viernes, 23 de octubre de 2009

Impulso eléctrico (triste y pasajero)

A veces siento la extrema necesidad de ser el de antes (sin saber muy bien quién era el de antes y quién soy ahora). Imagino que echo de menos este blog y a quien lo escribía, como si ahora viviera del rendimiento de aquellas palabras, como aquél que ha escrito lo mejor que ha podido y sabe que nunca podrá escribir nada que se le iguale.

A veces siento que mi alma vive dentro de un líquido pegajoso y que me supura como la resina del tronco de los pinos que hay entre la casa de mis padres y la de mi hermana. Y no sé ponerle palabras, es como si me estuviese prohibida la melancolía, como si al final, la medicina fuese como esas pastillas que impiden que llores a cambio de que no sientas nada de nada. A veces me siento como un mosquito encerrado en ámbar. A veces pienso que el sentido de las cosas no encuentra una explicación en esto a lo que me voy acostumbrando.

Y sigo leyendo en los muros de vuestras páginas y sigo volcado en un recuerdo inmediato e incluso en ocasiones, me pregunto si no seré un adicto al pasado, que en realidad estoy enganchado a deshilachar recuerdos, y en caso de no tenerlos, crearlos.

Y entro a hurtadillas y me enamoro de frases, frases que pasan a ser en ese mismo instante mías del todo, y miro por la ventana y me pregunto el porqué de esta insana sensación de estar siempre incompleto.

A veces echo de menos al náufrago habitante que lanzaba botellas al cielo desde mí. Y a veces, cuando estoy solo y a oscuras, cuando mis dedos buscan y encuentran el lomo duro y suave del teclado, vuelvo a respirar y a sentir, vuelvo a ser yo.

jueves, 15 de octubre de 2009

Como hace seis o siete años

He cambiado de compañía telefónica. Me han desconectado y la nueva compañía, hasta que me llegue el router ADSL me ofrece conexión gratis hasta ese momento. ¿Cómo? con el módem interno del portátil, es decir a 56 k de rapidez. Un caracol artrítico va cien mil veces más ràpido.

Así que me he visto obligado a vivir como antes de la aparición del ADSL, es decir, con tranquilidad y paciencia. Aunque parezca una estupidez, tan sutil modificación en mi vida diaria ha desembocado en una cierta activación de mi persona. Ahora yo voy más ràpido, tengo más ganas de hacer cosas. Hace días que me conecto mucho menos pero esto ha colmado el vaso.

El doctor Medrer (alias doctor Mabuse) que me trata de mi adicción a internet, a las relaciones virutales, a los diarios digitales, a las musarañas cibernéticas y demás pobladores de la red, dice que voy por buen camino. Hoy le he pinchado las cuatro ruedas de su flamante Mercedes porque las dos horas que me da para conectarme se han reducido a una. Le he pedido de rodillas que entendiera que son 56 k de mierda. "Te basta y te sobra para responder a los emails del trabajo" ha dicho. Pobre inconsciente, mi venganza irá mucho más allá de esos insignificantes donuts de caucho vacíos bajo su coche. Mi venganza será el tiempo, y el tiempo es un inmisericorde aliado de los que no tienen nada que perder.

Perder. Extraño verbo. Si yo pierdo, otro gana. No se puede perder sin que nadie gane. Por tanto, todo es movimiento y perder o ganar sólo extremos de una gigantesca e invisible balanza en la que pesan tanto nuestras virtudes personales como el lastre de miles de antepasados y su visión del mundo que les rodeaba y que hemos heredado.

Hoy no hay foto, ni canción, sólo las palabras blancas sobre el fondo negro. Como yo, mis palabras son lo único que destacan sobre lo oscuro, muy oscuro, casi negro de mi corazón.

Sé que debo explicaciones y que nadie entiende nada. "Pero sigues escribiendo en el blog". ¿Qué puedo decir? ¿Que cuando más cerca estoy del infierno mejor me siento? Porque es así. Cuanto más abajo estoy, más me siento yo mismo, cuanto más arriba estoy, más me cuesta saber de qué material estoy hecho.

