Llevo varios días dándole vueltas a la novela. La estructura... el tiempo que le dedico... lo de entregarla antes de marzo, ... lo de que nadie cree que pueda acabarla en ese espacio de tiempo, lo de que nadie crea en mí y me lo digan y también me digan que yo tampoco creo en mí.
Me pregunto qué soy y si me pasa algo, si son percepciones de los demás o si todo el mundo sabe qué es lo mejor para mí, cuál es mi talento y qué debería hacer para salir de esto.
¿Cuál es mi talento? ¿Mi talento es escribir? ¿Mi talento es crear tecnología del agua?
Yo lo sé. Lo sé pero no lo voy a decir. Estoy seguro de qué voy a ser. Lo juro. Quizá me distrae algo que yo también sólo sé. Está bien.
A quienes no creen e mí no puedo hacerles cambiar de idea. Todo tiene su tiempo, todo tiene su recorrido. Sé que no voy a poder hacer feliz a todo el mundo.
A veces me miro y pienso que soy lo mejor que podía haber sido, y que todo lo que me ha pasado acaba en el mismo sitio, que todo tiene un porqué.
Escribo todos los días, tengo la historia acabada, me cuesta llegar a fin de mes, tengo ganas de estar con amigos, siento dolor por la forma en la que sucedió todo, no soporto la vida sino está llena de historias...
Solía pensar que yo era una botella hueca y que en ese hueco estaba mi alma, como si el alma fuera algo así como el aire que contenía.
De unos meses hacia aquí me fui dando cuenta de que en realidad yo era compacto y que mi alma se limitaba a ocupar los espacios de las grietas por las que me estoy desmoronando, aquejado de una aluminosis del ser.
Pero no. No hay alma. El hueco sólo lo ocupa el aire, un aire que trae humedad a esto que soy. Hace tiempo que mi alma se fue de mi cuerpo y, si he de ser sincero, me gustaría no echarla de menos pero lo hago.
Hay cosas que no entiendo. Muchas cosas que no entiendo. Me gustaría entender cómo suceden las cosas.
Voy a confesar algo: Tengo miedo. Miedo y frío. Es muy mala combinación. Si tuviera miedo y no sintiera ese frío no tendría tanto miedo. No sé si me explico. No, probablemente no lo haga.
Tengo miedo porque hay traiciones que duelen tan adentro... No me importa que no me quieran, lo que verdaderamente me importa es no saber vivir esta vida desalmada, este atar mi vida a la nada, sentir que ese hueco que se llenaba no valía nada.
No fue justo pero ¿qué lo es? ni lento ¿cómo se mide el tiempo? Las cosas suceden como nubes que pasan por un cielo que anochece. Siempre lo supe. Siempre supe que esto no iba conmigo.
Siempre lo supe. Desde que era niño. Siempre supe que era distinto, no mejor que los demás sino peor, distinto, con una merma que no era física sino de algo más adentro, como si me faltara una capa interna de piel, como si se me hubiera estropeado el traductor simultáneo con el que podía interpretar cómo me hablaba el mundo.
Y así he viajado todos estos años, tratando de leer los labios del mundo, intentando una y otra vez hacerme con la fórmula mágica que transforme lo que realmente pasa en lo que yo entiendo. No he sabido.
Me bajaría aquí pero no sé hacer otra cosa a estas alturas de mi vida que seguir andando, para mí, el sentido de la vida es la inercia, la inercia lo es todo, es lo que me ayuda siempre a empezar de cero. De nuevo.
De nuevo.
Espero que todo se detenga pronto. Y no es que todo lo haga mal, es que por muy bien que yo crea que lo hago, siempre el resultado es algo distinto al previsto.
Y estoy cansado.
Y sigo mirando a lo lejos sin esperar a la primavera... esta vez sin esperar a la primavera.
Tus palabras son como el hielo dentro de mi cabeza, van congelándome poco a poco el cerebro, quizá tenga algo que ver el que mi corazón haya dejado de latir hace unos minutos. No quiero que tú seas lo último en que piense, no cuando he visto y he sentido tanta belleza, no cuando conocí gente que me quiso y a quien quise, no cuando todas las palabras fueron mi vida toda, no voy a dejar que mi epitafio sea tu desdén y tu risa.
