viernes, 14 de marzo de 2008
Adiós a la inocencia, el principio del fin

Tienes una infancia feliz hasta que empiezas a compararte con los demás. Quiero decir que un día te das cuenta que el mundo te pide algo más que existir. Te das cuenta de que esperan de tí que hagas algo, un día te das cuenta que tienes que competir con otros como tú y que para eso necesitas ser el mejor en algo. Y entonces... entonces entras en el juego y ya no puedes dejarlo. Se te escapa la inocencia como un globo que sube y sube y sube y que nunca más volverá.
Se acaba la infancia cuando te das cuenta de que nunca serás el mejor en todo, que siempre habrá alguien que esté por encima de tí. Se acaba irremediamblemente el día en el que alguien más fuerte te tira al suelo y se ríe de tí. Y entonces puedes tomar dos decisiones: levantarte y tirarle al suelo a él y reírte tú o levantarte y aceptar que no eres el más fuerte. Con ambas pierdes; sólo que la primera ayuda a disimular la rabia de saber que ya nunca más volverás a estar a salvo, de que todo ha comenzado, de que tu otra vida ha comenzado. Es el principio del fin.
"A veces me gustaría volver a ser el niño que fui, que se sonrojaba cuando una chica guapa le decía algo, que jugaba hasta que se ponía el sol, que hacía cabañas, que montaba en bicicleta y se caía y que tenía las rodillas siempre peladas de jugar a las canicas. Me gustaría volver a caer rendido en el sofá de puro agotamiento y despertarme en mi cama milagrosamente, y que fuera, milagrosamente también, domingo por la mañana, sol y primavera, todo un día por delante. Me gustaría volver a ser el niño que fui y no cambiaría nada, buscaría los mismos ojos en la gente, jugaría a las mismas cosas, tendría los mismos miedos, me subiría a los mismos árboles, me haría los mismos chichones... y si supiera quien iba a ser hoy y a quién iba a querer y a quien no, y a qué iba a dedicar mi tiempo y a qué no, volvería a hacer lo mismo, volvería a olvidar al niño que fui para reencontrármelo un día sonrojándose de nuevo por una tontería, volvería a olvidarme de él para que abriese la puerta de repente, sin yo esperarlo, y apareciese, de nuevo, en mi vida a reclamar lo que es suyo y que durante tanto tiempo le estuve negando. Porque creo que todo lo hice para comprenderle el día que llegara, para saber qué necesita, para acurrucarlo y llevarlo a la cama cuando esté agotado, para aprender de él, en definitva".
Supongo que Cris me resarció de aquel despertar temprano; que sus cosas de niño hicieron de bálsamo para curar aquellas heridas de mi niñez pobre y solitaria, supongo que algo dentro de mí hizo que me volcara como si pudiera arreglar en él lo que ya nunca podría volver a vivir. Me gustaría pensar que no fue así, que en realidad, a Cris lo quise porque era Cris y lo quise sin más. Y a veces miro hacia atrás y pienso en él y en su madre y creo que aquella vida es, probablemente, la única que ha merecido la pena vivir... si aún no sabes por qué moriria por ella, aquí iba una pista. Ahora pregúntate cuántos días has estado verdaderamente vivo y sé sincero. Piensa cuántas veces te has ido a dormir dando las gracias por el día transcurrido y cuántas maldiciendo el día pasado y el que está por venir. En fin, ella... era ese lugar, su voz era ese lugar, sus ojos eran ese lugar... Ese espacio único y perdido en el que agarrarme para dejar de hundirme. Ahora ya lo sabes. Ahora puedes dejar de leer si quieres. No me importa si me sigues acompañando o no y si me ayudarás a encontrarla. Sólo te diré qué... tú nunca sabrás querer hasta ese extremo. Crees que sí pero no.
miércoles, 12 de marzo de 2008
martes, 11 de marzo de 2008
Ella (tú)
La felicidad

En un mundo perfecto María no conocería sitios como este. Hubiera pasado de la infancia a la adolescencia, hubiera tenido un novio, se hubieran peleado y hubieran hecho las paces, hubiera llegado a la juventud trabajando, estudiando, quizá cantando en algún grupo. Pero por lo visto el mundo es cualquier otra cosa menos perfecto y María me había llevado a una habitación del tercer piso, la del fondo, a la que se llegaba atravesando un pasillo largo, enmoquetadas las paredes de un fieltro rojo con flores diminutas y amarillas, y flanqueado de puertas de varios colores con un nombre de diosa colgado en cada una. "Hebe" rezaba la última habitacion. Entramos.