Prometo escribirte pero no me pidas que lo haga éste en lo que me he convertido. Dame la oportunidad de romper esta película que, como una segunda piel, me enfunda como si estuviese envasado al vacío. Prometo escribirte. Tú sabes que lo haré, yo sé que lo haré. Porque aunque resulte extraño, no hay un día que no piense en tí al menos durante dos horas, dos horas a las que debo vencer para recuperar el control de algo que ni yo mismo sé si quiero recuperar.

Si te sirve de consuelo, la novela avanza.

domingo, 11 de octubre de 2009

Quizá éste sólo sea el principio.


Me vuelco en el blog como se hace con un cajón encima de la cama. En lugar de objetos rebusco sentimientos y pienso cuántos tiraré y cuántos volveré a guardar en el mismo cajón, en esa parte de mí mismo en la que se suelen depositar por su propio peso las horas vividas que el corazón, según sus leyes, decide que son las que importan. He de decir que mi corazón y yo no coincidimos casi nunca; he de decir que mi corazón y yo somos como esas parejas de ancianos que siempre discuten al tiempo que no pueden vivir el uno sin el otro.

Estos días han transcurrido extraños. El jueves murió la madre de mi amigo y ex-socio Jose y el viernes el padre de mis amigos Pedro y Benjamín. Así que ha sido extraño porque he visto de cerca lo absurda que es la vida, lo a medias que lo deja a uno, la poca explicación que se puede dar, lo mucho que nos separa.

Conocía a la madre de Jose. Tenía una vitalidad que vivía hacia afuera. Era de esas personas que se echan de menos por la ausencia del torbellino que deja de remover las cosas a su alrededor. Sólo había tenido a Jose y supongo que lo quería como sólo los hijos únicos quieren a un hijo único. Siempre que me la encontraba por la ciudad o cuando iba a su casa para llevar o traer alguna cosa en los traslados que aquejaron la empresa que Jose y yo teníamos, siempre demostraba ser optimista, siempre tenía la idea de que todo iría a mejor. La echará de menos el padre de Jose, como se echa de menos lo que uno más necesita. La echará de menos Jose, como echan de menos los hijos únicos a sus madres únicas. La echará de menos, sin saberlo, el bebé que Jose y Marta esperan para últimos de marzo.

Conocí al padre de Benjamín y Pedro. Su casa siempre tuvo las puertas abiertas a los amigos de sus hijos. Era un hombre dicreto y tímido. Nunca nadie le oyó decir una palabra más alta que otra, le dio una buena educación a sus hijos y éstos la aprovecharon. Recuerdo cuando solía ir, hace más o menos quince años, a su casa. Había un ambiente distendido alrededor suyo, como esos anfitriones que lo son simplemente estando. Le echarán de menos las tardes y sus plantas, su mujer lo echará de menos ahora que la jubilación ya llegaba, lo echarán de menos sus hijos y sus nietos.

Estos días me he dado cuenta de dos cosas: una, la muerte me deja sin palabras. dos, me gobierna un falso sentimiento de eternidad que no me hace nada bien.

Ayer, en el súper, cuando volví del entierro, me encontré con Carmen y Esteve. Me enseñaron con orgullo a su niña de veinte días, Abril. No voy a decir que unos nacen y otros mueren, que es el ciclo de la vida. Pero coincidió que hacía mucho tiempo que no iba a un entierro (quizá cinco años) y mucho que no veía al niño recién nacido de un amigo o un conocido. La coincidencia fue extraña pero no reflexioné en absoluto hasta ahora.

Hago balance de mi vida, es decir, vuelco el cajón imaginario encima de mi cama imaginaria y veo y escojo con qué me quedo y con qué no. Y hago sitio para que quepan más y más buenos recuerdos y más y más compromisos.

Como no conocí a Isabel y como tampoco conocí a Benjamín directamente pero sí como la madre de Jose y el padre de Pedro y Benja, colgaré algo que creo que estarían de acuerdo, lo mismo que Jose Agustín Goytisolo y que escribió una vez a su hija Julia.