Si la muerte es esto, deberíamos morir más veces a lo largo de la vida. Es como dormirse muy profundamente, es como bajar las persianas y echarse a dormir y recordar lo bueno que nos ha pasado durante el día, en si hemos cerrado el gas o la luz de la cocina, pero como desde hace tantos y tantos meses siempre acabo pensando en ti antes de dormirme y como desde hace el mismo tiempo estás ahí cuando despierto, esperándome para decirme la clase de hombre que soy, la clase de hombre que no quieres en tu vida. Me quedo con la muerte si tú desapareces para siempre, aunque la muerte sea este frío intenso, este no haber pagado las facturas de la luz y no poder encender la estufa eléctrica.
Lo que peor llevo es no poder odiarte, es decirte que te odio porque no puedo dejar de quererte. Lo que peor llevo es esta sensación de que me querías y de que lo jodí todo. Es vivir con la conciencia sucia a pesar de que tú empezaste con otro enseguida y yo sigo no pudiendo mirar a nadie más.
Quizá la muerte sería lo mejor si tus palabras no estuvieran aquí conmigo, si detrás de esa losa de hielo no hubiese después la posibilidad de cambiarlo todo, de que tú no salieras en el documental de mi vida, si los recuerdos se convirtieran, selectivamente, en agua al aplicarles fuego, y el agua se evaporara.
Dicen que al diablo se le reconoce por tres rasgos característicos:
- Es muy inteligente
- Tiene los ojos saltones
- Y es tremendamente divertido.
Así que cuando apareció vestida tan elegante y me propuso ir al bar del hotel S. yo me miré un instante en el espejo retrovisor de mi coche y pensé....
"Sé lo que estás pensando" me dijo. La miré sin saber muy bien qué decir. "Estás pensando qué hace una mujer como yo saliendo a cenar con alguien como tú". "No" mentí "lo sé perfectamente, he hecho un pacto con el diablo esta tarde, un pacto en el que tú estás incluída". Ella sonrió, entonces no supe el porqué.
"Cuidado con lo que dices" dijo subiéndose al coche "el diablo podría estar escuchándote y no creo que le hiciera gracia que pusieras en boca de él palabras que nunca dijo".
"El diablo y yo somos amigos" le dije.
"¿Ves? En eso sí que te creo" dijo mesándose su melena negra y mirándome desde la profunidad de sus ojos vivos y verdosos.
Aparcamos en un parking cercano, cuando entramos al hotel se hizo el silencio. El bar estaba casi desierto, el camarero la miró a ella con interés y a mí con indiferencia y siguió secando un vaso. Qué típico, pensé. Nos sentamos en la barra, una de esas que recuerdan a tantas y tantas películas americanas, a ambigús de grandes hoteles, a oscuros rincones desde los que, en cualquier momento, debería empezar a sonar un piano que, anoche, debía estar durmiendo en algún sótano polvoriento. Música Chill Out. No me gusta la música chill out en los hoteles. Me pone nervioso que la dirección quiera que me relaje.
Bebimos. Un cócktel cuya fórmula ella susurró al oído del camarero y éste sonrió al escucharlo. Sabía a como debe saber la fuente de la eterna juventud si la juventud fuese, en realidad, un veneno mortal. Delicioso. Pasó la lengua por sus labios. Hablamos de cine y de libros, de fotografía y de libros, de ir a cenar a la otra parte de la ciudad y de seguir hablando de libros. "¿Eres editora?" le pregunté. "Algo así. Redacto contratos" dijo apurando su copa de aquel néctar de ámbar y cieno.
Recorrimos la ciudad en mi coche, Murakami viajaba en el asiento de atrás entre nuestras chaquetas. Cenamos en chez Paradiso, nos gustaron más las flores y el suelo de madera que la comida. Luego, la invité a la última copa y fuimos al Agata, dos calles más abajo. Era divertida, yo era divertido... me dijo que si no fuera porque mis ojos no son saltones diría que podría ser perfectamente el diablo. Yo le dije que si supiera hablar más de seis idiomas yo sí estaría seguro de que ella era el diablo. E interpretó para mí, delante de una caipirinha, versos escritos en tantas lenguas que perdí la cuenta. Luego imitó a políticos y a escritores, a cantantes, a actores... Se me fue helando la sangre. Me recitó de memoria tres capítulos de una novela inédita, recorrió con su dedo mi columna vertebral a pesar de tenerla delante de mí y sonrió. Sonrió como si pudiera hacerme desaparecer con un chasquido de dedos.
