunca se me dieron bien las descripciones, así que lo dejaremos en gris y tú y yo sabremos que no estamos hablando de colores absolutos.

 El caso es que hace frío y se me congelan los pies porque escribo cerca de la puerta de la terraza y la tengo abierta para que Ulises y Penélope se pierdan por los tejados. Los gatos tienen una verdadera vocación por los tejados, curiosidad por la niña recién nacida de los vecinos de al lado, y por robarle la comida al otro gato que cohabita con ellos en ese desierto de tejas frías en invierno y ardientes en los días de sol.

Le he cogido cariño a esta vida fácil del día a día, al olor del café por las mañanas, a ver a mis padres a menudo, a trabajar con las manos mis propios inventos, cariño a este oasis de dignidad entre tanta infamia, no me extraña que lo desee conservar y que haya puesto tanto empeño en ello durante los últimos cinco años.

Pero todo tiene un final. Hace tiempo que intuyo que mi destino está lejos del que había sido hasta ahora mi hogar, y desde que empecé a crear mi destino, desde que decidí que el mundo iba a ser mi casa, el piso y la terraza, los tejados y mi laboratorio de inventos, se han ido desdibujando, como si para que pudiera desapegarme de ellos tuviera que cosificarlos, borrarles poco a poco su calidez cubriéndolos poco a poco con una capa de olvido. Me pregunto si Ulises y Penélope se adaptarán a un Universo sin tejados o a un balcón con vistas, si echarán de menos el cielo sobre sus cabezas y si el corazón se les irá envejeciendo por ello como a mí se me va oxidando el mío en cada adiós de los que se van hacia cumplir su destino sin que mi alma quepa en su equipaje.

Imagino que todos los cambios tienen un lado bueno y otro malo, y el lado malo existe porque significa que la vida que uno lleva tiene cosas buenas que dejas atrás; la nostalgia no sería posible si no se tuviera un presente con cosas que echar de menos.

Reconozco que me apego con frecuencia y que si miro atrás no puedo no dejar de sentir que he dejado muchas cosas buenas por el camino. Quizá esa tristeza por lo que no va a volver desvirtúa la felicidad por las cosas que han de venir, pero cuando lo pienso detenidamente acabo por concluir que no tengo la culpa de que el presente sea una isla rodeada de un océano de pasado bajo un cielo de anhelos y esperanzas. Así que me centro en este presente y escribo con nostalgia sobre todo aquello querido que siento haber perdido; es en cierta manera, una forma de gratitud hacia la vida, es una forma de decir "añoro las cosas que me hicieron bien"

Pero no dejo de vivir este día (ha salido el sol) con la constancia del que labra la tierra sin la certeza de que llegará el día en el que recogerá los frutos de su trabajo. Cultivaré un huerto en esta tierra de presente, me lleve donde me lleve la pompa de jabón en la que mi alma habita hasta que un día explote y viaje libre o se disuelva en el aire.

Con el sol llegó el tan esperado calor, y aunque sigo teniendo los pies fríos mientras no dejo de pensar en que, a pesar de no haber hecho demasiado bien las cosas, estoy en un lugar mejor del que hubiera estado si no me hubiera dejado arrastrar por la esperanza y me hubiera empeñado en crear todas estas máquinas que, a día de hoy, son la vía por la que voy saliendo de una situación comprometida. Si me dediqué a desentrañar dónde radica la esencia del agua, si alguna vez tuve otra oportunidad y no la contemplé, es porque siempre pensé que podía aportar algo al mundo, algo que ayudara a la Vida (sí, con mayúsculas) y sí, como ya he dicho en otros posts, me reafirmo: doy por bueno todo lo perdido, todo lo llorado, todo el insomnio, todos los adioses, todas y cada una de los enfados; sólo estoy aprendiendo, sólo estoy preparándome para salir afuera y cambiar una pequeña porción del mundo, mejorar la vida de otras personas.

Porque es lo que más deseo, eso es lo que da sentido a mi vida.

viernes, 24 de mayo de 2013

Sigo releyendo La Tregua


Yo sé que usted se va y que las cosas que deja conforman, si lo meto todo en una caja de zapatos, nada más que un puñado de recuerdos que con el tiempo se harán cada vez más viejos y harán que nada de esto (ni siquiera estas palabras) tenga sentido, porque el tiempo juega a su favor y para mí ya son demasiadas cosas que me juzgan en contra como para que le discuta al tiempo su papel de destructor de momentos.

Yo sé que usted no tiene la mirada con que yo la miro, ni entiende lo que yo entiendo, ¿sabe? uno llega a una edad en la que todo le parece lo mismo, como cuando chico uno compraba cromos de futbolistas y acababa siempre con un mismo jugador (nunca el más valioso) seis veces repetido, porque casi todo se repite, aunque eso usted ya lo sabe; uno se acostumbra a que las cosas se rompen casi siempre por la misma antigua fractura, la misma grieta, la misma debilidad invisible, supongo que lo difícil es luchar contra la gran costumbre, detenerse y contemplar todas y cada una de las ramas del árbol antes de subirse a él, pero también es cierto que uno vive sin que haya lugar a retrocesos. Algún día usted se dará cuenta que yo no la cambié por todo eso que usted cree que lo hice, sino que, en realidad, huí hasta que mi cuerpo se volvió polvo de camino, que lo que hice fue dejar de ser yo para convertirme en ese otro que me gustaría ser, solo que nunca supe en qué dirección ir; ya sabe, a veces, lo único importante es mantenerse en movimiento.