Mejor la vesión de Los Suaves porque la de Paco Ibáñez es más triste.

jueves, 8 de octubre de 2009

El extraño oficio de olvidar


Sospecho que el olvido tiene puertas y ventanas por donde se crean corrientes y que tarde o temprano una puerta se desliza lentamente, coge velocidad y se cierra dando un portazo. Supongo tembién, que "el olvido" es un término casi literario, tan necesitados estamos de que nuestra vida sembrada de rutina viva una emoción vestida de palabras que indiquen que esa vida tiene cumbres borrascosas, cien años de soledad, un palacio en la luna.

Lo cierto es que la cabeza olvida, los álbumes de fotos olvidan y por supuesto, hasta el corazón se hace el desmemoriado durante tanto tiempo que acaba también por olvidar. No sé hacia qué dirección van los recuerdos que uno ya no siente, si hacia atrás porque somos un tren que avanza, si hacia abajo porque los enterramos como sepultureros, o hacia arriba porque es como soltar un globo lleno de Helio que se pierde de vista. Lo cierto es que nunca va hacia adelante, los recuerdos que se olvidan ya no vuelven a aparecer en nuestro camino. ¿Quiero decir con ésto que las personas que pasaron por nuestra vida deben desaparecer para siempre? ¿debemos negar que exisitieron y que una vez sentimos profundamente amor, amistad, deseo? Yo creo que no. Creo que somos lo que somos gracias a que aprendimos juntos. Somos lo que somos porque tuvimos que afrontar situaciones nuevas y tuvimos que ingeniárnoslas, escucharnos, escuchar al otro. Sé que hace años, cuando estuvimos juntos, Esther me quiso, y sé que entonces yo la quería. ¿Acaso hay alguien que esté con otra persona y no la quiera?

Duele que eso se acabe. Pero se acaba. A veces incluso se acaba una y otra vez durante un largo período de tiempo. Pero se acaba acabando también. Se acaba sin dejar cabos sueltos, sólo recuerdos. Hoy me preguntaban si volvería con ella. He respondido que no. ¿Porque estás con la chica de la bicicleta? siguieron preguntando. No, respondí, no volvería aunque estuviese solo. Las relaciones se acaban aunque las personas continúen.

A veces las relaciones han de acabar así, un día dejan de estar y no las vuelves a ver. Supongo que hay dos tipos de personas: los que se van del todo y los nunca acaban de irse.

A la chica de la bicicleta la llaman antiguos amores, antiguos amantes. No me importa, sé que está conmigo. Me lo dice: me llamó tal, me llamó cual. Me lo dice y yo sé que al decírmelo exorcisamos el fantasma del secreto, de lo oculto. Sin embargo, al decirle que me había llamado Esther obvió que fue ella quien me llamó y dedujo que yo aún sentía algo indefinido por ella. Cogió su bicicleta y se fue, dejándome con cara de idiota, pensando que tal vez prefería que yo no hubiese correspondido a sus confesiones con las mías.

Se fue con su bicileta calle abajo, sin decirme a dónde iba, sin saber qué venganza tomaría, y yo me quedé pensando que tal vez yo no tenía derecho a descolgar esa llamada de hola ¿qué tal? ¿cómo te va la vida? que para qué voy a engañar, ni me quitó el sueño ni me provocó ningún desasosiego, tal vez me hizo pensar qué rara es la vida y tuve el deseo de que le fuera bien, que diga adiós no significa que no desee lo mejor para con quien ya no tengo contacto.

En cuanto a la chica de la bicicleta, sospecho que a veces es mejor escuchar al otro y callar lo propio. No hemos vuelto a hablar desde que le conté que recibí una llamada lejana. La llamo y no me coge el teléfono.

