domingo, 17 de abril de 2011

María


Abro la bolsa con disimulo por si me han seguido y me están observando. Está dentro de la bolsa tal y como me había prometido María. Está dentro sea lo que sea eso que brilla. Por un instante pienso si no será material radioactivo. "Te dejas influir demasiado por las noticias" me dice con sarcasmo el bicho.

Repaso mentalemnte las instrucciones, estoy seguro de que algo se me pasa, no soy demasiado bueno recordando secuencias de cosas. No tengo buena memoria, eso es todo. Me puede la ansiedad de tener que recordar, me puede este cerebro de corcho, esta caja de serrín a medio cerrar que llevo encima de los hombros.

Voy en busca del coche. Antes de acercarme a él vuelvo a mirar en todas direcciones. En las series de la televisión los polis americanos lo llaman "el perímetro", me hace gracia eso de "el perímetro". Todo despejado, eso también lo dicen. Me acerco al coche y subo, dejo la bolsa en el asiento de al lado y enciendo el motor. Salgo sin ningún problema, nadie me sigue. Cuando he recorrido un par de kilómetros me detengo al lado de una acera dejando el motor en marcha. Cojo el teléfono móvil y llamo a María. Descuelga a la tercera llamada. Está sola, me dice.

_ ¿Qué se supone que es esto que he ido a buscar? _ le pregunto.

_ ¿Has abierto la bolsa?_ pregunta

_ ¿Tú qué crees? _ le digo mirando por el retrovisor la retaguardia de "el perímetro".

_ Es un Aleph _ me dice ella.

- ¿Un Alep?

_ Se pronuncia como si tuviera una efe final_ me corrige.

_ ¿Y qué se supone que es? _ no me gusta aquello que no sé qué es. Si su respuesta no me satisface el Aleph acabará en el fondo de un barranco. No quiero problemas con la poli y si Garr y sus amigos también lo están buscando es que o debe valer mucho dinero o puede proporcionarlo.

_ Es como una especie de concentración del conocimiento humano, solo que físico.

_ ¿Cómo wikipedia? _ le digo en coña.

María se queda en silencio durante unos diez segundos en los que pienso que he dicho una estupidez de las gordas.

_ ¿Sabes que El libro de arena o La Biblioteca infinita de Borges son dos conceptos que casan totalmente con Internet? Borges fue director de la biblioteca nacional a pesar de sus problemas de vista. Su concepto de infinito aplicado al conocimiento fue un gran adelanto, pocas personas lo han sabido ver.

_ Sí, y el Gran Hermano y Facebook son dos piezas del mismmo puzzle. Teorías como esas las hay a patadas. ¿Para qué sirve el Aleph?

_ No sirve para nada y al mismo tiempo lo es todo ¿no te parece increíble? Es el infinito hecho finito. Es una paradoja y las paradojas no tienen precio porque escapan a la mente humana.

_ Bueno, están los Haikus.

_ No tiene nada que ver un Haiku con el Aleph que llevas en esa bolsa. Lo que llevas ahí es real.

Me pregunto qué hace un matón de medio pelo como yo con el conocimiento infinito metido en una bolsa de plástico sobre el asiento del copiloto de un viejo coche, parado en la calle de un suburbio de una ciudad en decadencia.

_ ¿Cómo lo conseguiste?_ le pregunto.

_ Me lo dio mi padre antes de morir.

_ Creí que tu padre vivía.

_ Mientras exista el Aleph él seguirá vivo. No espero que lo entiendas... cada avance científico, cada descubrimiento que hace la humanidad se incorpora al instante a ese punto brillante. Ahí está la información de todo, de todas las personas que han pasado por este planeta, estamos tú y yo... y está mi padre y, aunque te parezca imposible, a través de él, puedo hablar con él como si estuviera vivo. Es algo difícil de explicar.

_ Está bien_ le digo_ ¿Dónde nos encontramos? Esta mierda me está poniendo nervioso. Te lo doy y...