Luego todo fue confusión. Creí nadar en una espesa niebla de conciencia donde flotaba en un mar de preguntas. Y ella me miraba de nuevo desde la profundiad insondable de un alma acostumbrada a tener todo lo que desea y esa mirada dolía como si fuese lava ardiendo. Acabé mareado, la acompañé hasta el lugar donde aparecía y desaparecía. Entonces me dí cuenta que nunca la había esperado en la puerta de su casa, llegaba a un punto elegido por ella y la dejaba en ese mismo punto desde donde ella volvía a donde fuera que viviese.
Demasiadas coincidencias o demasiados interrogantes, me dije. Mientras volvía a casa por la autopista me llamó por teléfono. Descolgué.
"Lo he pasado endiabladamente bien esta noche." dijo. Y se rió, divertida y serena, con la seguridad de los que tienen la certeza de que van un paso por delante de los demás.
Pocos lo saben. Hace años, y durante seis meses, entrené para ser boxeador.
Al dueño del gimnasio al que yo iba lo visitó un antiguo amigo, un muchacho con la nariz rota y cara de pocos amigos. El dueño del gimnasio lo llamaba Carlos "cara de piedra" Martínez y era un tipo tan básico que tenía que acabar todas sus frases con un latigillo "¿no?" para sentirse seguro de que le estaban escuchando.
Desde aquél día todos los chicos del gimnasio empezamos a entrenar bajo las órdenes de cara de piedra. Es por eso que sé saltar a la comba y huyo de las peleas. El entrenamiento de un boxeador es más complejo de lo que parece. Los músculos del tronco y las piernas son casi más vitales que los de los brazos, la rapidez de movimientos mucho más apreciada que la fuerza bruta, la astucia mucho más valorada que la velocidad de manos.
De aquella época me quedé con un físico proporcionado, aún cuando engordo mantengo un tipo masculino y mi metabolismo es capaz de acelerarse para adelgazar a voluntad (aunque mi voluntad es libre... com el sol cuando me amanece yo soy libre, como el m...).
Lo dejé. En realidad lo fuimos dejando todos poco a poco. Cara de piedra nos fue poniendo motes y tras los motes descubrimos nuestras debilidades. El mío era "cara bonita" y me decía que todos mis contrincantes irían a por mi cara. "A los boxeadores no nos gustan los guapitos", me decía. Y creo que era cierto. Me extrañó, yo nunca me he considerado guapo, ni mis parejas tampoco.
Lo dejé el día en el que me pusieron a entrenar con uno de los nuevos y le dí demasiado fuerte, demasiado rápido... era felillo y algo dentro de mí me dijo que era una pelea entre los guapitos y los feos y que le iba a dar porque podía hacerlo (novato de pacotilla) y por todos los que teníamos que cubrirnos en exceso la cara.
No sangró. Me miró desde el suelo preguntándome por qué le había dado tan fuerte. Yo no supe qué decir, la sala se quedó en silencio y todos mirándome. Le dije que lo sentía. Cara de piedra sonreía y en seguida supe que sabía lo que había sucedido.
Le ayudé a levantarse y le pedí perdón. Dejé que me pegara un poco pero nunca en la cara.
Un día de marzo, hace ya algunos años, el amor y la muerte estaban sentados en las escaleras de delante del MNAC, en Montjuïc. Miraban hacia la ciudad en silencio, ninguno de los dos se atrevía a decir nada al otro.
"Si me quisieras..." dijo el amor por fin. "Sí" dijo la muerte, "si te quisiera en ese mismo instante dejaría de quererte, nuestro amor moriría".
"Aun así... ¿sabes? valdría la pena".
Siguieron mirando la ciudad en silencio, sentados el uno al lado del otro. Sin atreverse a verse a mirarse a los ojos.