Empiezo a pensar que uno vale lo que calla, que uno es el personaje y no la persona.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El templado infierno


Surgió de la nada cuando ya todo eran huellas en la niebla. Llamó por teléfono como si no hubiese ocurrido nada, como si, al final, todo pudiera suceder de nuevo una y otra vez. Al cielo, que en ese momento estaba nublado, se le cayeron las estrellas al suelo haciendo agujeros diminutos en las nubes. Era de noche y pensé que quizá algunas llamadas llevan necesariamente impresas la premisa de que se han de perpetrar al menos con insidiosa nocturnidad. Y hablamos y reímos. Sí, quizá fue eso lo peor: que reímos. Y me preguntó qué tal todo y yo le dije que existía una chica y una bicicleta. Y le pregunté qué tal todo y me respondió vagamente que regresaba de un infierno. Otro infierno, otra vez. Y no supe qué sentir ni mucho menos qué pensar porque regresar del infierno y sentir que lo primero que necesita es llamarme por teléfono me produjo desasosiego. Y eso, en cierta forma me animó, porque antes estas llamadas me producían cierta alegría. Una alegría sucia y deshilachada pero alegría al fin y al cabo.

Llevo toda la mañana inquieto, hablándole al desierto de las páginas en blanco, no saliéndome una sola línea a derechas, borrando una y otra vez las malditas cartas de presentación. Hojas caídas de un otoño que no acaba de llegar. Sé que su llamada ya no conlleva ningún peligro y sin embargo, llevo quince horas perdido, durmiendo como mucho antes, no reconociéndome en los espejos, teniendo la certeza de que nunca se sale del todo del infierno, de que algunas personas representan para nosotros una gran hecatombe de la que se sobrevive por casualidad y nos obliga a reconstruirlo todo.

A eso de la una, he encontrado la calma. Estaba bajo el teclado, estaba en las palabras, estaba en la historia perdida y olvidada que se reencuentra y automáticamente despierta en la memoria las escenas que a uno le gustaron, obviando aquellas que a uno le atormentan el transcurso de algunas noches de insomnio. Me pregunto si volveré a padecer insomnio y si es así, en que invertiré ese tiempo. Me pregunto si volverá a llamar y se me enviará la fotografía que me prometió que me enviaría y que aún no ha hecho.

Esta mañana, cuando la chica de la bicicleta me llamó recuperé la alegría, como si la oscuridad de la noche anterior tuviera que disiparla con su llamada matinal y optimista. A veces, para vivir la luz y el sol tiene uno que haber pasado una temporada a tientas por la niebla.

Al final, a uno no le duele que las cosas no hayan podido ser. Al final, a uno lo que verdaderamente le duele, es que sean tan fáciles de olvidar.

viernes, 2 de octubre de 2009

Viaje relámpago


Ayer hice lo que pocas veces hago: dejarme llevar por una intuición que sé que tiene muchos más números de ser errónea que de ser cierta. El caso es que me llamó Jesús por teléfono. Hablamos de psicosocionomía y del curso de George Escribano en Zaragoza. Casi al final me dijo: "Esta tarde voy a una conferencia que Álex da en Zaragoza. Vienes y hablamos". No tenía entrada y eso era un problema porque la asistencia requería de rigurosa invitación. Jesús llamó a alguien que sí sabía, esta señora, muy amable, me dijo que había habilitada una sala con pantalla para seguir la conferencia. Como mal menor, pensé que por lo menos hablaría con Jesús y decidiríamos qué hacer con la piscosocionomía.

Una de las cosas que siempre he tenido por cierto es que nunca hay que dar nada por perdido. Soy un optimista con tendencia a la tristeza pero un optimista al fin y al cabo. Dos horas y media después de hablar con Francesca, la amable señora a la que llamé por mediación de Jesús, estaba en la puerta de Ibercaja, a doscientos sesenta kilómentros de mi casa. ¿Una locura? ¿un gasto innecesario? Sin entrada, esperaba en la puerta a que llegara Jesús y saludarlo. Entonces recibí una llamada.

Era Francesca que me anunciaba que la iban a ingresar de urgencias (nada grave) y que tenía dos entradas disponibles (la de ella y su hija) en la lista de entradas que tenían que pasarse a recoger. Me dijo el número. Fui hacia adentro y nervioso, como si estuviese haciendo algo malo, entré, busqué en la lista los números, dije el nombre y entré.