Eran las seis. El aire ligeramente fresco movía las cortinas de la ventana abierta y la persiana permanecía baja. Me senté en la cama y me quité los zapatos. María me miraba de pie desde la puerta cerrada a su espalda. "No pienso preguntarte nada" le dije "un trato es un trato". "Piensas que soy una puta, ¿verdad?" dijo mirándome con rabia "todos los hombres pensáis que todas las mujeres somos unas putas". La miré fijamente. "Mi madre era puta" le dije "así que sé que no todas las mujeres son unas putas. Es más, sé que hay muchas mujeres que se acuestan con hombres por dinero y no serán nunca jamás unas putas. Y ahora ya basta. No tengo por qué decirte qué cojones pienso de de nada ni de nadie. Sería mejor que nos quitáramos todo este polvo de encima y bajaramos a cenar con tu amiga. ¿Entras tú primero o yo?" le dije haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta del baño "Mañana tendremos que conseguir ropa limpia. Empiezo a sentirme incómodo". María me miraba desde la puerta sin decir nada. "¿En serio que tu madre era puta?" me dijo. "Si no te duchas tú lo haré yo, si no te importa". Me levanté de la cama y me metí en el cuarto de baño, reformado no hacía mucho tiempo y perfumado con un agradable ambientador de lavanda.
La felicidad es un chorro de agua caliente que te pega en la cabeza en los pocos momentos en los que te sientes a salvo; es una ducha cuando estás sucio, derrotado y no tener que dar explicaciones a nadie de cómo te sientes. Hay quien canta en la ducha preso de esa felicidad y lo hace porque tiene miedo del silencio de estar consigo mismo, como cuando de niño caminaba por el pasillo a oscuras de casa y cantaba o corría para huír del monstruo imaginario que le acechaba. En ese caso, el que canta, su felicidad espanta, porque no puede soportarla en silencio, como si la felicidad estuviera en otra parte, una felicidad a manos llenas, grande y para siempre, como si no pudiera estar (no puede estar en algo tan pequeño, piensa) en las gotas de agua caliente resbalándote por el pelo y la nuca, como si en algún lugar hubiera una promesa tan grande, algo tan pleno, que relegara el momento presente a algo sin importancia, que no merece la pena, completamente prescindible.
Salí de la ducha casi nuevo. Decidí que lavaría la ropa interior con el jabón de las manos y lo dejaría secar durante toda la noche. María entró en el cuarto de baño vestida con un albornoz blanco, lo debía de haber encontrado en el armario, donde ella debía de saber. "Aún no he salido" le dije. "Si no me ducho ya mismo no me dará tiempo" dijo ella. Se quitó el albornoz y se metió en la ducha. Cerró las cortinas y empezó a caer el agua. Mientras, yo escurría la ropa y la dejaba encima del radiador. Ella salió de la ducha, me miró y dijo "¿Sabes que hay un estudio que dice que los hombres que friegan tienen una vida sexual mejor? Es porque crean un mejor vínculo con su pareja". Se me acercó. "¿Me pasas el albornoz?" dijo en un tono provocador y divertido al tiempo. Se lo dí sin casi mirarla. "¿Tienes miedo de mirarme, hombretón?" dijo, desde luego el agua caliente le había relajado y puesto de buen humor. El bicho tuvo ganas de decirle: "No, lo que pasa es que no puedo emocionarme porque no llevo dinero". Entonces ella hubiera dicho "Eres un maldito hijo de puta" al tiempo que saldría del baño. Entonces a mí me hubiera tocado decirle: "Mira, niñata de mierda, ojalá nunca hubiera entrado en ese bar ni te hubieras cruzado en mi camino, es más, ojalá sí te hubieras cruzado y me hubiera importado un carajo que aquel imbécil te amenazara. Si hubiera entrado un minuto más tarde y yo me hubiera tomado la copa te aseguro que me hubiese dado igual" pero no pude, no en aquella habitación ni ante lo que significaban aquellas cuatro paredes, no ante sus ojos de nuevo alegres. Sé qué es que te hagan daño con las palabras. Cuando sabes eso ya no puedes utilizarlas sin pensar en las consecuencias, no hacia gente desgraciada como tú. En algún lugar hay escrito un código ético de los desgraciados en el que está terminantemente prohibido machacar a alguien herido.
