Mientras soñemos y dejemos un rastro de post-its con pedazos de lo soñado, y nos dejemos llevar por la intuición a golpe de remo, mientras demos la misma importancia a lo que nos da y nos quita lo que siempre hemos deseado, mientras la oscuridad sea la oscuridad y la luz sea eso: claridad, mientras tengamos manos que en lugar de agarrar se posen como dientes de león al viento sobre la hierba, sobre el hombro de otro que es igual a ti, mientras haya palabras que suenen a despedida y no se vayan (no te vayas), mientras haya un solo instante en el que, perdido todo, valga la pena quedarse a contemplar desde él toda tu vida entera (sin cortes publicitarios), mientras ocurra que siendo tú, despierto o dormido pero tú quieras verme como yo quiero verte, estaré esperando a que vengas.
Con la luz encendida o apagada, en la penumbra de la noche exacta, bajo los árboles del parque sin hojas, en el frío mármol de la escalinata que nunca lleva ni arriba ni abajo, en donde hiciera falta, en los lugares que empiecen por S o por T, esperando a que abras la puerta y digas esas palabras que ya no nos pertenecen.
A veces uno espera que las cosas ocurran porque no puede hacer nada para que no sucedan, es en ese espacio de tiempo en el que me he acostumbrado a vivir: en las grietas del tiempo.
Me pierdo en el camino, en los recovecos de un afán que cada día que pasa, más se aleja, en los pecados no cometidos, excepto los de lujuria y soberbia que, esos sí, los llevo en el ADN, tatuados al hueso, en el mensaje que da la jauría que vive en mi mirada, en los lugares a los que no fui ni a los que nunca iré.
Me pierdo en la locura, porque en ciertas circunstancias lo único cuerdo es volverse loco, quemar las naves, no volver a mirar hacia atrás bajo pena de convertirme en estatua de sal. Sólo se añora lo que se pierde si es algo imprescindible, si uno deja el corazón en el pasado, y yo añoraré siempre porque es mi naturaleza, porque me construyo como con Tente de las piezas que he ido compartiendo. No me puedo explicar sin lo que he sido.
Más de lo mismo. Siempre escribo más de lo mismo, no me atrevo a sacar a mis personajes a luz porque los quemaría, ya no escribo sobre la luna o sobre Ella, algo ha cambiado en mí. Algo se ha echado a perder.
Veo el agua fluir y veo el agua llegar a más lugares, tengo la máquina casi lista, el plan de negocio casi listo, me faltan recursos para patentar la máquina pero eso es algo que acabará llegando. Sólo me queda un objetivo: el equipo de potabilización para lugares remotos. No sé hasta dónde llegaré con ello, no lo sé. Sólo sé que durante el camino he ido perdiendo más de lo que creía.
Ando perdido, pero al mismo tiempo creo que uno, para encontrarse, ha de buscarse. Siento no ser el bloguero que se esperaba que fuera, el ingeniero que se esperaba que fuera, el hijo que se esperaba que fuera, la persona que se suponía que debía ser.
A mi modo lo intento. Lo llevo intentado desde hace mucho tiempo. Creo que saqué la cabeza del cuerpo de mi madre y ya noté que se esperaba que llorara. No sabría decir qué es lo que se supone que debo ser, pero no lo soy.
Ando en construcción. Recortando la tira de hombrecillos de la fotografía. Aprendiendo, imagino que para aprender hay que hacerlo mal algunas veces y darse cuenta de los errores.
Esta es la cuarta entrada que escribo hoy. Cuatro son muchas entradas. Antes de ésta no he publicado ninguna porque ninguna merecía la pena ser leída ni comentada. Tampoco sé si publicaré ésta, ya lo dije en la anterior y no la publiqué. Quizá me haya entrado un poco de cordura, este fin de semana es uno de esos espacios en el tiempo que flotan en el aire como una pompa de jabón. El sábado pasó silencioso, se quedó grabado en el contestador de mis días. El tiempo, para mí, tiene esta sólida soledad que lo espesa todo, como la harina en una salsa. No sé qué haría sin internet para matar la soledad, probablemente si no tuviera internet saldría más, iría a más sitios, no sé si en realidad todo esto no es más que un pez que se muerde la cola y si yo estoy metido en un círculo vicioso.