Una vez dentro pensé que habían hecho falta varias variables, todas ellas encadenadas:

1ª Que Jesús me llamara por la mañana y me dijera que por qué no nos veíamos y que Alex hacía una conferencia en Zaragoza (donde Jesús vive)

2º Que ayer por la tarde no tuviese un compromiso ineludible

3º Que contactara telefónicamente con Francesca y ésta se preocupase de informarme.

4º Que yo cogiera el coche y me lanzara a toda velocidad hacia Zaragoza y llegara a tiempo.

5º Que yo conociera Zaragoza y supiera llegar al lugar en un tiempo adecuado.

6º Que Fracesca realizara un acto tan desprendido de estar en urgencias y acordarse de mí (esto me pareció tan extraordianrio). Ni a Paul Auster se le hubiese ocurrido en una de sus novelas.

7º Que la voluntaria de la entrada me dejara pasar a pesar de no tener aspecto de llamarme Francesca y mucho menos aparentar ser la hija de Francesca.

Así pude asistir a la conferencia de Alex, sentado al lado de Jesús. Así pude ver in situ las explicaciones de Alex y me transportó al día que lo conocí y que cómo pude poner palabras a gran parte de lo que vivía en mi interior.

Imagino que no hay responsabilidad que más pese que abrir la caja de Pandora que es uno mismo, no hay mayor responsabilidad que sacar todos los miedos, enfrentarse a ellos, pero también poder asumir los propios talentos no como algo que pincha sino como el oficio al que estás destinado a trabajar. Miedos e inseguridades; filias y talentos, lo que asusta es la responsabilidad de saber qué hacer con ellos y cómo el mundo los va a acoger.

Ayer no saqué nada en claro. Alex se tuvo que ir pronto, Jesús se enrocó en el guión que sigue la psicosocionomía desde que fue concebida por Alex y por George y que deberá superar para darse a conocer (no tengo la menor duda de que lo hará). Bueno, sí que saqué algo en claro. No equivoqué el camino. Y tengo miedo a la responsabilidad de ganarme la vida siendo lo que soy y haciendo lo que sé hacer.

Una de las cosas que nunca hago es marcarme fechas. Esta vez sí lo voy a hacer. Un año para solucionar temas pendientes: la empresa, las importaciones desde Alemania, los cursos de psiconomía. Tres meses para acabar la novela. Ni un segundo más para asumir la responsabilidad de ser yo mismo y actuar en consecuencia.

Casualmente ayer fueron varias personas con las que hablé o me escribieron dando vueltas sobre el mismo asunto.

Todo tiene un sentido cuando nada tiene sentido.




Es la tercera vez que lo cuelgo. A veces me asusta ver todo lo bueno y hermoso que me rodea y lo empeñado que estoy en no disfrutarlo.

jueves, 1 de octubre de 2009

Vídeo: Manu Chao - King of the Bongo

A veces me siento un poco así, como si hubiese cambiado mi estado natural por otro artificial y ajeno a mí. Supongo que las crisis son útiles para darse uno cuenta de qué es lo que importa de verdad.

Espero poder volver a mi selva interior, poder reconciliarme con el animal que soy.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Volar


Aterrizo como uno de aquellos aviones de papel que solía hacer volar cuando era niño. Entonces ya sabía que la aeronáutica no iba a ser mi modo de vida, y quizá entonces fue cuando empecé a soñar con ser algo que tuviera que ver con las palabras. El arte y oficio de fabricar aviones de papel era demasiado inexacto; para mí la exactitud estaba en las historias que leía en los libros.

¿Fui un niño solitario? En absoluto, jugué y corrí con los otros niños del colegio y con los del edificio donde vivían mis padres. Pasaba horas jugando en la calle. A pesar de ello, siempre viví como si viera el mundo detrás de un escaparate, como si mi vida fuese sólo mía y no cupiera nada ni nadie más.

Quizá por eso hoy aterrizo, con un golpe seco, cayendo de morro, como un avión de papel. Dispuesto a que me recojan del suelo, me echen aliento en la cara y tenga otra oportunidad para vencer la gravedad, para sostenerme a través del aire mediante un sortilegio que no había funcionado en el vuelo anterior. Aquel optimismo que de niños, nos llevaba a imaginar que lo que no funciona puede funcionar a la vez siguiente.