_ Y te irás. ¿Me dejarás sola con los hombres de Garr pisándome los talones?

_ Nunca te dejaré sola. Sabes que puedes contar conmigo, es solo que... esta vez siento como que tú no quieres seguir huyendo, que estás cansada de huir y estás cansada de mí. Tengo una sensación extraña, María. Tengo la sensación de que esta vez no voy a poder protegerte porque te muestras demasiado.

_ Como siempre tienes razón. Tú y tus intuiciones. Estoy cansada de huir de Garr, es cierto. Me gustaría que me llevaras muy lejos, donde no pudieran encontrarnos pero cuando más pasa el tiempo más me doy cuenta de que ellos están por todas partes.

_ Tenemos el Aleph, una nevera portátil y una botella de vermouth casero, nos quedan casi trescientos mil euros de los que conseguí de Carmen. Tenemos todo el mundo para escondernos. Me tienes a mí. Te tengo a ti.

_ Pasa a buscarme, tenemos que salir de esta ciudad, tarde o temprano sabrán nuestro paradero. Asegúrate de que no te siga nadie. Y no vuelvas a abrir la bolsa.

_ No le abras la puerta a nadie.

viernes, 15 de abril de 2011

El gatopardo


Hay algo peor que una mujer te diga "te quiero, pero sólo como amigo" y es que te diga "tenemos que hablar". Pero cuando te lo dicen tus gatos...

_ Tenemos que hablar _ me dice Ulises. Penélope está detrás de él, distraída. Que mis gatos me digan que tenemos que hablar no me sorprende.

_ Vosotros diréis _ les digo sentándome en el sofá. Ellos están en un lado y yo en el otro.

_ Estamos preocupados. La calidad del pienso que nos das ha bajado y ya no nos traes latas de carnecita buena para gatos. Esto no puede continuar así _ dice Ulises con porte serio.

_ Estamos en crisis, ya sabéis que me ha bajado mucho el trabajo. Es lo que tiene ser autónomo, no sales en las listas del paro pero no llegas a fin de mes.

_ A eso me refiero _ dice Ulises_ que vemos que pasas mucho tiempo en casa.

_ Bueno, mira el lado positivo, así estoy más tiempo con vosotros... y no os traigo latas para gatos, pero siempre os cae choped de pavo de las barras ahorro que compro. ¿O preferíais cuando no estaba nunca en casa? Os dejo dormir en mi habitación, compartimos el yogurt de la mañana, venís a que os acaricie cuando estoy trabajando... hombre...

_ En eso tiene razón _ dice Penélope. Ulises la mira desafiante_ Y se pasa el día trabajando_ añade Pe.

_ ¿Tú de qué lado estás?_ le pregunta Ulises. Penélope mira al suelo.

_ Eso no lo podréis negar, me paso horas y horas delante del ordenador_ les digo.

_ La mitad del tiempo en tu blog_ dice Ulises.

_ ¿Qué es un blog?_ pregunta Penélope.

_ Esa cosa que usan los que están solos para creer que les importan a alguien_ dice Ulises.

_ ¿Como un microondas?_ pregunta Penélope.

_ No, eso es donde recalientan la comida los que tienen blogs_ dice Ulises.

_ Ah, pues mira, sabelotodo, que sepas que en el blog os pongo por las nubes_ les digo.

_ Qualquiera sabe. Te libras porque no sabemos leer. Que si no ya lo hubiéramos comprobado_ dice Ulises.

_ ¿Y tenéis alguna idea para que gane más dinero para compraros latas de carne?

_ Por supuesto. Trabaja más_ me dice Ulises.

_ Oye, por cierto ¿a qué nos dedicamos? _ me pregunta Penélope.

_ Es ingeniero_ le contesta Ulises.

_ ¿Y eso qué es? _ vuelve a preguntar Penélope.