Añoro los días en los que podía escribir de verdad, los días en los que mi verdadera vocación era la crear algo que realmente expresara cómo me siento mientras apuesto por la felicidad, pero diría que eso no puedo dominarlo, mi modesta inspiración depende de una legión de musas que pierden cobertura cuando más las necesito, se van a donde sea que tengan su morada, probablemente con el pelo al viento, dejando rastros de palabras no dichas, como un hilo al que Ariadna no se atrevería a atar para nadie. Cuando las musas no quieren que sepas dónde están lo más probable es que no quieran que sepas tampoco con quién.
Esta entrada va por el mismo camino que las anteriores, está condenada a quedarse en el cajón de los escritos incompletos, de los veranos inacabados, de las cartas de tarot que mienten por bocas que no saben y no entienden. Me siento hoy, más perdido que nunca, en la repetición eterna de un guión ya leído muchas veces.
Esta vez, parece que ya escarmiento, me ha sorprendido un poco menos. Empiezo a entender algunas cosas que antes no entendía y lo cierto es que al final todo llega a un mismo lugar y con una sola explicación. Ahora no importa nada de eso, el caso es que se me pone un poco cara de tonto. Creo que ha llegado el momento de jugar al mismo juego, un juego en el que siempre he salido perdiendo, ha llegado el momento de concentrar casi todo lo que soy en un sólo objetivo. Sólo que se me hace difícil creer que ese es mi objetivo. Uf, esto ya es implubicable, lo he convertido en otro maldito puzzle donde giro sobre mí mismo sin sentido, ocioso, impreciso, perdido...
No sé si el blog es buena idea. A veces pienso que es una gran cueva donde me siento a salvo porque el mundo me quema. Lo que no sé es si el mundo me quema porque llevo demasiado tiempo en la cueva.
Cuando llega el fin del verano me cambia el metabolismo, mi cuerpo se para, alguna pieza se suelta, se desafloja algún tornillo con el que mi alma se sujeta al cálido aluminio de mi esqueleto. Y me vuelvo hambriento, pesimista, ermitaño, somnoliento, con la necesidad de reinventarme por las mañanas sin conseguirlo, me faltan las palabras como si hubiera que cambiarlas, como la ropa, por otras más de invierno. Me vuelvo más despistado, recuerdo lo que sueño algunas noches y me paso el día dando vueltas a cosas que no ocurrieron y que no ocurrirán jamás, pero que ahora sí, entiendo que si puedo imaginarlas es hubieran podido ocurrir, quizá aún.
El caso es que cuando llega el final del verano tengo que cambiar, no sólo mi mundo, sino que debo hablar con mi cuerpo y tranquilizarle, decirle que todo irá bien, que no todo está perdido y que hay que seguir adelante en esta cuesta arriba que nos ha tocado vivir. Porque mi cuerpo me habla sin quejarse, el que se queja soy yo, de esta maldita lumbalgia o de este principio de siglo, de esta gran depresión, de esta maldad que nos gobierna.
Este año he hecho una alianza con mi cuerpo. Esta mañana, al amanecer, juntos los dos (cuerpo y alma) en la cama vacía nos dimos el abrazo, prometimos atornillarnos, hacer las cosas desde el alma, tener en cuenta al cuerpo, tratar a los sueños como películas que se ven en el cine, y buscar todos esos lugares comunes en los que ambos nos sentimos a gusto y alejarnos de donde nos sentimos en deuda, transcribir con los dedos lo que los dedos no pueden sostener porque pertenecen al alma y viceversa (si eso es posible).
Porque hoy es el primer día del resto de nuestra vida, como lo fue ayer y como lo será mañana también, como lo son todos los días de aquí a que se acaben. Y es que de tanto pensar en plazos y fechas de entrega, uno se parcela su vida y su tiempo, y en esa vibración en ese temblor de lo que uno quiere hacer y no hace, o hace y no quiere hacer, se le desaflojan algunas piezas, se desatornillan algunas tuercas del chasis de aluminio del cuerpo y entonces, es el momento primero en el que es bueno decidir hacia dónde quiere ir.