Al cabo de un buen rato, el amor dijo "me voy". "Yo me quedo un rato más" dijo la muerte. Se dieron dos besos de despedida.
Anoche desaté el hilo que unía la luna a la barandilla de tu balcón. Pensé que la luna se escaparía enseguida, como un pez que una vez se le ha quitado el anzuelo y devuelto al agua desaparece de un coletazo en un abrir y cerrar de ojos. Pero la luna siguió allí, con el fino hilo colgando sobre el mar, lejos del Guinardó, donde ni tan sólo sé si sigues viviendo.
Al mismo tiempo que desanudé el nudo de la luna, desnudé mi alma de tu presencia. Me dije mirándome a los ojos que volvía a ser, de nuevo, un nómada y volví a las manos en los bolsillos y a la cabizbaja cabeza. Y volví a caminar sin rumbo y a no tener esperanzas.
Me duró poco, la luna me llamó y me dijo que subiera. Y subí rápido, de algo debían de servirme todos estos pájaros que tengo en la cabeza. Me senté en la roca lunar desde donde veía tu balcón, unos selenitas ociosos jugaban al voleibol a cámara lenta con la escafandra de un astronauta de novela de Julio Verne. Uno se me acercó en silencio y se sentó a mi lado. Me puso la mano en el hombro y movió la cabeza como queriendo decir que no tenía remedio.
Luego, la luna empezó a moverse; lentamente, como un buque que suelta amarras, y se oyó un quejido como de armazón metálico que se comprime y luego se despereza. Una brisa imperceptible empezó a movernos los cabellos (también de forma imperceptible) y la Tierra empezó a moverse delante de nuestros ojos como si empezara a rotar de nuevo.
Quizá por eso hoy estoy así: lunático y resabiado, emprendiendo un nuevo viaje montado en un asteroide rodeado de ociosos selenitas come-cacahuetes, tratando de que esta vez la luna (mi luna) encuentre un planeta al que orbitar sin que tú vivas en él.
Tengo la sensación de que me he rendido.
Curiosamente, creo que esta rendición era necesaria para empezar de nuevo a buscarte.
Gracias L. por la fotografía... Parace que los otros patitos le digan ¿pero dónde vas tarado? menos el que está más al borde que parece pensar ups! me parece que lo he empujado yo.
Y a cada paso que doy sé que sólo tengo una dirección. Y me siento agradecido por todos los pasos que he ido haciendo en mi vida hasta llegar a este punto.
Y sé que a veces el azar pudo parecer el agente integrador pero... de nada serviría si no hubiera apostado por mi visión de las cosas, si no tuviera un sueño y ese sueño no tuviera algo que ver con mi capacidad para ver más allá.
Hoy he hecho balance de todo lo que me ha pasado en los últimos años y en cómo he reaccionado a todo ello y creo que he hecho lo correcto, he generado oportunidades, he condicionado mi destino.
A día de hoy realizo ofertas cuyas comisiones supondrían la cancelación total de los préstamos que me agobian. ¿Lo he generado yo? En gran parte sí pues fui yo quien creó el grupo que hoy somos, busqué a quienes debían integrarlo.
Podría haberme buscado un trabajo pero quise crear mi trabajo.
Y ahí están las consecuencias.
Cuando tengas un problema no hagas caso a los que te dicen que debes conformarte con lo que el mundo ofrece. Pregúntate qué es lo que tú puedes hacer con lo que sabes y eres y el mundo será tu gran oportunidad.
Mi reto: que el agua potable llegue a quien lo necesite. Tenía 16 años cuando lo decidí. Desde entonces he cometido muchas equivocaciones y algunos aciertos.
Hace unos meses me parecía imposible salir de donde estaba. No creo que el tiempo ponga a cada uno en su sitio, no creo en ninguna justicia divina. Creo en el trabajo y en el ser fiel a lo que deseas.
- Fórmate en lo que te atrae. Si vas a trabajar, trabaja en lo que te interesa. - Rodéate de personas afines y con los que te una la misma visión. Ya que tienes que relacionarte laboralmente, trata de elegir el equipo que deseas. - Nunca sabrás si te va a ir bien o mal, pero lo importante es que dar lo mejor de ti mismo no suponga un esfuerzo titánico y en contra de tus principios.
