domingo, 18 de diciembre de 2011

La chica de pelo corto

La abrazo fuerte por la espalda y noto como su cuerpo se estremece. No se le va el miedo pero se relaja un instante, poco, sutilmente algunos músculos se destensan. Luego vuelve a crisparse, a mantener la tensión por si tiene que salir huyendo. La costumbre.

Se da media vuelta y me mira a los ojos. Es tan alta como yo y eso hace que la jerarquía desaparezca, un centímetro menos y suplicaría que la salvara, pero tanto ella como yo sabemos que ni yo ni nadie puede hacerlo. El acero de sus ojos me desafía a algo que hace tiempo que sabía que acabaría ocurriendo. No sirvo para según qué juegos, los tímidos tenemos la incapacidad de medir cuándo y cómo debemos hacer nuestro lo que no es de nadie. Quizá la timidez sólo sea eso: una dislexia a la hora de leer el deseo de los demás, una merma en un sentido que ni siquiera tiene una palabra que lo nombre.

"El sentido de la oportunidad" dice ella cuando, horas más tarde intento disculparme ante mis primeras dudas. Si de algo estoy seguro es que, sin embargo, es el sentido que más desarrollado tiene. Sus manos cogen las mías y, disimulando un nerviosismo que viene de lejos, las arrastra hasta sus pechos. Es como lanzar un cubo de sangre a un tanque repleto de tiburones, mi cerebro debería de cortocircuitarse en estas circunstancias, pero no lo hace, hay algo que sigue vigilante, no puedo estar con alguien tenso sin que yo también lo esté. Quizá soy demasiado empático. Un tímido empático, menuda joya estoy hecho.

Lo último que hago antes de tumbarla en la cama es mirar por a través de la mirilla de la puerta de la habitación. Nadie en el pasillo. Nadie nos buscará en un hotel tan caro. Cuando me acerco a ella sigue de pie, esperándome, como si en realidad ella fuera el hombre y yo la mujer que ha ido a darle las buenas noches al pequeño de la casa, me espera de una pieza, sin fantasías, sin lujuria, sin esperanzas...

Nos enzarzamos en algo cuya coreografía hubiera sido inventada por una jauría de lobos. Nos mordemos los cuerpos sin hacernos demasiado daño, su piel es una alambrada que agrieta la mía, mis manos sólo desean abrirse camino sin saber muy bien hacia dónde, a la desesperada. Huimos el uno en el cuerpo del otro, como si pudiéramos intercambiarnos la identidad no para ser el otro, sino para dejar de ser quienes quiera que seamos. La penumbra nos protege del silencio, nos intuimos a tientas, sólo somos dos sombras en el fondo de las retinas, una ilusión óptica y sonora de aliento y hojas secas al ser pisadas. La deseo más que a nada en este mundo, más de lo que haya deseado jamás nada o a nadie.

Intuyo que sólo soy un ejercicio para relajarse y poder dormir, algo así como una tabla de gimnasia y un par de valerianas partiéndole en dos irrumpiendo en su vagina. Puedo adivinar su cara cuando por fin entra dentro de ella, me lo imaginaba desde el momento en el que decidimos alquilar una habitación para no tener que andar por las calles, en realidad lo supe en cuanto la vi, pero los que son como yo nunca nos creemos que algo así pueda llegar a sucedernos.

Pasa el tiempo, nos cansamos pero no podemos pegar ojo. Acabamos hablando, nos contamos cosas que a nadie confesaríamos, poco a poco nos vamos sintiendo a salvo. Volvemos a dejarnos llevar por eso que está entre la rabia y el deseo, eso que nos hace sentir un poco vivos, eso que araña mi espalda y le separa las piernas, eso que tal vez ya nunca más podamos volver a sentir porque quizá no exista un mañana.

Consigo dormir a ratos. Ella también duerme o finge que lo hace en cuanto nota que yo me desvelo. No sé si es buena idea relajarme en su presencia, pero sinceramente esto es lo más cerca que estado de un momento hogareño en los últimos seis meses. La última vez que cierro los ojos, antes de dormirme me acerco a ella un poco más y la abrazo.

Su cuerpo se tensa para luego destensarse otra vez. Afuera algunos pájaros empiezan a piar recibiendo a la mañana. Aún no clarea, miro el reloj y son las cinco y cuarto. Casi hemos sobrevivido a la noche.

Quiero acariciarle la nuca pero no lo hago. Siento que no puedo mostrar ni un ápice de debilidad con ella. Su cuerpo sigue desafiándome, de espaldas, sé que cuando la pierda de vista nunca más volveré a saber de ella.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Te lo has imaginado ... tú eres de los que se niegan el sexo.

Liliana

Espera a la primavera, B... dijo...

Joder Lili, lo has clavao. Tu sagacidad merecería un premio. Pide lo que quieras.

Heidi dijo...

Wow! No haré comentarios al respecto. Mola!
;-P

Espera a la primavera, B... dijo...

Feliz Navidad, Heidi.

Mutnodjme dijo...

Bellísimo... Creo que me he enamorado. Feliz Navidad y un fuerte abrazo.

Espera a la primavera, B... dijo...

Los personajes de novela negra siempre tienen la oportunidad y la certeza de que hay que aprovechar el tiempo porque quizá no exista un mañana, y nosotros podemos entrar en su mente de hombre asustado a hurtadillas como fantasmas en una casa habitada.

Feliz Navidad Mutnodjme, algún día me contarás el porqué de tu nombre ¿verdad?

Mutnodjme dijo...

Hola,

Es muy sencillo. Me encantó el personaje de Mutnodjme, hermana de la princesa Nefertiti y esposa de Horemheb, en la novela de Pauline Gedge, "El Faraón". Ella es lo que me gustaría ser de mayor... :D

En realidad, si lo buscas en la wikipedia no aparece como Mutnodjme en sí, sino como Mutnodjmet u otras variantes: Mutnedyemet, Mutnadjmet. Dentro de lo que cabe mi opción es más sencilla :D.

Seguiré leyéndote. Un abrazo.