_ Es como un arquitecto pero sin dibujar casas_ responde Ulises.

_ ¿Como un arquitecto? ¿Entonces somos pobres?_ dice Penélope llevándose el reverso de la patita a la frente y entornando los ojos.

_ No del todo, estoy detrás de un proyecto que tendrá mucho éxito_ le digo.

_ ¡Somos pobres!_ dice Penélope.

_ Ya puedes coger el teléfono y empezar a arreglar todo esto. Caramba, Toni... _ dice Ulises mirándome serio.

Como si fuera tan fácil...

jueves, 14 de abril de 2011

Cambio de registro (Changing of anal exploration) (sospecho que el traductor gratuito de las páginas porno que visito no es el más adecuado)


Mallas negras apretadas, camiseta roja fosforito, infracamiseta tonificante azul sin mangas, zapatillas nike de oferta en decathlon (10 euros cada una). Móvil cargado con canciones de Extremoduro, Los Suaves, Supergrass y Los chunguitos. Auriculares con micrófono incorporado.

Efectivamente, hoy salgo a correr por el campo. Cuesta arriba como los buenos masoquistas. Nada de correr cien metros y pararme. Hoy no me para ni una tormenta de neutrones.

Eso sí, voy en coche hasta el campo, yo no salgo con estas mallas a la puerta de mi casa ni atravieso media ciudad de esta guisa. Deportista sí, pero donde no me vean con estas pintas.

Aparco el coche. Salgo. Huele a campo, a alfalfa, a hierbas de esas, a polvo de los campos. Federico García Lorca debía estar fumado para encontrar rimas en este paraje desbrozado. Al fondo veo los molinos de viento sobre la sierra de las mayolas. El viento cálido acaricia mi rostro.

Estiro los músculos. Todos no, sólo los de correr, e intento tocarme la punta de los pies con la punta de los dedos. Bueno, casi, por lo menos me toco las rodillas. Lo vuelvo a intentar, llego hasta las espinillas. Venga, Toni, que no se diga, a por los tobillos!!!

Se me escapa un pedo.

Un jubilado que pasa por allí me mira con asco, yo le sonrío y le saludo con la mano. El jubilado lleva un palo en la mano que apoya a modo de bastón. Conluyo que es un jubilado ninja en misión secreta. Se aleja de mí girándose de vez en cuando como si no se fiara de mí. Yo tampoco me fiaría de un tío vestido como yo bajándose de un coche, en medio del campo. El jubilado ninja desaparece de mi vista. ¡Hala, Toni! ¡¡a correr!!

Pongo Extremoduro a todo trapo, la canción va acorde con mi gesta, Robe dice "a dónde vas, so payaso", joder ni que me estuviera viendo...

Recorro la admirable distancia de dos kilómetros por un camino polvoriento. Extremoduro se alterna con Marea, con Los Suaves y su peligrosa María... pero se me ha colado una canción de Sergio Dalma y me desanimo. Me paro (y lloro, pobre Sergio Dalma, qué crueles son las tías con él, con lo bien que canta).

Por el camino se me acerca de frente otra corredora, por el ritmo que lleva ésta también está escuchando a Sergio Dalma. Se hace acompañar por dos perros medianos con cara de simpáticos de esos del anuncio del papel higiénico. Cuando se acerca me doy cuenta que es Ana, la administrativa de una empresa en la que trabajé hace años.

Me saluda con una sonrisa. Los perros mueven la cola. Se para y me pregunta que "si voy caminando" y le digo que "sí, voy caminando". Con el poco aliento que me queda le digo que para el verano estaré en plena forma, que ella se ve bien, le pregunto por su marido. Se pone seria, me dice que "ese cabrón ya forma parte de su pasado". Los perros dejan de mover la cola pero siguen con cara de simpáticos. ¡¡Ay, los perritos de Scotex!!