"Anda, niña, déjate de juegos, tu amiga nos estará esperando... házle saber al brutícola que vamos a salir" le dije. Entonces le miré a los ojos, que es lo único que siempre, de verdad, está verdaderamente desnudo. Aquel brillo... se le desbordaba la felicidad por ellos, una felicidad sencilla y minúscula, una de esas a las que nos aferramos los que sabemos que la gran felicidad no es para nosotros. "Vístete" le dije sonriéndole "o vas a hacer que no pueda salir sin armar un escándalo". Se rió y supe que por un momento había olvidado algo que le era necesario olvidar para seguir viviendo con dignidad. Era una buena chica, de esas a las que, sin saber muy bien por qué, les pasa la vida por encima y se pasan el resto de su vida recuperándose, como esos animales mutilados por trampas en el bosque, como perros atropellados por un coche. Todos somos un poco así, un niño que no se esperaba que todo fuera tan diferente a los cuentos que le contaba su madre al irse a dormir, no tan sórdido, alguien a quien se le ido perdiendo la inocencia poco a poco sin saber dónde. Sí, ya sé, la vida, el mundo... que no es perfecto. María descolgó el teléfono y marcó un sólo número. "Sansón, soy yo, Clara, ¿salimos?... claro, de acuerdo". Colgó. "Nos llamará él" dijo. "Está bien" dije.
miércoles, 5 de marzo de 2008
Espacios abiertos

Salimos del hotel tras las miradas cómplices entre María y Gustav. "No has visto nada" le dijo ella. Él sonrió maliciosamente. Nos metimos en el coche y nos dirigimos al centro, al ayuntamiento. "Debes averiguar a quién pertenece esta matrícula y dónde vive" le dije mostrándole un papel donde había escrito la matrícula del Bobster rojo. "No me la darán" dijo. "Ya lo creo que te la darán, sabes cómo hacerlo, estoy seguro". Me relajé dentro del coche mientras ella subía las escaleras de la entrada del ayuntamiento. Media hora más tarde, se metió en el coche con una dirección. "Está a las afueras, no conozco mucho esa zona, debe de estar en los campos de algodón cerca del río." Salimos por la autopista norte camino hacia donde ella decía con una sensación extraña. Demasiado fácil. Al poco advertí que alguien nos seguía. Era un coche negro, uno de esos que pasan desapercibido en cualquier parte. No sabía si nos había seguido desde el hotel o si su aventura partía de las escalinatas del ayuntamiento. Abandoné la autopista un par de salidas antes del desvío a los campos de algodón. "¿Qué haces? no es por aquí" dijo María. No estaba seguro de si debía decirle que nos estaban siguiendo, si ella no era, en realidad, la causante de aquella persecución. "Conozco un atajo" le dije. Ella se reclinó en el asiento, con calma, sin preguntar. No sabía nada. Y si lo sabía era la reina del disimulo.
El coche negro no nos dejaba. Paré en una gasolinera y dejé el coche delante del surtidor. "Lleno" le dije al muchacho. "Voy a lavarme las manos" le dije a María. Del coche negro salió un hombre de no más de treinta años y con disimulo me siguió hasta el baño. No se esperaba que lo estuviera esperando. Cayó redondo. Le mojé la cara y le pregunté quién le enviaba. No dijo nada. Le rompí la nariz: nada; la mano: nada. Tenía más miedo a quien le mandaba que a mí. Eso no era nada bueno. Lo dejé allí. Su silencio me había dicho que el padre del tipo de la gabardina negra era muy peligros. Su silencio había hablado a su pesar.