Esta es la entrada 1000. Es 1 de septiembre. La Luna, la Tierra y el Sol están alineados (o lo estuvieron ayer). La entrada 1000 era una meta en la que no sabía qué pasaría. Pensé en cerrar el blog, también pensé en acabar con todo, antes de que todo acabara conmigo. En cualquier caso, ayer hice un relectura de lo que he ido escribiendo en el blog y pensé en las personas por quien he escrito casi todas las entradas. Rastreé en mi memoria y todo se volvió irreal, como si de repente, al poner un CD en un viejo tocadiscos, éste sonara.
Pensaba que la entrada mil sería la leche, pero no se me ocurre nada. Últimamente se me ocurren cosas mientras voy por la calle, en el coche; a veces cuando duermo sueño y recuerdo los sueños, pero la entrada mil es un hueco. He empezado a reescribir la novela, la voz de ahora es mucho más obscena, más fuerte, tiene más bicho. Curiosamente el personaje ya no odia a nadie. Intento que odie al menos a una persona pero no puede, es como si se hubiera rendido ante el mundo, como si ya no fuera con él, como si todo se hubiera acabado ya y sólo quedara la inercia. La inercia de los días, pasarlos como se pueda, con momentos de tensión y momentos para una tensa espera.
Este blog es la historia de un inicio de novela y la perplejidad ante el cambio radical y en pocos días de dos mujeres a las que quise. He intentado comprender y he elaborado infinidad de teorías. Creo que estoy cerca de entender sus porqués y también los míos. Pero como he dicho antes ya nada, o casi nada, importa, creo que uno es incapaz de odiar mientras se pregunta un porqué, uno debe siempre admitir que las cosas son como son, que el vivir conlleva un riesgo, que querer conlleva la posibilidad de que no nos quieran.
Ya no oigo el sonido de la vía láctea al girar sobre sí misma ni pensaré que suena como una rueda de molino, el silencio esta tarde es el sonido que producen las nubes mientras pasan y se deshacen contra la pared del cielo. Ya no pienso que odio a quien me enseñó a odiar, porque no es cierto. Porque casi nunca me enfado, pero me siento dolido.
Después de tres años sin hacer ninguna depuradora, después de tres años buscando trabajos como un perro hambriento que husmea entre la basura, después de tres años de frustraciones continuas, de estar a punto de que todo mejore y al final todo acaba mucho peor que antes, sigo con la costumbre de tener esperanza, de seguir creyendo que un día mi suerte cambiará, de que todos los esfuerzos no serán en vano, de que construiré una depuradora que será el principio de un resurgir, que acabaré la novela y alguien querrá leerla, de que un día se terminará esta soledad, esta pobreza, esta vergüenza. Podría hacer más, seguro, todos podríamos hacer más, todos podríamos mirarnos menos el ombligo, hacer lo que se quiere hacer y no lo que se supone que se debe hacer.
Esta entrada mil tenía que ser la hostia en verso. Las expectativas son casi lo peor, son la constatación de que a veces las cosas que nos pasan irán siempre por otros derroteros a los deseados.
La entrada mil iba a ser la leche, pero es una más entre todas, es una nube entre todas las nubes, la puerta semiabierta que no se sabe si se está abriendo o cerrando, me gustaría, sin embargo, que todas fueran como ésta, algo que quema sin abrasar, algo que se enfría en el quicio de la ventana como un pastel.
No sé si importa, quizá no, ahora Ulises persigue palomas por el tejado y Penélope duerme entre las cajas de materiales que quedan de la antigua empresa. Mientras construyo estas frases siento un desasosiego difícil de explicar, porque al acabar esta entrada ya no existirá la emoción de la entrada mil, se quedará atrás, será otra de esas cosas que uno espera que lleguen y que cuando llegan uno tiene la sensación de que no la ha aprovechado al máximo. Como cuando de pequeños esperábamos que llegara nuestro cumpleaños.
Pero debo terminar, parece que la vida debería ser algo sólido y palpable como estos momentos, debería quedarse impresa, pero no, es como querer hacer un mapa de las nubes. Vivimos entre la incertidumbre y la costumbre. Hace tiempo que me debato entre ellas. Este blog, como todos los demás, no es más que pensar en voz alta, dejar pasar el tiempo, no tomar la decisión adecuada, deshacerse en palabras que sólo son palabras. La vida es mucho más, quizá por eso lo de moriría por ella, porque probablemente, entiendo que la vida fue, es y será los momentos de intimidad, de camaradería que se comparten con otro ser humano.