Supongo que la esperanza es eso: volver a tirar una y otra vez el mismo avión de papel, haciéndole cortes en las alas, atusándole la punta, poniendo celo para que las alas no se separen, arrancar una hoja de la libreta para hacer otro avión más perfecto, comprar una cartulina y doblarla, salir al balcón y tirarlo desde muy arriba y asomarse a la barandilla para ver como cae. Supongo que eso es la esperanza: perserverar con la ilusión de que en uno de esos vuelos iremos montados nosotros en el papel o que seremos el avión.

Llevo días sin poder escribir. Llevo días sin encontrar dentro de mi cabeza el camino de salida del laberinto. Mi vida ha entrado en una dimensión de realidad y yo no sé ser real. Siempre he sido un soñador de historias, un oyente, lector, imaginador, de personajes y de circunstancias. Siempre he sido un habitante del otro lado de la luna.

Necesito mi dosis personal de tristeza, necesito saber quién soy de vez en cuando, que se me derramen las palabras hasta que formen un charco escrito. Necesito saber que mi alma tiene ese espacio propio para poder observar el mundo con apresurada calma.

Las palabras me han servido para poder llegar hasta ti. De no ser por ellas no hubiese habido ninguna posibilidad de que pudiera salir de mi mundo y poder rozar el tuyo. Poder recuperar las palabras... necesito poder recuperarlas de nuevo, necesito que aquello que vivía en mí pueda volver a ser como antes. Necesito saber que aún me lees.


miércoles, 23 de septiembre de 2009

Manostijeras


Tal vez (sólo tal vez) exista un lugar donde no tener que llegar ni del que esconderse, quizá exista un lugar en el que uno no se encuentre, de repente, de la mañana a la noche, aturdido y descentrado, en medio de una calle tan conocida como desconocida. Es más, quisiera que el espacio y el tiempo fueran tan sólidos como el escaparate de una joyería, quisiera ser esa burbuja de aire que se quedó atrapada ahí, en medio del grueso cristal, enfriándose, al que el experto en calidad, después de examinarla y dudar un instante, diera la lámina por buena, pensando que una burbuja no hace nada malo exisitiendo ad eternum en medio de un océano de fría e impentrable dureza.

El otro día, en el tren (he estado varios días sin poder conducir) una señora llevaba una cesta de la compra, sobresalían por encima una caja de cartón con media docena de huevos (recordad que siempre hay que poner lo más frágil arriba y lo más resistente abajo), quizá fue porque esperaba que un cliente me volviera a llamar, quizá fuera porque estaba algo mareado, el caso es que pensé que a veces uno cree que lo que uno quiere es lo que está como dentro de un huevo y lo casca para tenerlo, pero no es lo que uno estaba buscando, uno se da cuenta de que la esencia no estaba dentro, era el huevo intacto en la mano. Sí, ya sé que resulta raro lo de pensar en huevos cuando uno va en tren, pero qué le voy a hacer, supongo que el incidente de la pierna me ha hecho relentizar un poco todo, supongo que viajar con gente desconocida, depender de horarios y vías, dejar para más adelante tareas del todo urgentes, es como sentarse a contemplar las pequeñas cosas.

Las nueve. Voy a llamar a ese cliente que me no quiere, a esa casa de válvulas que está a mi disposición cuando usted quiera pero que se encoje de hombros cuando le pregunto cuál de ellas hay que sustituir en mi corazón para que éste funcione como un reloj.
Hoy es un día extaño, repleto de trabajo atrasado y de facturas que hacer y envíos que cursar; visitas que hacer, sábanas que añorar.

martes, 15 de septiembre de 2009

Emailssímissimos


En primer lugar quisiera decir que mi ausencia ha sido producto de varios afortunados y desafortunados sucesos.
Desafortunados:
- Accidente (sin rotura ósea), paso por el hospital y pierna maltrecha
- Debido al accidente no puedo conducir, eso requiere de desplazamientos en medios públicos.
- A causa del accidente tomo una pastillas para el dolor que ya quisieran muchos camellos tenerlas en su catálogo.