Y estoy aquí. Hay quien piensa que caerse al agua es morir ahogado y hay quien piensa que es el primer paso para aprender a nadar.
Hace días que tu recuerdo me agota, que sigo dándole vueltas al porqué y el cómo sin encontrarlos. Creo que los huesos me los partió la incertidumbre y no la hostia de que no te quedaras conmigo, de que creyeras que el tren era ese otro y tu camino esa otra vía. Sé que ha pasado el tiempo. El tiempo ha sido tu aliado y mi enemigo, porque dejaste rastros que yo pudiera seguir, porque el destino es jodidamente juguetón y esta mañana estuve en la fábrica donde trabaja tu tren y me recordó a los obreros de Metrópolis, cabizbajos y lentos, desanimados, con los vientres hinchados de café de máquina expendedora, con sus uniformes descuidados, su importancia y prepotencia de ser esclavos de un amo con nombre de piedra.
Y entonces me he vuelto triste, de una tristeza infinita que me empapa desde las ocho de la mañana, no porque entienda que ya no volveremos a vernos sino porque nunca entendí que me cambiaras por una de esas almas de bocadillo de mortadela y botijo los veranos. Y me he sentido triste porque siempre pensé que merecías lo mejor ¿sabes? hasta a veces pensaba que yo era poco para ti, y hoy, hoy me he dado de bruces contra tus argumentos cuando me dejaste. Y es que ayer me di cuenta de que ese alma de barro se me coló en mi facebook para controlarme y al no encontrar nada te metió aquello en la cabeza de que yo seguía con lo de "soltero" en mi perfil.
Me sentí muy culpable durante mucho tiempo, pensando en que era yo quien la había cagado, pero sé que la cagamos los dos, que yo te quería porque era imposible no quererte y tú me querías porque hice lo imposible para ello.
Ahora eso poco importa, tú ya te has acostumbrado a no querer estar sola, yo me he vuelto un hombre triste que remonta. Sigo pensando que no me arrepiento de nada porque hubieron demasiados intereses en contra de mí. No sé el porqué les hiciste caso. No sé si importa si te digo que me daba igual que fueras mi pareja, lo que me importaba era estar contigo, no sé, joder, te quería.
Ya he dicho que eso ya no importa. No creo que me leas, de hecho voy a publicar esto y estoy seguro de que ya estás cansada de entrar en el blog y de leer mis altos y bajos, de siempre lo mismo.
Bueno, ahora llego a fin de mes, eso ha cambiado, y escribo todos los días y te echo de menos todos los días que escribo y ocho meses después sigo pensando que tal vez me pudo la prepotencia de creer que me querías, que como yo, pensabas que nunca antes habías encontrado a alguien con el que te entendieras tan rápido. Pero me equivoqué, me pudo la ingenuidad y a otros les sobraron artimañas.
Espero que te acabe yendo bien, que te acuerdes vagamente de mí, que tarde o temprano te des cuenta que yo valía mucho más de lo que entendiste.
Yo, por mi parte, sigo a base de dieta de pegamento y sigo queriéndote como un imbécil, optimista hasta que el destino me pone en medio la oportunidad de una depuradora donde trabaja el traidor, me gustaría que vieras la podredumbre con la que se mueven en su tarea alli dentro, el caso es que me miro en el espejo, en lo que soy y en lo que he sido y no me lo explico, te lo juro.
Estoy alargando demasiado esto porque sé que los textos largos son más difíciles de leer y así, si por casualidad entras, se te quiten las ganas. Imagino que ya te dará todo igual. A mí no. No consigo quitarme de la cabeza que lo jodieras todo y me echaras la culpa.
Pero sé que sólo divago y me erosiono contra una pared de piedra, como el nombre de la fábrica donde laburan los hombres de barro, en sus tronos de culo, con sus vientres inflados y espaldas curvas, con la mirada perdida de sus ojos de loco, deambulando alucinados por los pasillos de un centro de día, de un psiquiátrico en el que de alguna forma te siento presa.