Y es por eso que no entiendo ni los porqués ni los cómos, es por eso que seguiré preguntándomelo hasta que obtenga una respuesta aunque sepa que no existe.
Sigo soñando con la piel de tus muslos, con el tacto inevitable de tus pies (no saben posar en las fotos), con el rayo azul, fuego fatuo, sol fugitivo, con tu voz también sueño a veces, aunque no me llamaras cuando quise tanto que me llamaras, cuando la palabra era aún una nota muerta entre silencios como pisadas de hormigas.
Sueño contigo cuando entro en facebook y no encuentro ni tu nombre ni tu cara, cuando me libro de los libros, libres como el (b)viento, cuando pienso en el personaje que de tanto gustarme un día acabé enamorándome de él de esa novela mía que de tan viva nunca se muere en un punto y final. Sueño contigo porque de alguna forma he de tenerte.
Sueño contigo, casi nadie lo sabe pero yo he pisado por esas fotos tuyas, las que haces con el móvil; he caminado y he respirado el mismo aire, quizá hayamos coincidido en un espacio al que le sobra el tiempo, he sentido la misma lluvia porque nos llovía la misma nube, cuando me dejas esos vídeos como miguitas de pan para que los siga, yo ya he estado allí.
Sueño contigo, soñaré contigo también esta noche, porque antes de irme a dormir voy a visitarte casi todas las noches, para asegurarme que al menos te soñaré desnuda sin palabras que te vistan, y que dormiré abrazado a alguna de tus frases a las que tú no das importancia y a mí me convierten en esto que soy y que no sabría muy bien cómo explicarlo. Porque de tanto pegarme a ti, soy como esas calcomanías gastadas que se van lentamente con la piel seca, como esos tatuajes de pega que una vez se vuelven grises se está pensando ya en el siguiente.
Y desde hace un tiempo a esta parte si he querido escribir y publicar y todo eso que se supone en que se basa el éxito de las letras, es tan solo para colarme entre tus libros, para poder un día meterme en tu cama, para que apagues la luz de tu mesita de noche y algo de mí sea lo último que nombres cuando cierras esos ojos, fuegos fatuos, luna fugitiva, sin nombre ni cara en facebook, mujer mojada en mi misma lluvia, no sé si al mismo tiempo pero sí en el mismo lugar en el que mientras mis ojos ya se cierran te convoco a un nuevo sueño.
Anoche el universo volvía a removerse en el murmullo de miles de millones de estrellas ardiendo en medio del frío intenso, de la inmensa soledad, de las palabras aún no inventadas, de la velocidad de los cometas, de nuestras voces perdidas en los rincones de algunas miradas... anoche el universo sonaba como una rueda de molino que gira, como una piedra girando sobre otra piedra, como mi dedo sobre su espalda, como el bum-bum de mis venas cuando pienso en ella.
Anoche la selva de mis ojos buscaba el infinito invierno de los suyos, los deseaba más que nada en el mundo; esta mañana he amanecido con los ojos irritados de tanto moverlos dentro de los párpados durante el sueño, entré donde suele habitar su voz cuando su voz no habla y me senté a contemplar algunas fotografías en donde nunca se muestra, y recorrí el tiempo pasado con el yema del dedo índice de la mano derecha, y me subí otra vez al coche que nunca salió del garaje mientras reescribía el mismo pacto y lo volvía a deshacer porque soy un hombre de excusas.
El teléfono no sonó, o se contagió del silencio del que hablaba antes, no se apagó la luz roja que lo habita... me senté en la terraza y suspiré por todo lo que he ido perdiendo durante todo este tiempo, que casi se acerca a un todo absoluto, y me encogí de hombros mientras me hablaba a mí mismo como si estuviera loco. Ulises y Penélope se tumbaron a mi vera, conscientes de que ya no somos una familia y pusieron la orejas de punta, atentos, como si al estar cerca de mí, ellos también pudieran escuchar el sonido de rueda de molino que hace el universo cuando gira sobre sí mismo en medio del frío intenso, de la soledad mal llevada, de las palabras aún no inventadas, de la velocidad de los cometas.