Volví al coche. Pagué con la tarjeta del tipo que yacía en el cuarto de baño. El muchacho no se atrevió a pedirme el carnet para comprobar que la tarjeta me perteneciera. Salí de allí otra vez en dirección a la autopista. "Eh, ¿no conocías un atajo?" me preguntó. "Me equivoqué" le dije. Atravesamos el desierto en dirección al oasis. "Para" me dijo. Paré. Se bajó del coche y caminó en dirección al desierto. Luego abrió los brazos y miró hacia el cielo. "¿Sabes? me gustan los espacios abiertos, me dan una calma, me tranquilizan. No es como estar rodeado de montañas o árboles o edificios. Sólo es el cielo y yo, sin nada que lo limite. ¿Sabes de qué te hablo?" caminó dando vueltas sobre sí misma con los brazos abiertos. "Esto es la libertad, esto sólo lo puedes encontrar en unos pocos lugares, como el desierto. No lo puedes encontrar en medio del bosque, ni rodeado de montañas. Esto es una isla de calma en medio de un mundo de cosas que limitan lo inmenso del cielo. Ven". Salí del coche y fui hacia donde estaba ella. "Sólo tienes que mirar al cielo, así" dijo inclinando su cabeza hacia atrás. Me abrazó. Y en ese abrazo intuí que ese instante de calma era algo raro y precioso que le latía por todos los poros de su piel. Quise besar sus labios y recorrer con mis manos su cuerpo emecido por una tranquilidad viva y vibrante. "Vámonos ya" le dije. "Tenemos que llegar antes del mediodía". Ella se cayó de su estado de beatitud y de repente, estoy seguro, que el cielo empezó a tener un límite, una figura que rompía aquel cielo inmaculado: yo. Y también sé que no me maldijo, sino que sintió pena por mí, por no poder abrirme a ese instante. Se subió al coche y no dijo nada más hasta que llegamos a la dirección en la que estaba registrado el Bobster rojo. Era la una y media del mediodía y hacía un día radiante.
martes, 4 de marzo de 2008
Noctámbula

El bicho estuvo rondando por la habitación toda la noche, entraba en el baño y salía, jugaba con las cortinas, descalzo sobre la moqueta iba y venía, nervioso, pero en silencio. Se acercaba a ella, le soplaba en la oreja. "No te le acerques" le decía yo. Pero el bicho no respondía, me miraba y se reía. Y jugaba con su pelo mientras yo trataba de dormir, de irme lo más lejos que pudiera de esa habitación y de la chica que dormía a mi lado. Cuando el bicho se empezaba a quedar dormido en una pequeña butaca que había en un rincón y a mí me vencía el sueño, la claridad de la mañana vino a fastidiarlo todo. María dormía. Y yo debí de caer entonces en un pozo de brea y quise moverme pero estaba tan pesado... El sol se escondió de nuevo y comprendí que alguien había encendido una luz en alguna parte y aquella claridad era de faro de coche, de farola de calle, de tren nocturno. Miré el reloj: las dos y media. Aún podría dormir tres horas.
Soñé con ella, con su pelo color de oro y su cochazo rojo, soñé que llevaba un anillo en el dedo, que quería cualquier otra cosa en el mundo que verme, que yo era una de esas adicciones venenosas que una vez has superado, no quieres que vuelvan a tirar por tierra todo lo conseguido. No vengo a arruinarte la vida... sólo es que Cris me pidió que le ayudara. No le puedo negar nada a Cris a pesar de no saber si estoy haciendo bien al buscarte. Quizá lo mejor sería que le dijera que no pude encontrarte, que te habías ido sin dejar rastro, tal y como habías planeado. Entonces Cris me odiaría y el bicho que lo habita se lo tragaría. No, no puedes escaparte, Cris te necesita y tú lo necesitas a él; y yo también necesito saber que todo anda bien. Necesito saber que todo fue un contratiempo, un error de cálculo del destino, que no fui yo el culpable de que se lo llevaran, que pude haberlo evitado y ahora queda todo arreglado. Y también sueño con Cris, no el de ahora, sino aquél perdido en una infancia de pequeñas cosas, de juguetes queridos, de cuentos contados al irse a la cama, de miedos que se deshacían cuando yo estaba. El niño con sus preguntas de niño, la inocencia de no saber aún disimular las mentiras, la mano cogida al cruzar la calle, los días de charcos y botas de agua, de esperar a su madre en el sofá hasta caer rendido al sueño, esperando un beso de buenas noches que a veces no llegaba desde los barrios donde ella olvidaba.