"¿Y qué? ¿sigues trabajando en "Empresas Sarnosas del Ebro"? le pregunto para cambiar de tema. "No, me despidieron hace dos años, se me ha acabado el paro esta mañana" dice ya un poco molesta. "Joder, tía, es normal que hayas engordado, si estás todo el día en casa sin hacer nada..." digo dándome cuenta de que acabo de decir algo un poquitín inconveniente.

El viento se detiene, unas nubes negras tapan el sol por sorpresa, coño, de repente empieza a hacer frío. Ana me mira como miraría la niña del exorcista a alguien a quien hubiese pillado robándole una bolsa de caramelos.

"Hitler", "Satán". "A por él" grita. Intento salir corriendo pero los perros me dan alcance y me tiran al suelo. Mirada inyectada en sangre (ellos, yo no, ¡yo mirada asustada, leñe!). A través de las finas mallas noto que uno de ellos se me sube encima para... ¡me levanto rápido como el rayo! El otro me muerde pero me suelta enseguida, empieza a gimotear y a escupir. El perro salido se le queda mirando como preguntándole que qué le pasa. El que me ha mordido se aleja sacudiendo la cabeza y empieza a echar una babilla blanca por la boca.

"¿Pero que le has hecho a mi perro?" grita Ana "¡Le has pegado la rabia!". Yo me encojo de hombros.

El otro perro me mira sin saber qué hacer. Yo le miro sin saber qué hacer. El bicho se gira y mira a su ama para ver si a ésta se le ocurre algo. Su dueña le mira, él me vuelve a mirar a mí y yo fijo los ojos en él. Empieza a caminar despacito alejándose de mí, no había visto nunca hacerse el loco a un perro, pero mira, diría que éste se lo está haciendo.

Cuando ha desaparecido miro en dirección a Ana. El que me mordió se acerca a ella lastimeramente como pidiéndole ayuda. Ana lo parta con el pie diciéndole "Aléjate de mí, asqueroso".

"Mira" pienso "como a mí en las bodas".

Ana sale corriendo y pasa por mi lado dejando al perro medio llorando. "Capullo, ésta me la pagarás" me dice sin mirarme. Desparece también. Quedamos el perro rabioso y yo solos en el camino. El animalito se me acerca con pena pero a medida que se acerca va poniendo cara de "tú eres el culpable de mi caída en desgracia".

Yo que lo veo salgo corriendo en dirección al coche, el perro sale detrás de mí. En ese momento por el móvil empieza a sonar "Tu eres el vaquilla, alegre bandoleroooo..."

Joder, Toni, ¿no querías correr?

Adelanto a Ana, le toco el hombro y le digo "tú la llevas" y me río. Si es que en el fondo soy un cachondo.

Ya veréis que risas cuando se lo cuente a mis gatos.

Tengo sueño


Cualquier cosa. Sí, lo has oído bien. Daría cualquier cosa porque esta noche durmieras conmigo.


La burbuja reina (de donde nacen todas las demás burbujas)


Quedan las cicatrices. Después de que el tiempo haya administrado su lenta medicina el corazón sigue húmedo y caliente, pertinaz como un corredor de fondo a tres kilómetros de la meta, dejando a un lado el dolor arrastrado, olvidando todo lo que no sea llegar.

Queda el silencio. El silencio es a las palabras lo que la eternidad es al tiempo, es un hueco infinito que paradójicamente, empieza y acaba siempre con un nombre de mujer a quien ya no recuerdo y a quien nunca más podré olvidar porque ya no me obedezco a mí mismo, me he convertido en una huída de presos, en un motín continuo en donde me rebelo contra las consignas gritadas un día antes, me he convertido en la arena que ciega los ojos y en la nube de polvo que ahoga. Pero me queda el silencio. El silencio lo es todo en el explendor de su nada. La nada que la siguió a ella.