No sabría decir el porqué, pero desde que me convertí en personaje de blog, todo empezó a cicatrizar mucho más lentamente, quizá porque escribir es otra forma de enfermar y de perder, a velocidades del trueno, la capacidad de curarse a uno esta enfermedad que es vivir todos los días, uno detrás de otro casi siempre sin un sentido en sí mismo sino que pertenece a un fin postrero, como esas horas que trabajamos al día para cobrar a fin de mes, solo que aquí no hay fin de mes que valga, en fin, ya me estoy liando.

Lo que quiero que entienda, musa querida, es que mientras escriba, mientras sea personaje de este blog, no me van a faltar cielos estrellados por las noches, ni campos de trigo mesados por el viento, ni el sonido que hace el agua de un arroyo en el silencio de la montaña, no me va a faltar inspiración con la que "desasfaltar" cualquier camino para llenarlo de piedras y baches, y charcos, y polvo, y de usted.

Yo sé que usted se va, aunque en realidad sea yo el que se vaya, y sé que no es a causa de que las musas no existan, sino precisamente por eso: porque para que existan han de ser inasibles.


martes, 21 de mayo de 2013

Instantáneo instante



Como siempre que no tengo demasiado tiempo, tengo la imperiosa necesidad de perder diez minutos en escribir algo aquí. Es como si la prisa me empujara a detener el tiempo. Porque cuando escribo detengo, en mi interior, una especie de reloj de cuyas manecillas no soy el dueño.

Hace días que la musa se me ha vuelto esquiva. Escribo con los dedos en lugar de con esas otras partes intangibles, que nunca sé si fueron del todo yo u otra forma más de tratar de explicarme que no todo acaba en este cuerpo. Si me preguntaran si la musa se ha volatilizado respondería que ojalá no, pero con los años me he ido dando cuenta de que la eternidad es algo instalado en nuestro adn para que la esperanza tenga una referencia con apariencia consistente.

Estos días ando releyendo "La tregua". A veces me siento un poco como Martín Santomé y no puedo dejar de pensar en que la poesía puede estar en lo más cotidiano, que toda nuestra vida, nuestras dudas, nuestras emociones, todas esas que no nos atrevemos a sentir son, en realidad, una forma más de belleza en la ardua tarea de vivir, que todo lo que hacemos siempre habrá algo muy por encima de nosotros que lo dotará de una conciencia que va más allá de lo inmediato. A veces pienso que la literatura sólo es eso: un punto de vista más, algo que hace más humano lo que ya, de por sí, es humano.

Porque necesitamos ver eso, necesitamos que nos cuenten historias, conocer personajes con sus contradicciones, frotarnos con esa otra existencia que corre paralelamente a nosotros y que nos comenta. Durante un tiempo, he de confesarlo, todo lo que me pasaba lo transcribía dentro de mi cabeza a modo de novela, escribía sin escribir renglones efímeros mientras caminaba por la calle. Probablemente, si me viera, Buda se tiraría de los pelos al oírme y me diría a gritos que esa es la causa de mi sufrimiento, pero creo que ya es demasiado tarde para dejar de pensar en todo como si fuera un texto escrito. También es cierto que, antes de volverme loco, acabé por desconectar y para ello el blog me vino que ni de perlas, pero esa es otra historia y apareció por casualidad, se me coló dentro del corazón como una aprendiz de luciérnaga que me iluminó al mismo tiempo que aprendía a brillar.

Si de algo estoy contento es de que, a pesar de todo, conservo cierta inconstante inocencia acerca de las cosas. Por una parte, mi yo adulto sabe los peligros mientras que mi yo niño se lanza de cabeza a por todo lo que puede ser divertido. Si de algo estoy convencido es que mi parte de niño sabe que lo único que se necesita para ser jugar es alguien con quién hacerlo, imaginación y, a veces, una caja de cartón. El resto es atrezzo, un gran decorado a modo de esos programas de Facebook como la granja, que no sirven para nada. Las cosas sirven para muy poco, a menos que sean herramientas.

Han pasado más de diez minutos. Imagino que te habrás dado cuenta. Mientras, he ido haciendo otras cosas, mañana voy a una feria con distintos inversores y, tal vez, pueda dejar de vender mi alma al diablo, o cambiar de diablo. Supongo que el tiempo que ha pasado no deja de ser una de esas burbujas hechas de instantes que van explotando una tras otra, porque el tiempo, la vida, es eso: un sincesar de creaciones y destrucciones, donde lo único de lo que podemos estar seguro es que nada (ni nadie) es para siempre.