Llegó, esta vez sí, la mañana. Y el sol era el sol de verdad que salía en algún lugar del mundo. Yo estaba soñando y no me daba cuenta pero Gustav, el recepcionista, tenía razón: las vistas desde la ventana eran increíbles.
Me levanté somnoliento, el bicho se había ido y tardaría en volver. Empezó el mismo rito: la ducha, la ropa, y, de nuevo, el mundo...
lunes, 3 de marzo de 2008
Una razón

Subimos a la habitación. En el ascensor estuvimos en silencio el tiempo suficiente como para adivinar que no íbamos a hablar todo el rato. Cuando alguien quiere contarte algo y deja pasar la oportunidad de hacerlo en un ascensor es que en realidad quiere otra cosa. Y yo me preguntaba qué quería de mí. Una chica joven y bonita no sube a la habitación de un hotel con un tipo como yo, así de primeras, para explicarle quién o qué es la mafia blanca. Podría haber pensado que le había gustado que yo no hubiera dudado en proponer mi habitación, que había sido demasiado directo. Lo cierto es que subimos en silencio,abrí la puerta y entramos. Encendí las luces. "Puedes ponerte cómoda" le dije. Me miró un instante. "Ya estoy cómoda, gracias" me dijo. "Pues yo no, así que con tu permiso..." y me metí en el baño y me aflojé el cuello de la camisa, me quité los zapatos y me refresqué la cara. Cuando salí del baño ella se había sentado en la cama y había encendido la televisión, veía un canal de noticias. "¿Y bien?" le dije.
"Ayer le diste lo suyo al hijo de su majestad. J... el dueño de esta ciudad. Ahora mismo te estarán buscando para darte un buen escarmiento. Me ha gustado verte esta noche, en la barra ¿bebes ginger ale? qué elegante, así que he pensado que tenías agallas pero ahora me doy cuenta de que no sabías dónde te metías. Yo de tí me iría esta misma noche. Mañana por la mañana ya sabrán que no eres de aquí y habrán buscado por todos los hoteles. Aquí buscarán en último lugar por que es suyo y no se creerán que has tenido el valor para pasearte delante de sus narices." dijo.
"Y ¿qué hacía el heredero de ese imperio buscando a una camarera en medio de la tarde? No me mal interpretes, es un trabajo tan decente como cualquiera pero no es la clase de currículum que entra por los ojos a un niño de papá. ¿Ganas de molestar al viejo? ¿Eres su gatita?" pregunté.
Esto último la molestó. "Yo no soy la gatita de nadie" dijo borrando su media sonrisa de la cara. "Como ya habrás visto también canto en este hotel. Vino un día, se encaprichó y no paró de mandarme flores y notitas. Los tíos a veces sois patéticos. Haceís cosas que no os saldría jamás de dentro con el sólo objetivo de llevarnos a la cama. Y encima creéis que no nos demos cuenta. El hijo de J... sólo tiene que pavonearse por ahí para que cuatro tontas caigan a sus pies atraídas por el lujo que él les puede ofrecer. Pero no a mí. El niñato no lo digirió bien. Y entonces se acabaron las flores y empezaron las visitas. Hacía tiempo que me había dejado en paz, pero esta tarde volvió a presentarse en el bar. El resto lo conoces."
"Entonces a tí también te estarán buscando" le dije. Entonces ella se reclinó algo más encima de la cama. "Probablemente se hayan dado una vuelta por mi piso pero no encontrarán nada. Hace unos días me mudé a casa de una amiga. Luego buscarán aquí pero Gustav les dirá que ya me he marchado y que no sabe a dónde. A quien de verdad buscan es a ti".
"Así que esta noche no tienes donde ir" le dije. "Sí, a casa de mi amiga" dijo ella. "¿De verdad quieres meterla en esto?" le pregunté. Ella se quedó en silencio, pensativa. "No, no quiero meterla en este asunto. Ella no sabe nada y es mejor que no llegue a enterarse. La pondría en peligro".
Ahora ya tenía claro por qué había accedido tan rápido a subir a mi habitación: no podía ir a ningún sitio. Y hasta era bastante probable que yo no le saliera al paso sino que ella, hiciera una maniobra de acercamiento. Al fin y al cabo, el servicio tiene unas puertas de acceso propias. Tampoco me cuadraba que hubiera ido a cantar cuando sabía que podría encontrarse con la visita de los esbirros de J... Algo no iba bien. Y sabía que ese algo era peligroso para mí.