Y hay días mejores que otros y días que se van por el desagüe de los días. Y hay días lentos como piedras y días que se abren como flores. Días, días en los que la echo de menos y días... en los que saldría huyendo hacia cualquier parte. Días lunes y días jueves (como hoy), días extraños, días envueltos en plástico de burbujas, días en los que iría a su lado como un fantasma a donde fuera, que me quedaría a dormir en el hueco que dejan al mundo sus pupilas cuando se cierran por la noche.

martes, 12 de abril de 2011

Miedo



Miedo a quererte.
Miedo a no quererte.

Miedo a que no me quieras.
Miedo a que me quieras demasiado.

Miedo a que tengas prisa.
Miedo que no la tengas.

Miedo a que te vayas.
Miedo a quieras que me vaya.

Miedo a que decidas que no somos el uno para el otro.
Miedo a que me dé cuenta de que no vamos a ninguna parte.

Miedo a que no estés segura.
Miedo a que estés segura del todo.

Miedo, maldito miedo.

Miedo a que me cortes las alas.
Miedo a que salgas volando.

Miedo a que conozcas a alguien más interesante que yo.
Miedo a conocer a alguien más interesante que tú.

Miedo a confiar.
Miedo a que no confíes.

Miedo que no se cura con el paso del tiempo, maldito miedo.

Miedo a tener miedo.
Miedo a no tenerlo nunca.

Saco de huesos


Me levanto por la mañana con todos los huesos rotos. Todos. Por la mitad. Partidos en dos piezas simétricas, de rotura limpia, sin polvo ni astillas, como cortados con una hoja radial, las falanges de los meñiques, los huesos del cráneo, las vértebras... las costillas.

El médico se acaricia la barbilla al contemplar las radiografías. Luego me mira y me pregunta que si he hecho algo distinto estos últimos días. Cuando las enfermeras nos dejan solos viene hacia mí, me agarra de las solapas de la bata abierta por la espalda y me eleva, cuerpo inerte, hasta que sus ojos quedan a un centímetro de los míos "¿Esto es una broma?" me pregunta. "Quieres volverme loco y no sabes cómo". Me suelta y caigo sobre la camilla y mis huesos chocan entre ellos como si estuvieran todos juntos, sin carne, en un saco de lona dejando un sonido hueco y macabro en la habitación. Me gustaría decirle algo, quejarme, pero no puedo, mi mandíbula está rota. Parpadeo, no siento dolor, unas lágrimas sin pena me salen de los ojos en un acto tan reflejo como irreflexivo. Tengo ganas de dormir, de dormir muchos días seguidos.

Me hacen más pruebas, electrocardiograma negativo. Mi corazón no late. El médico parpadea, yo le guiño un ojo húmedo y eléctrico y él de nuevo parpadea, le sonrío lánguidamente, acerca su boca a mi oído y me susurra que no es posible, luego grita y tira por el suelo las bandejas de inoxidable que contienen los instrumentos quirúrgicos, ríe y salta, se tira de los pelos, habla en un idioma que aprendió de niño, se sienta en el suelo abrazándose a sus piernas... y canta una nana en un vaivén loco de ojos desquiciados. Un fluorescente empiza a parpadear ruidosamente, el aire se vuelve más frío, en algún lugar alguien pone en marcha un hilo musical pasado de moda.

Dos meses después recibo el alta, tengo más suerte que el médico que me atendió de urgencias, a él le quedan unos cuantos años para que le vuelvan a considerar cuerdo. Los huesos han soldado bien. Todos, sin dejar huellas. Camino despacio por el jardín que hay a la entrada del hospital. Nadie ha venido a despedirse de mí. Les doy miedo, lo sé porque lo he ido viendo en sus caras durante dos meses. El corazón sigue sin latirme. Se convirtió en piedra en la explosión que me partió los huesos. Una deflagración interna, algo así como una liberación súbita y descontrolada de energía vital que sólo me dejó la apariencia de estar vivo.