Y sé que es una entrada abusurda pero hoy me pesa el alma como si la hubiesen arrojado al río con los pies en un bloque de cemento-de-promesas-rotas, debe ser por eso que me ahoga esta locura de tristeza, y es que esta es, probablemente, la última oportunidad que tenemos... esta noche, a lo más tardar la que viene, desharé el nudo que une tu balcón a la luna y liberaré de sueños tu sueño y recorreré tu piel en un viaje de no retorno; me siento como un traidor a su patria teniendo que salir huyendo. Porque no te equivoques, yo tuve que huír hacia la muerte para no morirme de frío.
Y no sé qué pensarás, alargo esto demasiado para que no tengas que leerme y pensar, ya ves, acabo pensando en lo mejor para ti. Lo mejor es que no leas esto, que nadie lea esto.
Ha caído la tarde, hoy no he ido a comer para acabar cosas. Me he planteado vender una depuradora a un país que lo necesite, antes de que acabe el mes. Y sé que eso te importa poco, que ya nada de lo que me llena por dentro debería importarte. No sé, me siento como un juguete roto en el baúl de los trastos viejos a la espera de que lo lleven a Juguetes sin fronteras y haga feliz a alguien que con sonrisa, manos, pies, barriguita de niño.
Se me va a hacer un nudo en la garganta cuando deshaga el nudo desnudo del hilo lunático.
Un día, aprenderé a ser invisible y caminaré desnudo por las calles, aprenderé a soñar despierto, a no renunciar a quimeras por lo que pueda pensar o decir la gente. Un día seré libre y no me quedará ningún lugar donde esconderme de mí mismo, no tendré la necesidad de suplantarme por ese otro que quisiera ser. Un día de éstos me sorprenderá la verdad al levantarme por la mañana y ya nunca podré renunciar a ella, abandonaré las obligaciones y los tratos, saldré a la calle con las manos en los bolsillos a vagabundear las aceras, a mirar a los ojos a los otros transeúntes e iré a decirle todas esas cosas que quisiera que ella supiera.
Quisiera decirle que la luna hace tiempo que sólo orbita su casa, que hace tiempo que abandonó la tarea de rodear la tierra, porque hicimos un pacto en el que un hilo invisible la ataría a la barandilla del balcón de su casa, un pacto con mis deberes y obligaciones en blanco, a su voluntad lunática y caprichosa. Quisiera decirle que subo todas las noches, me siento en una roca y la espío desde allí con alevosía y premeditación, con esa extraña vocación que une sentimientos irreconciliables. Que a veces, se me sientan al lado selenitas ociosos que me hacen compañía y miran en la misma dirección esperando ver aquello que, pobres, sólo yo veo, y que cuando ella sale al balcón vitorean como unos hinchas de fútbol a su equipo soñado. Cuando hacen eso los ahuyento y salen corriendo a esconderse. Luego, poco a poco, van saliendo de sus escondrijos, regresan a mi lado y vuelven a mirar lo que para ellos es un punto en el infinito hasta que se aburren y acaban tomándome por imposible. Algunos días, les llevo cacahuetes y nos los comemos juntos, encima de la única roca erosionada de la luna, con las piernas colgando. Creo que formamos una estampa un tanto desconcertante para los telescopios que se empeñan en observar la luna. Los astrónomos intentan encontrar una explicación a que ésta ya no de vueltas alrededor de la tierra y gire sólo alrededor de su casa, sin conseguirlo. En ocasiones, me los encuentro por la calle y me saludan sin recordar muy bien dónde me han visto antes. Se quedan pensativos un rato, luego, el que recuerda trata de olvidar que existo.
Algunas veces me deslizo, por el hilo invisible que sujeta a la luna como si fuese un globo, y bajo a desenredarlo de las torres de la catedral y confieso que en las noches de verano en las que deja la ventana abierta, en lugar de subirme de nuevo, he seguido bajando y he entrado a su cuarto y he dormido junto a ella enredado en su pelo o a los pies de su cama, en los pliegues de las sábanas, en el hueco que inventa su brazo debajo de la almohada, me he columpiado en la gota de sudor que no se atreve a abandonar el pliegue de sus senos y he sido la brisa que le arrancaba un escalofrío. A veces se despierta, me mira y sonríe, me coge la mano pensando que soy otro soñador con el que coincide en su deambular por las profundidades del submundo a donde vamos cuando nos creemos dormidos. Ella me mira con los párpados hinchados, sonríe y regresa de nuevo a desde donde quiera que viniese sin que yo pueda seguirla.