Oigo el murmullo del universo mientras se despereza, el crepitar de las galaxias con su nacimiento y muerte de eternidades, te llevo dentro de las venas.
El amor no es besar hasta que nos sangren los labios, el amor es algo sucio, es como un soborno continuo, cien mil ángeles cayendo sin saber el porqué. Son estas letras que interpretarás a tu modo, según tu estado de ánimo. Tal vez encuentres algo que casi te pertenezca, o pensarás que estoy como una cabra, puede que seamos la excepción que confirma tus reglas, pero mientras sólo soy capaz de pensar en la idea del silencio absoluto, que como el amor tampoco existe.
Resulta extraño que algo que no existe duela tanto, se me cierran los ojos, oigo tu calor recorriéndome las venas, soy capaz de distinguir el infinito allá a lo lejos... y siento pánico ante la idea de que algo peor pueda venir. Me miro en el espejo, no me reconozco, y sin embargo empiezo a entenderlo todo. Todo en exceso mata.
Hoy el cielo estaba casi rojo, como si de un desierto lejano hubiera llegado, en lugar de las lluvias, algo para espolvorear las terrazas y las calles.
Sigo oyendo el universo dar una vuelta sobre si mismo.
Estaba desayunando en la terraza del bar de la esquina, un café con leche y un donut; tenía que haber pedido un bocadillo pero pensé que un bocadillo tenía más miga, más grasa, más de todo, así que pedí un donut que, aunque parezca mentira tiene más calorías que un bocadillo cuatro quesos con mayonesa, atún y aceitunas (pero si es más pequeño y pesa menos!!!).
Estaba sorbiendo el penúltimo pedazo de donut que se había quedado sumergido en el café con leche cuando de entre los coches que estaban aparcados en la acera surgió la diablesa como surge del mar Venus en su nacimiento a los ojos de Boticelli, sólo que en lugar de una concha gigantesca salió del esqueleto de un dinosáurio cetáceo, fosilizado más que por acción del tiempo, por la quemazón del mal sobre sus huesos, como si un microodas de maldad hubiera acelerado la tranformación de las entrañas de aquél desconocido y gigantesco animal en eterna roca viva sin vida.
Apareció la diablesa con su melena negra azotada por la brisa infinita del tráfico rodado y me abrasaron sus ojos de coyote y perdí el alma como esos autómatatas pierden la rigidez y los movimientos en cuanto se les acaba el tiempo a la moneda de turno. Creo que sonaron cadenas chocándose entre sí, o el bufido de una manada de bisontes suspirando al unísono por las praderas que ya no han de volver a habitar. La diablesa era un punto y final que nacía de entre un Renault Clío y un Ford Kuga, llevándose consigo todas mis esperanzas de poder ser yo alguna vez.
Los desayunantes de las otras mesas, lectores de periódicos deportivos, una señora que paseaba un perro feo y con un colmillo inferior sobresaliéndole de la boca (al perro se sobreentiende... bueno, dejémoslo), la camarera malcarada y mentirosa y el ficus de plástico de la entrada levantaron sus miradas (o una Zapateril ceja). La miraron a ella y después a mí, haciendo gala de una incredulidad salvaje, un "¿qué cojones está pasando?" fiero y violento como un león antes de pasar por su circense aro.
Me derretí como un kilo de mantequilla olvidada sobre un radiador (qué olvido más tonto o qué cabrona "coincidencia") y plantándose delante de mi mesa, de mi donut, de mis dos kilos extras de este verano, de la soledad de mi corazón que hace que me pegue a la primera que pase, de este alma que se pierde como lágrimas en la lluvia, se plantó, es decir que con un gesto o chasquido de dedos (no lo recuerdo) fue y me dijo: "Nos vamos para tu casa, niño de ojos verdes"... y yo pagué la cuenta y la camarera mentirosa me dijo algo así como "vaya panoli estás hecho" con la mirada. Y yo no le dejé propina, quizá dos céntimos hubiera sido lo correcto "humillación por humillación" pensé. Y me levanté y cogí a la diablesa de la mano y le pregunté por qué temblaba y me respondió que por no sé qué excitación antes de la batalla. Así que debí habérmelo olido, sí, eso que sucedió a continuación y que en lugar de amor era apenas una delicada violencia, debí pensar que el amor es el silencio que va justo después del relámpago y antes del trueno, que el amor es algo tan sucio que se le tiene que llamar de alguna forma corta y seca "amor" para que suene como un tiro.