Cuando llego a casa ella no está. Ya me lo imaginaba. No vino a verme al hospital. Sus cosas no están, la mitad de los muebles tampoco. Ni los gatos, ni las sartenes, ni las fotografías donde estábamos juntos. Sospecho que ella tampoco quiso llevárselas y acabaron rotas en el cubo de la basura, me pregunto si también partidas por la mitad como mis huesos. Los gorriones siguen piando en los árboles de enfrente de mi casa, oigo su jolgorio y eso me tranquiliza, no soportaría el silencio absoluto. Me siento en el sofá y está frío.

Suena el teléfono y una voz masculina pregunta por ella. Le digo que no está y el otro pregunta si soy su compañero de piso, le digo que sí y le cojo un recado que nunca llegará a su destino.

sábado, 9 de abril de 2011

Ayer


Hay días en los que te das cuenta de la deriva de tus actos, días en los que te despiertas como si hubieses estado durmiendo los últimos diez años.

Ayer fue el cumpleaños de mi padre. Cumplió setenta y siete. Me dijo que se tomaba este tiempo como algo añadido y que le gustaría, antes de morirse, saber que yo saldría adelante. Me sentí como si tuviera quince años. Esta crisis nos está jodiendo a muchos. Ayer, en un programa de televisión española 24 horas, alguien decía que había 4,5 de parados que no podían consumir pero que había 18,5 millones de gente trabajando y que éstos sí que debían consumir para tirar esto hacia adelante. Supongo que yo, como autónomo estoy entre esos 18,5 millones. Imagino que fue como el beso del príncipe a Blancanieves que la despierta. Miré a mi padre y miré hacia atrás todo lo que he hecho y lo que tengo entre manos, y creo que saldré adelante porque además, no hay nada mejor que tratar de llevar agua a quien lo necesita. Quiero decir que siempre he tenido la imagen de que un hombre solo no puede hacer nada y que hay pensamientos que limitan. Ayer miré a mi padre y pensé que qué bien de tenerlo a mi lado y lo mucho que lo echaré de menos, como supongo que tú echas de menos a quien te cantaba nanas o jugaba contigo cuando eras un proyecto de lo que eres.

Ayer me crucé con el padre de un compañero del colegio. Siempre nos saludamos, yo siempre saludo a las personas mayores que conozco, a los vecinos de mis padres, ayer me paré a hablar con él. Su hijo era como el chico más popular de esas películas americanas, era bueno en todos los deportes, era el que todas las chicas suspiraban por él, el más valiente, el macarra de buen corazón, el que crece demasiado deprisa y prueba las drogas antes que nadie, el que muere demasiado pronto y deja a unos padres preguntándose qué hicieron mal. Se tiró por un puente, un puente por el que paso tres o cuatro veces a la semana. Ayer me crucé con su padre, mi entrenador de fútbol de séptimo curso, y me preguntó que cómo me iba, si trabajaba, le dije lo que hacía y me dijo que llevaba una firma de trabajo temporal y que si necesitaba a alguien para bueno, hacer planos, proyectos, que lo llamara, y que le escribiera un mail diciéndole exactamente qué es lo que hacía. Le prometí que lo haría.

Ayer las cosas dieron un paso más para que todo se colocase en su sitio. Hablé con la cambra de comerç, llamé a un laboratorio al azar que encontré por internet y se me heló la sangre al comprobar que la persona al otro lado del aparato y yo nos conocíamos. Últimamente me pasa mucho eso de las coincidencias.

Y no, no estoy en esto para hacer dinero. Estoy en esto para ser feliz (y sí, eso incluye el dinero), porque mi padre, el padre de mi amigo, mi madre, tu madre, tú, yo... buscamos sentirnos bien, o sentir que los que queremos están a salvo (y las aseguradoras lo saben). Sí, la felicidad es lo que hacemos de ella.