Afortunados:
- Desplazamientos para ver a la chica de la bicicleta.
- Empieza a moverse un poco el mercado y por tanto trabajo algo más.
- Infinidad de contactos para captar más trabajo.

Prometo responder a los correos uno por uno, en especial a uno. No suelo ser de los que desaparecen así de un día para otro, aunque alguna vez, de forma inexplicable, lo haya hecho.

Son días de vértigo y movimiento. Son esos días que uno recuerda como el inicio de algo, muchos años después, cuando se mira hacia atrás.

lunes, 7 de septiembre de 2009

El sonido de las esferas


Me dice que somos del viento. Yo me pregunto que si de un viento tan fuerte que lo pueda arrastrar todo bien lejos. Ella permanece en silencio y eso que dijo se queda suspendido ahí, cada vez con más peso, hasta que se vuelve del todo sólido, como si el silencio diera consistencia a las últimas palabras pronunicadas, como si el silencio fuese una batidora que dejase el aire a punto de nieve.

Mira hacia otra parte mientras juega con las llaves. Pasa una por una por la anilla que las une, las deja caer encima de la mesa desde una altura que sólo se puede medir en latidos y luego las vuelve a coger y las vuelve a pasar. La otra parte a la que mira es a la ventana; pero no a lo que hay fuera, sino al cristal de la ventana, como si éste fuera opaco, como si fuese una pantalla de cine donde va proyectando y dando forma a lo que le pasa por la cabeza. No dice nada más, sólo eso de que somos viento. Suspira. Suspira en círculos, como esas volutas de humo que algunos fumadores habilidosos son capaces de crear.

Pasan treinta segundos que parecen dos horas. Una moto pasa por la calle haciendo un estruendo amortiguado por la doble cámara de la ventana que le hace de pantalla, luego me mira y dice que se va. "Me voy antes de que no pueda despegarme de ti, antes de que caiga en la cuenta de que sabía desde el principio que esto nuestro era un disparate. Somos muy diferentes tú y yo, somos dos solitarios que de vez en cuando tenemos que buscar a otro, buscar un abrazo con el que engañarnos y creer que todavía somos capaces de sentir como el resto de las personas. Pero eso es sólo un amor de subsistencia, eso es el amor de los que no saben amar. Así que aquí acaba todo".

Le digo que la quiero y que eso que dice es la excusa perfecta, le digo que es una cobarde, una inmadura, una niña que se cansa del juguete porque sabe que puede comprar otro, que los niños de hoy son tan caprichosos porque saben que pueden tener lo que deseen, y que ella es una consumidora de hombres, que quizá por eso los confunda cuando me habla de ellos, que quizá por eso me llama, a veces, por un nombre que no es el mío. "No es eso. Sólo es que tarde o temprano dejaré de quererte" me dice. Y claro, luego tendrás que deshacerte de mí y eso mancha las manos y huele a basura, le digo. "Eso es un golpe bajo" me dice. Sé que lo es pero me digo que estoy harto de perder siempre por jugar limpio mientras los demás me tiran tierra a los ojos o dan por supuesto que soy como ellos dicen que soy.

Se levanta de la silla, se mete las llaves en el bolso y dice que se va. Le digo que no se vaya, que tendrá tiempo de hacerlo cuando se canse de mí. "Tengo miedo de no cansarme de ti" me dice. "Entonces no te canses de mí" le digo mientras la cojo por la cintura. Y me sonríe. "Siempre tienes una palabra adecuada para cada momento" me dice. "Tú siempre haces que tenga una palabra adecuada para poder acercarme a ti" le digo. "Eres un encantador de serpientes" me dice divertida. "Nunca he sabido si es el fakir el que hipnotiza a la cobra o es la cobra la que mantiene al fakir hipnotizado" le digo. "¿Ves como siempre tienes una palabra a punto?" me dice. Le sonrío. Y le doy un beso. Y la cojo de la mano y la llevo hasta mi cama.