Subimos a mi casa, la luz mortecina del descansillo siempre me pareció una guarida de fantasmas que me espían o graban vídeos para subirlos al Youtube del más allá en donde soy poco menos que una estrella mediática aunque sólo se me vea entrando y saliendo de mi piso rumbo del ascensor, a trabajar o bajar la basura, pero es que en el más allá supongo que la vida cotdiana es lo extraordinario y yo lo más anodino del más acá.
Nos arrancamos la ropa, rompimos las costillas al somier de láminas (coño, diablesa, que ya sabes de mis dificultades financieras...) y se me incendió la sangre dentro de mis venas ante el ardor de su presencia, me contagió alguna enfermedad del odio o de la selva, algo así como la enfermedad de la endiablada locura y nos agitamos el uno al otro como si nuestros cuerpos fueran cocteleras para bebernos luego ante la atónita mirada de los espejos, cuyo azogue se fundió y dejó de reflejar nuestras imágenes como si se hubiera convertido en mera fotografía o cuadro colgado, y ahora pienso que quizá así me quedé yo después de que la diablesa se fuera sigilosamente por la mañana, como si me hubiese embalsamado el alma dentro del cuerpo, y recordé sus ojos que apenas hablaban, y que me dejé llevar y que se me durmieron las piernas como si ellas hubieran dedicido que aquello no iba con ellas.
Y aunque soy un hombre hecho y derecho y tenía trabajo por hacer, vagué toda la mañana por el piso, distrayéndome con cosas pequeñas, obviando la verdad o la certeza de lo sucedido, y me senté al ordenador y empecé a escribir esto después de haber pasado por tantos blogs y haberme arrepentido de no haber escrito aún esa novela...
... y pensé en ti, tanto que no existe ni adjetivo ni complemento de cantidad que lo abarque. Porque hay cosas de mí que todavía no comprendo y sospecho que nunca entenderé por qué durante toda mi vida siempre pensé que la mejor solución, o la más rápida, la más deseada por la voz de mi conciencia fue la de vender mi alma al diablo, o en este caso mío, a una diablesa.
La diablesa suspiró, metió el contrato de nuevo en su cartera y sonrió casi burlona; la cerró lenta y silenciosamente, quizá me lo pareció a mí pero el sonido del click del cierre sonó exageradamente fuerte y demasiado metálico incluso para un artículo del que se espera que en el precio vaya incluida una elegante discreción.
Apoyó la espalda en el respaldo de la silla, me miró fijamente a los ojos y yo le miré el escote. "Por favor..." dijo haciendo un gesto de hastío.
Mirándola uno llegaba a la conclusión de que era imposible que el diablo supiera más por viejo, quizá fuera una locura pero pensé que el diablo tenía la edad terrestre que aparentaba y que el contrato que me extendía hacía unos instantes era un mero formalismo, un artificio con el que poner en escena algo teatralmente necesario, algo así como un trámite obligatorio que venía en un pack con todo el resto: la melena negra, los ojos de selva, la inteligencia, la locura, ese escote... bueno, ya lo he dicho, la locura...
Se quedó un buen rato en silencio, me dijo que yo era más viejo que el diablo mismo y que, cuando uno llega a esos extremos es mejor plantearse qué se es, a dónde se quiere llegar y en qué estado se llegará si se llega. "No vas bien, Toni" me dijo en un tono al que creí que le seguía la frase de El Padrino "¿en qué te he ofendido para que me trates así?" pero no lo dijo, creo que en realidad se levantó y paseó cadenciosamente por la habitación soltándome un sermón acerca de la suerte que tenía y de lo mucho que mi orgullo destruía mis sueños, dijo algo acerca del destino, de que no somos eternos, de que yo aún no lo sabía pero ya me estaba arrepintiendo, se le llenó la boca de cielos de limón y nubes de arena y yo la escuchaba, como si al hacerlo expiara una culpa ancestral, algo que se me marcó al nacer en el ADN de mis venas, una canción triste y lenta, con muchos violines en los estribillos, una canción de cuna de invierno.