"Está bien, tú dormirás en ese lado de la cama. Mañana nos levantaremos temprano y me ayudarás a hacer unos recaditos"le dije. "¿Es que no tienes miedo?" preguntó. "Ahora tengo cosas más importantes en qué pensar, supongo que debería tener miedo pero ahora no es el momento. Quizá si nos cogen empezaré a tenerlo, pero de momento eso no entra en mis planes. Ahora es mejor tratar de dormir algo, mañana nos espera un día ajetreado".
Me quité la camisa, los pantalones y me metí en la cama. Ella se metió vestida. "Será mejor que te quites la ropa, por lo menos la blusa. Mañana la tendrás arrugada. Y sinceramente, si quisiera hacer algo contigo que tú no quisieras que te hiciera daría igual que llevaras puesta la blusa o no". Se levantó, se quitó la ropa y volvió a meterse en la cama. Apagué las luces. Ninguno de los dos parecía poder conciliar el sueño. "¿Duermes?" le pregunté. "No" me respondió. Al cabo de un rato ella dijo "No sé cómo te llamas". Se lo dije. "¿Y tú?" le pregunté. "María. Oye, te puedo preguntar una cosa? ¿A qué te dedicas?" Pensé durante un rato qué decir "Doy palizas por encargo" estuve a punto de decir pero dije "Seguridad, ya sabes".
domingo, 2 de marzo de 2008
En tu cuerpo
No sé de qué hablarían mis manos si te hubieran conocido pero si sé que se envidiarían mutuamente y que, encerradas en mis bolsillos, les aquejaría una pena manca y muda y tratarían de embarcarse mar adentro sin poder hacerlo, atadas como están a estos brazos míos que sueñan con otros brazos y otros cuerpos. Si te hubieran conocido mis manos te habría conocido yo, quién sabe si mi pecho, quién sabe si mi boca. Nos hubiéramos mirado a los ojos y nos hubiéramos reído (es tan difícil tomarme en serio) y hubiéramos ido al cine o pasear por las calles del barrio viejo, hubiéramos corrido a refugiarnos de una lluvia (de esas en las que abunda agosto), mi mano, la derecha para ser exactos, habría anhelado tu cintura y se habría hecho de noche y olería a tierra húmeda o a piedra fresca. Si mi manos te hubieran conocido hubiera buscado un portal donde besarte y en el que mis manos encontraran una razón para existir y para envidiarse.
sábado, 1 de marzo de 2008
jueves, 28 de febrero de 2008
La mafia blanca

Era ella, se había teñido el pelo del color del trigo pero era inconfundible, al menos para mí, y conducía un Blobster de color burdeos (deberían condenar al tipo que decidió ponerle ese color a ese coche a un curso de cien horas en estética y buen gusto y después darle una pistola). No me vió o sí lo hizo pero pensó que si mostraba algún gesto de sorpresa que yo pudiera ver tendría que parar y decirme que me fuera. Sí, debió de verme y decidió que no me había visto. Eso es. Y si yo no hubiera hecho un pacto con Cris probablemente eso hubiera sido lo mejor. Pero, maldita sea, tenía algo que decirle. Tenía que decirle que su Cris, que nuestro Cris, era un muchacho estupendo, alguien muy diferente a nosotros dos, no iba a ser un perdedor, a no ser que... a no ser que el bicho se apoderara de él. "Maldita sea, tenías que haber parado. Tenías que saberlo".
Se perdió calle arriba. Me quedé mirándola con un grito ahogado en la garganta y con el número de su matrícula abrasándome el cerebro. Tenía una mínima información y eso para alguien como yo era como el hilo del que tirar para deshacer el jersey. La ciudad es grande, pero no lo suficiente, es cuestión de días. Pronto averiguaré dónde vives, de quién es ese coche y me tendrás llamando a la puerta de tu casa vestido de vendedor de aspiradoras y no tendrás más remedio que oírme.