Y si lees este blog y piensas, joder, cuánto se queja este tío, tienes razón. La tristeza es ese estado de ánimo que me indica que no voy por buen camino. Respeto tanto a la tristeza porque me susurra que las cosas no están bien, porque me ayuda, porque me quiere tanto que no se separa de mí, porque siempre que se va me deja mejor, porque cuando me equivoco vuelve y hablamos, porque me inspira poemas, porque me ayuda a echar de menos a quienes han sido importantes, porque se va discretamente cuando llega la alegría.

Hace un buen día, una tarde cálida y fresca al mismo tiempo, demasiado cálida para un 9 de abril, demasiado fresca para ser el primer día que me pongo manga corta.

Me quedo acabando planos, luego iré a por Danacol al súper y veré el partido con mi padre.

viernes, 8 de abril de 2011

(Paréntesis)



El tiempo se detuvo y con él la máquina de fabricar sueños.

jueves, 7 de abril de 2011

Mañana de primavera


El tiempo se detuvo lenta y silenciosamente y pareció como si se condensara en gotas como el rocío lo hace sobre la hierba. Yo había salido a la calle abrigado con una chaqueta vieja y todavía hacía el frío suficiente como para que el vaho saliera de mi boca y se perdiera de inmediato y con él el calor de mi cuerpo. Caminé deprisa hacia el ambulatorio, con la excusa de que llegaba tarde fui entrando en calor. Algunas gotas de sudor me recorrieron la espalda cuando llegué al vestíbulo del C.A.P. nord.

Me extrajeron cuatro tubos de una sangre espesa y oxidada mientras la enfermera se enfrentaba al roce fortuito de mi mano contra su muslo. No quise (o no pude) sonrojarme, noté que empezaba a hacerme falta con qué hacerlo. Alguien hablaba en otro box de si era la primera vez y una voz de niño decía que no con la cabeza, no recuerdo si tenían puesto algún tipo de hilo musical, la chica de las agujas me preguntó si estaba bien y yo le dije que sí. Y era cierto.

Después de aquello salí de nuevo a la calle, volví a casa. En veinte minutos la temperatura había subido lo suficiente como para que no reparara en ella, no sé por qué esta vez no noté el frío. Quizá es que el sol había irrumpido con fuerza. Eché de menos las horas oscuras, las cuatro y media de la mañana y su silencio, la voz que me decía que era el momento de levantarse, las manos invisibles del fantasma de mi abuela apartando de mí las pesadillas para niños, arropándome como lo hacía con mi padre cuando era el pequeño de la casa. Lo supe entonces como lo sé ahora, no se muere del todo mientras haya alguien que te recuerde o te necesite. Es curioso el amor y lo que conlleva. Es curioso que el amor sea el único vínculo que no desaparece del todo aunque no esté a quien se ame.

Luego me acordé de ella, es decir; mientras caminaba pensé en ella, en ese ella de Moriría por ella, en sus palabras y sus gestos, en su risa casi nunca abierta del todo, en su voz perdida, en su insegura seguridad de la palabra certera, en la memoria prodigiosa de sus manos sobre mi cuerpo, en la de las mías sobre toda ella y que, como en un truco de magia, desapareció al instante ante la atónita mirada de los que nos conocieron.

Luego decidí que esta tarde me haría de plomo y escribiría algo sin alma, esto que escribo, y bajé al ayuntamiento a entregar una documentación atrasada. Me perdí entre las horas y las calles, me comprometí a volver a la semana siguiente con un proyecto que debería tener casi listo y que apenas he empezado. A media mañana la velocidad de la luz atravesó mi ventana y se detuvo como lo había hecho el tiempo a primera hora.