Salimos juntos del edificio. En cuanto cerramos la puerta del portal, éste se desvaneció lenta y pauasamente como si hubiese sido una duna azotada por un viento invencible. Sonaron nuestros pasos sobre la acera requemada por el sol, seca y alcalina, dura y porosa como la concha de un molusco gigante. Nos despedimos en la parada de metro, ella hacia su interior y yo me quedé en la parte de arriba de las escaleras, pensando en todo lo que me había pasado estos últimos años, mientras la veía desaparecer bajo el tintineante martilleo de la luz de un fluorescente a punto de fundirse.
Luego regresé a casa, conduje despacio, con los sonidos amortiguándose alrededor mío como si el campo electromagnético que envuelve mi cuerpo se hubiera vuelto más espeso, llegué a eso de la una de la madrugada, aturdido y sediento, lento como un paquidermo camino de no se sabe muy bien a dónde. La luna se encogía imperceptiblemente a través de las cortinas mientras me metía en la cama para preguntarle a la almohada en dónde estaría ella en ese mismo momento y si estaría a punto de ser feliz de nuevo, extendiendo otro contrato a otro ingenuo transeúnte, si acabaría por, en el último momento, quitárselo de las manos para decirle que no, que se había equivocado, que ese contrato no era para él sino para otra persona, y si se habría levantado de la silla y se habría dado rápidamente la vuelta ganando la calle de inmediato, atropelladamente, olvidándose de pagar la copa de vino, tratando de evitar la tentación de coger el teléfono y llamarme.
Pero el teléfono no sonó. Dormí poco, apenas descansé el rato que sí dormí, me levanté sintiéndome como si hubiera envejecido diez años en un sólo día. Me duché sin ganas envolviéndome en el aroma del suavizante que había comprado especialmente para cuando ella volviera a casa. El café me despejó o me abotorgó de lucidez, quién sabe, y me dejé llevar por la rutina como si en ella pudiera encontrar un saliente donde asirme y evitar la caída.
Fue una mañana difícil de despistes y llamadas asesinas. Me perdí entre las sombras de su orilla.
Miércoles. Estoy seguro de que si existió la creación dios empezó un miércoles. El jueves ya estaba pensando en cerrarlo y esperar a que pasaran los noventa días para que se borrara definitivamente, sin dejar rastro. Pero no lo hizo aunque sí acabara olvidando la contraseña.
Esta noche he dormido tres horas, no suelo darle demasiadas vueltas a la cabeza, lo de siempre, no voy a cansar a nadie otra vez con lo mismo, se me llenaron las manos cóncavas de recuerdos, de mi vida hecha nostalgia, de razones por las que debo seguir hacia adelante, de intentos de salir de esta camisa de fuerza. A veces no sé qué decir ni qué hacer, me pregunto y me responde el bicho. El bicho sabe de qué materia estoy hecho, el bicho grita y corre por mis venas como un dios vengativo en pos de un país de pecadores en el que dar rienda suelta a su crueldad. El bicho se escapó de la jaula pero... se está haciendo viejo al mismo tiempo que yo, ayer lo sorprendí cansado, sentado bajo una higuera.
El otro día, una persona que me conoce demasiado me dijo que yo sufría algo así como un síndrome de Diógenes de los recuerdos y me dijo que debía ser consciente de que se vive hacia el futuro, que lo que yo hago es como tratar de caminar de espaldas y que es mucho más difícil y peligroso. "Y lento" me dijo "no somos eternos, toni. Deja de mirar al pasado y echarle la culpa a la persona que fuiste y crees que sigues siendo. Todas las mañanas tienes la posibilidad de reinventarte porque uno se reinventa con un mero cambio de actitud". Yo le podría haber dicho que tiraba por la borda cien años de psicología y dos mil quinientos de filosofía, pero por primera vez pensé que quizá fuera cierto. El bicho se calmó o quizá tomó sólo un descanso para coger fuerzas.