El hecho de verla en el coche y no en un autobús me indujo a pensar que alguien selo habría prestado. Un Blobster rojo era el tipo de vehículo que conduciría un hombre de mediana edad con un buen trabajo, quizá viviera en una bonita casa a las afueras o en un apartamento caro en el centro. El hecho de que ella lo condujera me hizo pensar que lo había cogido para bajar a la ciudad. Entonces... "entonces vives en una urbanización".
No conocía la ciudad y se estaba haciendo tarde. No tenía dónde alojarme y me quedaba muy poco dinero. Volver al coche, regresar a mi ciudad (a doscientos kilómetros) y recoger mis cosas para volver aquí de nuevo me costaría un día como mínimo. No lo había hecho bien. ¿Dónde tienes la cabeza? Busqué un hotel en un barrio bien, a diez minutos del centro en autobús. Dejé mi coche en la puerta del hotel y entré. El recepcionista me miró con esa superioridad que siempre demuestran cuando les entra un vagabundo a pedir unas monedas. Le pedí una habitación y le enseñe el carnet falso que llevo para este tipo de emergencias. Dió un respingo cuando vió el nombre, me miró y me dió la habitación con mejores vistas según dijo. No se atrevió a decirme nada, siempre es así, nunca nadie pregunta nada cuando enseño ese carnet falso, ni siquiera lo comprueban, es como una llave maestra, nadie le niega nada a alguien que lleva sobre sus hombros la maldición de llamarse... "El desayuno se sirve a las siete, sr. Hitler" me dijo mientras se cerraban las puertas del ascensor. No pude reprimir la risa ni sentir un desprecio por él, sólo parecido al que me tuvo a mí al verme entrar en el vestíbulo. ¿Qué pasará ahora por su mente? me pregunté. Entré en la habitación y me tumbé vestido en la cama. Dormité unos minutos hasta que la penumbra se convirtió en oscuridad. Me rehice, me desnudé y me di una ducha. No había comido nada en todo el día, el bicho estaba cansado, volví a vestirme con la misma ropa y bajé al comedor. Cené como hacía días que no lo hacía... luego café y puro... salí del restaurante del hotel tan lleno que pensaba que en cualquier momento se me saldría el ombligo para fuera. Fui hacia la recepción para pedir que me llamaran a las seis y media. Al vestíbulo llegaba desde alguna parte desconocida, el sonido armónico de un piano. Le pregunté al recepcionista "llámeme Gustav, sr. Hitler" de dónde procedía la música. Movió la cabeza hacia una puerta. Me dirigí hacia allí: la puerta daba al ambigú del hotel, en donde un tipo calentaba los dedos. Estaba oscuro. Sólo la barra estaba iluminada por unas diminutas bombillas halógenas. Me senté en un taburete. "¿Qué desea?" Algo sin alcohol, algo digestivo, algo de lo que se pudiera reír el bicho "¿Qué has pedido qué? ¿Una infusión? ja, ja, ja, ja, menudo tipo duro, ¿qué será lo próximo?¿un agua mineral con gas?" Pedí un Ginger Ale. El bicho se calló cuando un foco iluminó la figura de una mujer que hasta ese momento permanecía en la sombra. Se acercó al piano cabizbaja. El pianista empezó a tocar algo y ella le siguió con una voz sucia y limpia al mismo timpo, una voz negra en una boca roja de mujer blanca, sí, empezó a decir cosas y a contar otras, y lo mejor de todo es que tardé en reconocer quién era. Disfruté del concierto y me bebí hasta la última gota de aquel delicado artificio al que me transportaba su voz rota. Cuando terminó, se retiró a cambiarse. La esperé. Cuando ya salía por la puerta le corté el paso sin brusquedad. "Hola, aún me tienes que explicar quién era el tipo ese de esta tarde, me gusta saber a quien tengo el gusto de atizar y estaría bien que también me aclararas por qué". La chica que por la tarde me había servido la copa que nunca bebí y a la que libré del tipo de la gabardina negra no pareció sorprenderse. Me sonrió como lo hiciera por la tarde. "Le diste bien. No creo que lo olvide. Era el hijo de J..." "¿Quién es el hijo de J...?" pregunté. "¿Es que no has oído hablar de la mafia blanca?". "No" le dije. "Vamos a un lugar donde te lo pueda contar sin que nos vean" me dijo. "En mi habitación nadie nos verá".
