miércoles, 22 de junio de 2016

La locura de creer algo, lo que sea.



No crea todo lo que le dicen; mucho menos lo que se dice usted a sí misma. Todos tenemos un enemigo dentro que sabe por dónde vamos a ser más vulnerables y vamos a rendirnos a evidencias que no son tales.

Yo sé que usted está ya muy lejos, sé cuando huye por los silencios que provoca su salir corriendo escaleras abajo hacia la calle. No me lo tenga en cuenta si le digo que usted, para mí, siempre fue silencio, cosas no dichas, un intento infructuoso sobre algo a lo que nunca pude (o supe) ponerle nombre.

Supongo que me acerco siempre cuando usted ya está lejos.

Porque recuerdo que yo, un invierno, fui ese lugar lejano al que escapar, esas calles a bocajarro, ese no dormir apenas. La euforia que usted cree que esconde lo triste, y que en mi modesta opinión de ignorante, es del todo innecesaria.

Pero usted sabe más.

Y más siempre fue suficiente.

Esta vez creo que es la definitiva, porque usted no espera que sea yo el que se vaya lejos. Y yo me voy.

Y no es eso lo que quería escribir. Lo que quería decir es que ya he dejado de perseguir estelas de naves a las que nunca podré alcanzar a la velocidad que nado.

Y bueno, creo que no le importará.

De hecho, hace tiempo que sospecho que, en realidad, sólo soy el número once de una lista...

Y ¿sabe? yo no quiero eso.



Así que le deseo lo mejor, que es eso que se dice cuando queremos dar a entender que alguien ya no nos importa.

Me ha costado casi un blog decirlo.

Aunque usted me importe más de lo que ninguno de los dos querrá admitir nunca.

Pero ya sabe, siempre acabo diciéndoselo.

Es lo que tienen los niños y los borrachos, que siempre se creen sus propias esperanzas y de que la realidad, en realidad, esté construida con retales de deseos que acaban por cumplirse.

Y no es que le diga no a usted, es que le digo sí a todo lo demás.

Y bueno. Supongo que eso es todo.




jueves, 16 de junio de 2016

Ni todas las estrellas ni ninguna cara oculta de luna


A veces todo se me hace cuesta arriba y cuesta abajo al mismo tiempo.



Un verano, cuando empezó todo...


miércoles, 15 de junio de 2016

La inercia



Llevaba días sin escribir. Creo que mi vida se puede describir precisamente por intervalos en los que no soy capaz de ponerme delante del ordenador con la suficiente calma como para decir algo. Casi nunca escribo lo que pienso, o lo que siento, interpreto a un personaje que se parece a mí y que tiene sentimientos más nobles de los que yo tendría si pudiera o supera plasmarlos en un puñado de letras.

No sé, supongo que me iría mejor si pudiera hacerlo. Pero no sé. Así que escribo como si fuera otro, alguien que no sabe lo que quiere pero que, a diferencia de mí, trata de averiguarlo para salvarse él y todo lo que le envuelve. Me gustaría ser él una vez haya encontrado ese equilibrio que busca, pero sé que no lo seré nunca. Es por eso que a veces me paso semanas sin poder entrar en el blog. Cada día que pasa es un día más de búsqueda de otra solución que no sea la de comprender qué pasa.

Últimamente he empezado a levantarme más temprano. Planifico el día, hago algo así como un examen de conciencia antes de ponerme en marcha. Planifico mails, llamadas telefónicas y  visitas. En eso se ha ido convirtiendo mi vida...

... sin embargo hoy he tenido la necesidad de escribir algo. Tal vez porque intuya que a veces me lees y me echas de menos.

Me hubiera gustado que me echaras de menos.

Pero supongo que las cosas son mejor así...

El otro día, cuando estuve con la profesora de voz me sorprendí explicándole que todo parte de ti.

De aquel día en el que alguien, y no tú, me dijo que estabas en otra historia.

Todavía, cuando lo pienso, sigo sintiendo un millón de abejas atrapadas en mi cuerpo.

Y han pasado muchos años.

Sigo sin saber qué o quién me salvará de esto. De este sinsentido.

De esto que ya no tiene nombre.

De este vivir sin ser consciente de que, debajo de la máscara, estoy viviendo por inercia.