Y recordé (no escarmiento) la vez que me dijeron que tenía ojos de bosque, y sé también que, entonces, mi vida era un mero tránsito hacia esto que empiezo a ser ahora. Porque uno se acostumbra a casi todo, hasta a perder una y otra vez se acostumbra uno. Pero ya llevo mirando hacia atrás demasiado tiempo, creyendo que si soy capaz de averiguar los porqués no ha funcionado casi nada de lo que he emprendido encontraré la clave para que todo se solucione; y sólo se soluciona mirando hacia adelante, intentándolo de nuevo. Cada vez que me ocurre algo que se parece a un hecho anterior suena la alarma, y supongo que debo confiar en mi intuición pero no dejar que me paralice.
Hace días algo cambió dentro de mí. No sabría decir qué, ni tampoco podría determinar en qué punto estoy en ese proceso desconocido. Todo lo nuevo es desconocido, quizá voy encontrando la serenidad o sólo es que el bicho está de vacaciones, el caso es que a recorro un camino extraño y solitario en el que nadie más tiene cabida. Es como si dijera "mi vida es mía" y no pudiera compartirla. A veces es sólo que sé que no debo compartir la angustia, que en ese sentido soy un lastre. ¿Cuántas relaciones o amistades destruyó el miedo o la angustia?
He tomado la decisión de que de ahora en adelante me escucharé más a mí mismo pero siempre yendo hacia adelante, que a partir de ahora la vida va a pasar a ser algo emocionante porque lo voy a vivir desde la intensidad. Y me da igual que el del banco sea un estafador, que el tiempo que pasé montado aquella empresa del agua fuera un tiempo robado, me da igual que hablen mal de mí a mis espaldas con alevosía, premeditación y ensañamiento, porque pienso amar a mi destino en lugar de soportarlo como algo irremediable (y aquí hago caso a Nietszche).
Quizá el bicho sólo necesite selva, correr a sus anchas por la espesura, sentir el frescor del rocío al atravesar la maleza, respirar el aire limpio, sentir cómo se electrizan sus músculos hasta el punto en el que sienta, de forma casi física, que un alma habita su cuerpo.
Imprimí todo el blog y lo leí durante esta últimas noches. Buscaba la voz y las ideas del personaje de la novela pero he encontrado otra cosa, algo que no quería ver, algo que no hubiera salido a buscar si hubiera sabido que lo encontraría.
Me he leído a mí mismo como, probablemente tú me has leído, casi por primera vez. Y he ido rememorando casi cada día de los últimos tres años, no sólo los hechos sino todos los pensamientos asociados a los hechos. Supongo que he ido reviviendo cosas que son difíciles de digerir porque ahora, pasado el tiempo, cuando los acontecimientos son los que son, son como yo pensaba entonces que eran y eso me indica que mi intuición no iba desencaminada.
El viernes tomé la decisión de acabar con todo ese pasado, de apostar por el presente, en realidad ya lo había hecho cerrando el blog hace dos semanas, pero otra vez mi intuición me dejó en vilo. No sabría decir el porqué. He vuelto a leer algunas entradas, hablé con una persona querida para mí, me cuesta reflexionar sobre lo que ha ocurrido, tengo que dejarme de sentir culpable por todo lo que pasa a mi alrededor.
Vuelvo a escribir. Mala señal. El bicho merodea de nuevo por el piso, vuelve y se va de nuevo, me mira y se ríe antes de irse. Sabe que en el fondo siempre seré suyo.
Mientras, sigo trabajando; power points, mails, business plan, acabo proyectos, consolido alianzas, concerto citas, busco materiales y soluciones. Sigo ilusionado porque puedo tener un proyecto grande en Brasil.
Una de las cosas de las que me he dado cuenta al leerme es todos los planes que nunca se acaban de concretar, de vivir en esta esperanza y frustración continuas. Ha llegado el momento de concretar el proyecto. Sigo sin financiación, no sé, estoy cansado de ir tan despacio cuando se necesita tanto el agua, por ejemplo en Somalia. No sé. Me gustaría no estar tan solo en este proyecto.
Ahora estoy hablando via skype con Rusia. A veces me da miedo la magnitud de todo lo que tengo entre manos, la magnitud del negocio y el tamaño del mercado, los pocos recursos que tengo y lo solo que me encuentro frente a ello. De todas formas, he peleado durante demasiado tiempo como para no seguir adelante aunque no sea solo. Todo lo he planificado para ir solo y crecer poco a poco.