Y algo, sin saber cómo, se estrelló como un cristal contra el suelo. No sé aún que es, no sabría decirlo con total seguridad. Sólo sé que llevo horas sin atreverme a preguntarle al polvo si existe de verdad, en algún rincón, toda esa primavera que estaba esperando y que no llega, Bandini.

miércoles, 6 de abril de 2011

El agujero en la luz que hace tu sombra


Hoy por la mañana me dió la impresión de que al cielo lo iluminaron de repente mediante un interruptor que encendió el sol como se enciende una bombilla. Hoy el cielo es limpio y al cabo de unas horas despierto me acordé de la luz que entraba por primera vez así de intensa por la ventana de mi cuarto, cuando vivía con mis padres, una luz casi tan blanca como el pelo de la barriga de Penélope, una luz descarada, fresca, que no parecía que pudiera salir de un sol amarillo-naranja.

Esta mañana todavía no habían llegado los gorriones a piar donde sea que se posan a piar por las mañanas, esos gorriones que a Ulises le provocan esas ganas de comer pájaros y que a Penélope, no sé el porqué, le hace preguntarse por qué Ulises afila sus uñas al mirar por la ventana.

El hombre del contador del gas vino a mirar los contadores justo al lado de la puerta de la oficina, creando expectación gatuna en sus pisadas, y distrayéndome para empezar a escribir esta entrada; tan destinado estaba a ello que a primera hora ya estaba preparado para soñar las cosas a conciencia y darle al día un solo motivo para que mereciera la pena, entre estos mails de trabajo y estos planos feos, estos estudios de carga de fuego insulsos... yo me voy por la ventana (los bancos lo saben y me esperan abajo) pero no toco el suelo porque salgo volando con los gorriones a pesar de Ulises, y me poso en las ramas de los árboles de donde, de pequeño, creía que crecía la felicidad hasta que me di cuenta que no, que la felicidad no crecía en ninguna parte, ni tan siquiera en días de luz blanca de sol amarillo-naranja, porque la felicidad en sí no existe.

Y hoy también, no sé el porqué me acordé de Benedetti y su bigote cano, y me acordé también de la librería Negra y Criminal de la calle de la Sal, y no sé, me acordé también de todas las cosas que no he hecho y pensé en todas aquellas que no haré este año. Y pensé también en que las cosas son como son... y en las personas que se fueron y las que se irán y entonces... entonces ha dejado de tener sentido todo, absolutamente todo y eso...

... y mientras escribo esto me llama una gran ingeniería que visité ayer para que lidere un proyecto de internacionalización de captación de proyectos... y de repente me acojono porque es algo muy grande y yo me siento muy pequeño y al mismo tiempo no sé qué hacer porque también tengo el compromiso de otra ingeniería también muy grande para empezar a hacer proyectos de agua en África... y yo... yo sólo soy un ingeniero técnico en una buhardilla que tiene dos gatos e infinitas deudas... a veces pienso que me meto en demasiadas cosas o demasiado grandes y que yo lo que necesito es tener tiempo y tranquilidad para escribir...


... en algún rincón de mi corazón conviven la esperanza de que el agua llegue a quien lo necesita y la necesidad de poder dormir tranquilo por las noches... y aunque sé que es demasiado pedirle a un hombre, también querer y que me quieran.

viernes, 1 de abril de 2011

Podríamos...

Me pongo las gafas, esas que no necesito pero que me disimulan (poco) las bolsas de los ojos. Duermo mal de nuevo, esta vez sin motivo aparente. Simplemente duermo mal, me despierto a las cuatro y no puedo volver a dormir. No sé, creo que algo dentro de mí se ha roto definitivamente; algo que estaba tenso ha cedido, lo noto. No es que me importe demasiado. Hace un buen día y he salido a buscar un material, los campos están empezando a verdear, el aire parece fresco y limpio, mi cuerpo duerme bajo la ropa hasta que se despierte de su hibernación, mis gatos maúllan porque quieren salir a la terraza y deambular por los tejados.

Supongo que hoy es el primer viernes de primavera de verdad y que las cosas son como son, y yo soy como soy.

Y sin embargo, por primera vez en mucho tiempo tengo ganas de... soñar con las manos sueños de piel.