Si le contara el secreto de mis noches sabría por qué estoy allí tan pronto cuando me necesita, por qué aquella noche llegué antes que el viento que abrió su ventana, por qué todo incendio no es más que en simulacro, por qué me dice siempre que sólo yo la entiendo. Sabría el motivo de mis ojeras, de esas heridas en mis manos que son de descolgarme por la ventana de su cuarto cuando llega el día, sabría por qué el cuadro que siempre está torcido regresa de la noche recto, por qué hay jazmines siempre frescos en la mesita de noche, por qué saben a sal sus labios por la mañana cuando despierta. Sabría que la sigo hasta la ducha sin tener que evitar a los espejos (hice un trato con el azogue de éstos, por el cual ya no me reflejo en ellos) y me deslizo por el desagüe después de recorrerla, empapado de ella, laberinto abajo, en un viaje que acaba en la soledad del náufrago en el mar, sin tabla, sin naufragio y sin la esperanza de poder volver atrás.
Si lo supiera subiríamos en bicicleta por las montañas hasta llegar a la luna y nos sentaríamos en una roca a ver su casa vacía. Ella me hablaría de sus cosas y yo le hablaría de la luna y me iría muriendo un poquito a cada confidencia hasta volverme invisible y bajaríamos en las bicicletas sobre un hilo de hielo hasta su casa y allí me convertiría en humo de sueños para que ella pensara que todo había sido imaginación suya. Y volvería a la luna día tras día, a ver su casa vacía rodeado de mi corte de selenitas ociosos que me preguntarían dónde está ella y yo les diría que vive en otro lugar con otro que no soy yo y ellos se reirían de mí sin que yo tuviera ánimo para ahuyentarlos, sólo castigarlos sin cacahuetes.
A veces, mi alma se deshace, pierde solidez, se desmigaja, y regreso de los lugares queridos herido de muerte y calma, se me llenan los cauces de aguas dañinas, me quedo desnudo frente a un espejo que ya no refleja nada. Entonces decido abandonar la noche y la luna y vuelvo a retomar la piedra y el hierro al que me acostumbraron otras vidas, no la mía, y me visto para la guerra, dejo de mirar de frente, me saco las manos de los bolsillos, dejo de soñar quimeras y vuelvo a ser sólo un hombre mirando a su ventana.
Si algo le pido a la vida es que me conceda la capacidad de apasionarme, de estar deseando que amanezca para que empiece mi tarea. Si algo le pido a la vida es encontrarle sentido a mi trabajo, que no me venza el desaliento, que me dé la oportunidad de buscar y crear las circunstancias.
La semana pasada estuve en la bodega donde se fabrican las cervezas Maüser. No sé si conté que tras visitarlos en la fira del cava de Sant Sadurní, y casualmente, entraron en mi blog y Albert me escribió. Todavía no sé a ciencia cierta qué me hizo acercarme a su stand, en cualquier caso, lo hice y bueno, supongo que el azar tendrá sus razones.
Pasión. Cuando Albert me habló del proyecto que les llevó a crear una bodega de vinos muy diferentes (uno envejecido en ánfora y otro, un vino blanco de uva negra) lo hizo con el brillo en los ojos del que está haciendo lo que le gusta, me juego lo que queráis a que está deseando levantarse por las mañanas para ir a la bodega. Él y su socia Silvia me lo transmitieron con sus palabras pero sobre todo con la mirada.
La pasión debe ser algo de locos. Pero creo que lo que es de locos es no sentir pasión por lo que se hace. Todos tenemos algo por lo que sentirnos así.
La pasión requiere de una fe inquebrantable en lo que uno cree y estar dispuesto a pasar momentos de duda, es darse cuenta de que a veces las cosas tardan su tiempo. Todo llega.
Llegará.
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